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Pasión de Cristo Iztapalapa 2023 Carnal

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Pasión de Cristo Iztapalapa 2023 Carnal

El sol de esa Semana Santa en Iztapalapa pegaba como plomo derretido, y yo, Ana, de veintiocho pirulos, andaba ahí en medio del jale de la Pasión de Cristo Iztapalapa 2023. La multitud bullía a mi alrededor, un mar de cuerpos sudados gritando ¡Viva Cristo Rey! mientras los actores arrastraban cruces pesadas por las calles empedradas. El olor a incienso se mezclaba con el tufo a fritanga de los puestos cercanos y el sudor ácido de tanta gente apiñada. Yo no era de las devotas que se flagelaban, pero algo en esa vibra intensa me erizaba la piel, como si la pasión religiosa se colara en mis venas y despertara un hambre más terrenal.

Estaba parada junto a una barda, con mi blusa pegada al cuerpo por el calor, cuando lo vi. Marco, un morro alto, moreno, con ojos negros que brillaban como carbones. Vestía la túnica raída de un soldado romano, el maquillaje corrido por el sudor le daba un aire salvaje. Portaba una lanza de utilería, pero la manera en que la sostenía, firme, musculoso el brazo, me hizo imaginar otras armas. Nuestras miradas se cruzaron en medio del ruido de tambores y lamentos grabados. ¿Qué pedo? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Él sonrió de lado, guiñándome un ojo mientras pasaba con el cortejo. Mi corazón latió fuerte, como si el látigo de los centuriones azotara mi propia piel.

La procesión avanzaba lenta, el Cristo cargando su cruz tropezaba adrede para el drama, y la gente gemía en éxtasis colectivo. Yo no podía quitarle los ojos de encima a Marco.

Este wey me está viendo como si quisiera comerme viva
, me dije, y un calor distinto, de abajo, empezó a subir por mis muslos. El aire estaba cargado de expectación, el polvo se levantaba con cada paso, y yo sentía mi panocha humedecerse solo con la idea de sus manos callosas sobre mí. Cuando el grupo de actores hizo una pausa para hidratarse en un callejón lateral, él se desvió y vino directo hacia mí.

Órale, morra, ¿vienes a ver el show o a armar el tuyo propio? —me soltó con esa voz ronca, oliendo a hombre sudado y tierra caliente.

Reí, nerviosa, tocándome el cuello donde el pulso martilleaba.

Pura Pasión de Cristo Iztapalapa 2023, carnal, pero si hay chance de algo más chido...

Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme una botella de agua, y el contacto fue eléctrico, como un chispazo en la piel húmeda. Hablamos rápido, entre risas y miradas que decían todo. Él era extra en el montaje, de aquí de la colonia, y yo, una chava de oficinas que se escapó del DF para sentir algo real. La tensión crecía con cada palabra, el bullicio de la calle como fondo a nuestro coqueteo. Quiero que me toque ya, pensé, cruzando las piernas para calmar el palpitar entre ellas.

El segundo acto: la subida al Calvario. La multitud se apretujaba más, cuerpos rozándose sin querer —o queriendo—. Marco me jaló de la mano, discreto, hacia un patio trasero de una casa vecina, con buganvilias rojas trepando las paredes y un chorrito de agua fresca en una fuente. El ruido de la procesión llegaba amortiguado, como un eco lejano. Nos miramos, jadeantes, el sudor perlando su pecho descubierto bajo la túnica entreabierta.

¿Estás segura, nena? —murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y deseo.

¡Chíngame ya, pendejo! —le contesté, tirándome a sus labios.

El beso fue feroz, lenguas enredándose con sabor a sal y urgencia. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, apretándome contra su verga dura que presionaba mi vientre. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el lejano redoble de tambores. Me levantó la blusa, lamiendo el sudor de mis tetas, los pezones endurecidos como piedras bajo su lengua áspera. ¡Ay, cabrón, qué rico! El tacto de su barba incipiente raspando mi piel sensible me hacía arquear la espalda. Olía a él, a macho en celo, mezclado con el jazmín del patio.

Me hincó contra la pared fresca, bajándome los shorts con prisa. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, resbaloso de jugos, y lo masajearon en círculos lentos que me volvieron loca.

Esto es pecado, pero qué pecado tan delicioso en plena Pasión de Cristo
, pensé mientras mis caderas se movían solas, buscando más. Él gruñía bajito, —Estás bien mojada, morra, te encanta el riesgo—, y metió dos dedos gruesos adentro, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido chapoteante de mi excitación se mezclaba con mi respiración agitada, el corazón retumbando en los oídos.

Lo empujé al suelo, sobre una cobija que alguien dejó ahí —bendita sea—. Le quité la túnica, revelando su cuerpo esculpido por el sol, la verga tiesa, venosa, apuntando al cielo como una cruz profana. La tomé en la mano, suave terciopelo sobre acero, y la chupé con hambre, saboreando el precum salado, su gemido ronco vibrando en mi garganta. ¡Qué chingón sabor! Él me jaló el pelo suave, guiándome, pero siempre atento a mis ojos, pidiendo permiso con la mirada. Consenso puro, fuego mutuo.

La escalada fue brutal. Me monté encima, su verga abriéndose paso en mi interior centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso me arrancó un grito, amortiguado por su mano en mi boca. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes, el roce de sus bolas contra mi culo. El sudor nos unía, resbaladizo, el aire cargado de nuestro olor almizclado. Aceleré, tetas rebotando, uñas clavadas en su pecho, mientras él me amasaba las caderas, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada.

—Más duro, Marco, ¡dame todo! —supliqué, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro, el ladrido de un perro lejano como banda sonora. Entró profundo, el slap-slap de piel contra piel, mis gemidos convirtiéndose en aullidos. El orgasmo me golpeó como un latigazo, contracciones milking su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él se vino segundos después, caliente, espeso, llenándome con rugidos ahogados. Colapsamos, temblando, el mundo reduciéndose a nuestros cuerpos enredados.

El afterglow fue dulce, tendidos bajo las estrellas que empezaban a asomarse, el eco final de la Pasión de Cristo Iztapalapa 2023 desvaneciéndose en la noche. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando círculos perezosos en mi piel. Esto fue más que sexo, fue una comunión carnal, reflexioné, oliendo su cabello húmedo. Nos besamos suaves, prometiendo vernos después del DF y Iztapalapa.

Me vestí con piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción. Caminamos de vuelta a la calle, la procesión terminando en aplausos y vivas. En mi mente, la pasión religiosa y la nuestra se fundían, un recordatorio de que el cuerpo también reza. Marco me guiñó el ojo una última vez antes de unirse a sus compas. Yo sonreí, sabiendo que esa Pasión de Cristo Iztapalapa 2023 me había marcado para siempre, no con sangre, sino con placer puro y consensual.

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