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Pasion por los Negocios Ardientes

6489 palabras

Pasion por los Negocios Ardientes

Yo siempre he tenido una pasion por los negocios que me quema por dentro, como un fuego que no se apaga ni con las noches más largas de negociaciones. Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años, y en el mundo de los corporativos en Polanco, soy la reina de las fusiones y adquisiciones. Ese día, en el lobby del hotel Camino Real, con el aroma a café recién molido y el bullicio de ejecutivos trajeados, lo vi por primera vez. Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía más que un simple contrato. Vestía un traje entallado que marcaba sus hombros anchos, y sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo como si ya estuviera cerrando el trato.

¿Qué carajos? Este wey no sabe con quién se está metiendo, pensé, mientras sentía un cosquilleo en la piel de la nuca.
Nuestras miradas se cruzaron durante la conferencia sobre inversiones en el sector inmobiliario. Él representaba a una firma de Guadalajara, y yo necesitaba un socio para un megaproyecto en la Riviera Maya. La plática inicial fue profesional: números, proyecciones, riesgos. Pero debajo de las palabras, había algo más. Su voz grave, con ese acento tapatío que arrastraba las erres, me erizaba la piel. Olía a colonia cara, madera y un toque de sudor fresco que me hacía imaginar cosas que no debería en un salón lleno de gente.

Al final del día, me invitó a una copa en el bar del hotel. Órale, Ana, no seas pendeja, me dije, pero mis tacones ya me llevaban hacia él. El bar estaba tenuemente iluminado, con jazz suave de fondo y el tintineo de copas. Pedimos tequilas reposados, y mientras el líquido ámbar bajaba ardiente por mi garganta, su rodilla rozó la mía bajo la mesa. Fue casual, o eso fingimos. Hablamos de pasion por los negocios, de cómo esa hambre nos consume. "Yo vivo para esto", dijo él, inclinándose cerca, su aliento cálido en mi oreja. "Pero a veces, hay que mezclar placer con el trabajo". Mi corazón latió fuerte, y sentí el calor subir por mi pecho, endureciendo mis pezones contra la blusa de seda.

La tensión creció como una tormenta en el desierto. Subimos a su suite, pretextando revisar documentos. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo exterior desapareció. La habitación olía a sábanas limpias y a él, ese aroma masculino que me mareaba. Se acercó despacio, su mano grande rozando mi brazo.

Neta, esto es una locura, pero lo quiero tanto
, pensé, mientras mis labios se abrían para él. El beso fue explosivo: lenguas danzando, sabores a tequila y deseo puro. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna. Gemí bajito, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre.

Me quitó la blusa con urgencia controlada, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Eres chingona, Ana", murmuró, lamiendo mi cuello, bajando hasta un pezón que chupó con hambre. El placer me recorrió como electricidad, mis uñas clavándose en su nuca. Olía su cabello, limpio con un toque de gel, y el sudor empezaba a perlar su piel morena. Lo empujé hacia la cama king size, desabrochando su camisa para besar su pecho firme, saboreando la sal de su piel. Sus abdominales se contrajeron bajo mi lengua, y él gruñó, un sonido gutural que me mojó entre las piernas.

Esto es mi pasion por los negocios llevada al límite, reflexioné mientras le bajaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, el pulso acelerado bajo mi palma. Él jadeó, "¡Carajo, qué rica!" Me arrodillé, oliendo su aroma almizclado de excitación, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Lo chupé profundo, mi boca llena, garganta relajada por la práctica que solo la pasion por los negocios me había dado tiempo de perfeccionar. Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, sus manos enredadas en mi pelo.

Pero quería más. Me puse de pie, quitándome la falda y las tangas empapadas. Él me miró como si fuera un tesoro. "Ven, carnala", dijo con esa voz ronca. Me tendí en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Diego se colocó entre mis piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi olor a mujer lista. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, chupando suave luego fuerte. Grité, arqueándome, el placer como olas rompiendo.

¡No pares, pendejo delicioso!
Introdujo dos dedos, curvándolos dentro de mí, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mi panocha chorreaba, sonidos húmedos llenando la habitación junto a mis gemidos y su respiración agitada.

La intensidad subió. Lo monté, guiando su verga dentro de mí. El estiramiento fue perfecto, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el roce de sus bolas contra mi culo. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones. Aceleré, piel contra piel chapoteando, sudor goteando. Él empujaba arriba, profundo, golpeando mi cervix con placer dulce. "¡Más fuerte, Diego! ¡Cógeme como en un negocio chingón!" grité, perdida en el ritmo. Nuestros ojos se clavaron, conexión más allá de lo físico: ambición compartida, deseo mutuo.

El clímax se acercó como un tren. Cambiamos posiciones; él me puso a cuatro patas, penetrándome desde atrás con fuerza animal pero consensual. Su mano en mi cadera, la otra en mi clítoris, frotando. Olía nuestro sexo mezclado, salado y dulce. "Me vengo, Ana... ¡juntos!" rugió. El orgasmo me explotó, contracciones milking su verga, jugos corriendo por mis muslos. Él se derramó dentro, chorros calientes llenándome, gruñendo mi nombre. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, yacimos enredados, su cabeza en mi pecho. El aire olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas testigos mudos. Acaricié su espalda, sintiendo la paz post-orgásmica.

Esta pasion por los negocios ahora incluye esto: placer que sella tratos eternos
, pensé sonriendo. Hablamos bajito de futuros proyectos, risas suaves rompiendo el silencio. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, sellamos no solo un contrato, sino algo más profundo. Mi pasion por los negocios ardía más fuerte, ahora con su fuego añadido. Y supe que esto era solo el principio.

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