Abismo de Pasión Capítulo 8
La luz dorada del atardecer se colaba por las ventanas del penthouse en Polanco, tiñendo todo de un calor que me hacía sudar solo de pensarlo. Yo, Valeria, llevaba toda la semana pensando en Diego, mi pendejo favorito, ese wey que me volvía loca con solo una mirada. Habían pasado siete días desde nuestra última noche, y el deseo me carcomía por dentro como un fuego que no se apaga. Nuestro abismo de pasión, como le llamábamos, entraba en su capítulo 8 esta vez, y neta, ya no aguantaba más la espera.
El aroma del tequila reposado flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las gardenias que Diego siempre traía de sus viajes a Guadalajara. Me serví un trago en el bar de cristal, el hielo crujiendo contra el vidrio, mientras oía el tráfico lejano de la ciudad, ese rumor constante que me recordaba que estábamos en México, en nuestro mundo de lujos y secretos. Me miré en el espejo: mi vestido negro ajustado marcaba cada curva, mis tetas firmes asomando tentadoras, el culazo que él tanto adoraba listo para ser devorado. Órale, Valeria, esta noche lo vas a volver loco, me dije, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
¿Cuántas veces hemos caído en este abismo? Cada capítulo más profundo, más ardiente. Capítulo 8: la reunificación, el hambre acumulada explotando como volcán.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, Diego, con su camisa blanca desabotonada mostrando ese pecho moreno y musculoso que olía a colonia cara y a hombre de verdad. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis labios rojos. "Mamacita", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, "te extrañé verga". Se acercó lento, como un depredador, y yo sentí mi pulso acelerarse, el corazón latiéndome en las sienes.
Acto primero: la tensión inicial. Nos besamos en la entrada, sus labios suaves pero firmes contra los míos, probando el tequila en su lengua. Olía a carretera y a aventura, su barba de tres días raspándome la mejilla deliciosamente. "¿Qué traes, wey? Me tienes mojadísima desde que anunciaste que venías", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi pecho, y me apretó contra la pared, sus manos grandes explorando mi cintura, bajando a mi culo. Sentí su verga dura presionando mi vientre, gruesa y lista, y un gemido se me escapó sin querer.
Nos movimos al comedor, donde la mesa estaba puesta con velas y mole poblano que yo había preparado, pero la comida podía esperar. Nos sentamos frente a frente, pero sus pies descalzos subieron por mis pantorrillas bajo la mesa, rozando mi piel suave. "Cuéntame de tu semana, mi reina", dijo, sirviéndome vino tinto, pero sus ojos decían otra cosa: quiero follarte ya. Hablamos de tonterías, de su expo en la Roma, de mi junta en Santa Fe, pero cada palabra era un pretexto. Mi mano se coló bajo la mesa, acariciando su muslo, sintiendo los músculos tensos, el calor subiendo hasta su paquete. Él jadeó, "neta, Valeria, eres una chingona para calentar".
El deseo crecía como una ola, lento al principio. Terminamos la cena a medias, riendo, pero el aire estaba cargado de electricidad. Me paré para llevar los platos, y él me siguió a la cocina, pegándose a mi espalda. Sus manos subieron por mi vestido, tocando mis tetas por encima de la tela, pellizcando los pezones que ya estaban duros como piedras. "Qué ricas están, siempre listas para mí", gruñó, besándome el cuello, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Yo arqueé la espalda, empujando mi culo contra su erección, sintiendo cada vena pulsar a través de sus jeans.
Acto segundo: la escalada. Lo arrastré al sofá de cuero negro, que crujió bajo nuestro peso. Nos desvestimos con urgencia pero saboreando cada segundo. Primero mi vestido, deslizándose por mis hombros, revelando mi lencería roja de encaje que compré pensando en él. "Mírate, puta preciosa", dijo juguetón, y yo reí, "tu puta, pendejo". Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, probando el sudor fresco que perlaba su piel. Sus manos en mi espalda desabrocharon el bra, y mis tetas saltaron libres, pesadas y sensibles. Él las tomó, chupando un pezón con hambre, la succión enviando descargas directas a mi clítoris.
Caí de rodillas, el piso frío contra mis piernas, pero no importaba. Desabroché sus jeans, liberando esa verga morena, gruesa, con la cabeza brillante de precum. Olía a macho puro, a deseo crudo. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando esa sal picante. "Chúpamela, mi amor", rogó él, enredando sus dedos en mi pelo negro largo. La tragué profunda, mi garganta ajustándose, gimiendo con cada embestida suave de sus caderas. El sonido era obsceno: succiones húmedas, sus jadeos roncos, mi propia excitación goteando por mis muslos.
Este es el abismo, capítulo 8 puro fuego. Su verga en mi boca, mi concha palpitando, el mundo desapareciendo.
Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size con sábanas de satén. Me tendió boca arriba, abriéndome las piernas, besando mi interior de muslos. Su lengua llegó a mi panocha depilada, lamiendo los labios hinchados, chupando mi jugo dulce y abundante. "Qué rica estás, tan mojada por mí", murmuró contra mi carne, el vibrar de su voz intensificando todo. Metió dos dedos, curvándolos justo en mi punto G, mientras su boca devoraba mi clítoris. Yo me retorcía, agarrando las sábanas, mis caderas alzándose, el placer construyéndose como tormenta. "¡Sí, Diego, no pares, cabrón!", grité, mis uñas clavándose en su espalda.
La intensidad subía, mis paredes contrayéndose alrededor de sus dedos, el olor a sexo llenando la habitación, mezclado con nuestro sudor. Él se posicionó encima, su cuerpo pesado y perfecto cubriéndome, piel contra piel resbalosa. Rozó su verga contra mi entrada, lubricándonos mutuamente, torturándome con lentitud. "Péntrame ya, por favor", supliqué, y él obedeció, empujando centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Qué chingón se siente!", gemí, mis piernas envolviéndolo, talones en su culo firme.
Empezamos lento, ritmos profundos, sintiendo cada roce, cada choque de pelvis. Sus embestidas se aceleraron, el sonido de carne contra carne, nuestros gemidos sincronizándose. Yo clavaba mis ojos en los suyos, viendo el amor y la lujuria pura. "Te amo, Valeria, eres mi todo", jadeó, y eso me llevó al borde. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos guiando mis caderas. El clímax llegó en oleadas: mi concha apretándolo, ordeñándolo, gritando su nombre mientras el orgasmo me sacudía, estrellas explotando detrás de mis párpados.
Él se corrió segundos después, gruñendo profundo, su leche caliente inundándome, pulsos interminables. Colapsamos juntos, sudorosos, entre jadeos y risas.
Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos abrazados, su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su pelo revuelto. El aire olía a sexo satisfecho, a nosotros. "Capítulo 8 completado, mi amor", susurré, besando su frente. Él sonrió, "y el abismo sigue, siempre más profundo". Afuera, la ciudad brillaba, pero aquí, en nuestra burbuja, solo existía paz y promesas de más capítulos. Me sentía plena, empoderada, amada. Esto era nuestro, puro y consensual, un fuego que nos unía para siempre.