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Pasión Rojiblanca en la Piel

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Pasión Rojiblanca en la Piel

El estadio Akron retumbaba como un corazón desbocado esa noche de sábado en Guadalajara. El aire estaba cargado de ese olor a cerveza fría mezclada con el sudor de miles de almas gritando por Chivas. Yo, con mi camiseta rojiblanca pegada al cuerpo por el calor húmedo, saltaba en la tribuna sintiendo la vibración del césped bajo mis pies aunque estuviera tan lejos del campo. La pasión rojiblanca me corría por las venas como tequila puro, ardiente y sin filtros. Cada gol de Almada era un jadeo colectivo, un estallido que me erizaba la piel.

Ahí lo vi, unas filas más abajo. Alto, moreno, con el torso marcado bajo esa playera ajustada del Rebaño. Sus brazos tatuados se movían al ritmo de los cánticos, y cuando volteó, sus ojos cafés me clavaron como un tiro al ángulo.

Órale, wey, ¿qué pedo con ese vato? Neta que está bien bueno
, pensé mientras mi pulso se aceleraba más que el del Chiverio entero. Me sonrió, una de esas sonrisas picas que prometen travesuras, y levantó su chela en un brindis silencioso. El partido terminó tres a uno, pero mi verdadero juego apenas empezaba.

Después del pitazo final, bajé a la zona de aficionados. El bullicio era ensordecedor: trompetas, gritos de "¡Vamos Chivas carajo!", el humo de los cohetes iluminando la noche tapatía. Me abrí paso entre la multitud sudada hasta donde él estaba, apoyado en una barandilla, secándose el cuello con el borde de su chamarra. Olía a hombre de verdad, a colonia fresca con un toque de tierra mojada del estadio.

¡Qué partidazo, carnala! Esa pasión rojiblanca nos hace invencibles, me dijo con voz ronca, extendiendo la mano. Se llamaba Marco, tapatío de pura cepa, fanático desde chavo. Sus dedos ásperos rozaron los míos y sentí un chispazo, como si la electricidad del estadio nos hubiera alcanzado.

Neta, wey. Sin esa pasión no hay nada, respondí coqueta, mordiéndome el labio. Charlamos de los clásicos, de cómo el Rebaño nos une en la buena y en la mala. Su risa grave me vibraba en el pecho, y cada vez que se acercaba para gritarme algo sobre el próximo partido, su aliento cálido me rozaba la oreja. El deseo crecía lento, como la tensión antes de un penal.

¿Y si lo invito a unas chelas? Esto pinta para algo chingón
.

Terminamos en un bar cercano, uno de esos antros con luces neón rojiblancas y cumbias rancheras de fondo. Pedimos micheladas heladas, el limón picante explotando en mi lengua mientras lo miraba de reojo. Marco se recargaba en la barra, su muslo rozando el mío accidentalmente —o no tanto—. Hablaba con pasión de cómo el Guadalajara lo hacía sentir vivo, y yo asentía, imaginando esa misma intensidad en su cama.

La pasión rojiblanca es como el amor, te quema si no la vives a full, murmuró, su mano ahora posada en mi rodilla. El toque era eléctrico, cálido, subiendo despacio por mi muslo bajo la mesa. Mi piel se erizó, el calor entre mis piernas empezaba a humedecerse como el vidrio empañado de las ventanas.

Lo invité a mi depa en la colonia Americana, no muy lejos. En el Uber, su mano ya exploraba mi cintura, dedos firmes apretando mi carne suave.

Chin güey, ya quiero sentirlo todo
. Llegamos y apenas cerré la puerta, sus labios me devoraron. Sabían a sal de la chela y a victoria, su lengua invadiendo mi boca con hambre de goleador. Lo empujé contra la pared, arrancándole la playera para lamer su pecho salado, inhalando su aroma masculino mezclado con el mío propio, ese dulce almizcle de excitación.

En el sillón, la cosa escaló. Sus manos grandes me amasaron los senos sobre el brasier, pulgares rozando mis pezones duros como piedras. Gemí bajito, ¡ay, cabrón!, mientras él chupaba mi cuello, dejando marcas rojas como el escudo del Chivas. Me quitó la falda con urgencia, sus ojos devorando mis panties empapados. Estás chingona, preciosa, gruñó, hincándose para besar mi interior de muslos, su aliento caliente torturándome.

Lo monté despacio, sintiendo su verga dura presionando contra mí a través de la tela. La friccionaba con mi coño húmedo, oliendo nuestra excitación que llenaba la habitación.

Esto es mejor que cualquier clásico, neta
. Marco me volteó, poniéndome a cuatro, lamiendo mi clítoris con maestría, su lengua juguetona haciendo que mis caderas se movieran solas. El placer subía en oleadas, mis uñas clavándose en el cuero del sillón, jadeos entrecortados mezclados con sus gruñidos roncos.

Pero no quería acabar así. Lo jalé arriba, guiando su pija gruesa y venosa a mi entrada. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. ¡Sí, wey, así! grité, mientras él embestía rítmico, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando por su espalda que lamí con avidez. Sentía cada vena pulsando dentro, su glande golpeando mi punto G con precisión de crack. El cuarto olía a sexo puro, a jugos mezclados y pasión desatada.

Cambié de posición, cabalgándolo en el piso alfombrado. Sus manos en mis nalgas, guiándome arriba y abajo, pechos rebotando libres. Lo miré a los ojos, esos pozos cafés llenos de fuego rojiblanco. Eres mi Chivas personal, le susurré, acelerando hasta que el orgasmo me partió en dos. Ondas de placer eléctrico recorrieron mi cuerpo, contrayendo mi coño alrededor de él, ordeñándolo. Marco rugió, ¡Me vengo, chula!, y se derramó dentro, chorros calientes inundándome mientras temblábamos juntos.

Quedamos jadeantes, enredados en el suelo, su semen goteando de mí en riachuelos tibios. El silencio post-partido era bendito, solo nuestras respiraciones acompasadas y el eco lejano de la ciudad. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopante calmarse.

Esta pasión rojiblanca no se acaba en el estadio, ¿verdad?
, pensé, trazando el tatuaje de un chivo en su brazo.

Neta que sí, mi reina. Esto es solo el principio del torneo, murmuró él, besándome la frente. Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Jabón espumoso en sus manos resbalando por mi cuerpo, risas compartidas bajo la regadera. En la cama, envueltos en sábanas frescas, hablamos de futuros partidos, de cómo nuestra conexión iba más allá del balón.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, lo vi dormir y supe que la pasión rojiblanca había encontrado su pareja perfecta en él. No era solo sexo; era esa chispa tapatía, esa entrega total que nos define. Me estiré satisfecha, el cuerpo aún zumbando de placer residual, lista para el próximo encuentro. Porque en Guadalajara, la vida se vive con todo, y esta noche lo habíamos hecho a lo grande.

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