Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Prohibida Capítulo 68 El Fuego que Nos Consume Pasión Prohibida Capítulo 68 El Fuego que Nos Consume

Pasión Prohibida Capítulo 68 El Fuego que Nos Consume

7473 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 68 El Fuego que Nos Consume

La noche en Polanco se sentía como un horno, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos y hace que la piel brille de sudor. Ana caminaba por la avenida Masaryk, con el corazón latiéndole a mil por hora, como si cada paso la acercara más al borde de un precipicio delicioso. Llevaba un vestido negro ajustado que rozaba sus curvas, y el aroma de su perfume, jazmín mezclado con vainilla, flotaba a su alrededor como una promesa pecaminosa. Hacía meses que no veía a Javier, pero neta, el wey la tenía loca. Su familia lo odiaba por el pleito viejo entre los papás, negocios que se torcieron en los noventa, pero ¿a quién le importaba eso ahora? Ella era adulta, él también, y esa pasión prohibida era lo único que la hacía sentir viva.

Entró al lobby del hotel, un lugar chido con luces tenues y música suave de fondo, como un susurro que invitaba a los secretos. Javier ya estaba ahí, esperándola en la barra, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Sus ojos cafés la devoraron en cuanto la vio, y Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas enloquecidas.

"¿Por qué carajos me haces esto, Javier? Cada vez que te veo, olvido todo."
pensó ella, mientras se acercaba con una sonrisa coqueta.

Órale, mamacita, ¿ya extrañaste esto? —dijo él, con esa voz ronca que le erizaba la piel, levantándose para abrazarla. Sus brazos fuertes la envolvieron, y Ana inhaló su colonia, un olor macho a madera y cítricos que la mareaba. Se besaron ahí mismo, un roce rápido de labios, pero suficiente para que sus cuerpos se pegaran como imanes. El calor de su piel contra la de ella era eléctrico, y Ana notó cómo su verga ya se ponía dura contra su vientre.

Subieron al elevador en silencio, pero la tensión era palpable, como el aire cargado antes de una tormenta. Javier la acorraló contra la pared metálica, sus manos grandes bajando por su espalda hasta apretar sus nalgas. Ana gimió bajito, sintiendo el metal frío en la espalda contrastando con el fuego de sus palmas. Chin, cómo le gustaba cuando la manoseaba así, sin pedir permiso pero sabiendo que ella lo quería todo.

En la habitación, suite con vista a la ciudad iluminada, Javier cerró la puerta y la miró como si fuera el único premio en el mundo. Ana se quitó los tacones, sintiendo el suelo mullido bajo sus pies, y se acercó a él despacio, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho era firme, músculos marcados por horas en el gym, y ella pasó la lengua por un pezón, saboreando el salado de su sudor. Javier gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire, y la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama king size.

Te voy a comer entera, Ana —murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible. Ella arqueó la espalda, el vestido subiéndose por sus muslos, revelando las ligas negras. Javier la desvistió con calma tortuosa, besando cada centímetro que dejaba al descubierto: el valle entre sus senos, el ombligo, el borde de sus panties de encaje. Ana jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación, mezclado con el zumbido lejano del tráfico de la ciudad.

Pero no todo era puro fuego; en la cabeza de Ana bullían los pensamientos.

"¿Y si mi papá se entera? ¿Y si nos pillan? Esta pasión prohibida capítulo 68 de nuestra historia podría ser la última."
Se mordió el labio, dudando un segundo, pero Javier la miró a los ojos, con esa intensidad que desarmaba cualquier barrera. —Shh, nena, aquí solo existimos tú y yo. Olvídate del mundo de afuera. —Sus palabras fueron como bálsamo, y ella se rindió, jalándolo hacia ella para un beso profundo, lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje.

La cosa escaló rápido. Javier se quitó la ropa, quedando en boxers que no escondían su erección gruesa y palpitante. Ana lo miró, lamiéndose los labios, y él se rio bajito. —¿Quieres mamarla, verdad, pendejita? —bromeó, y ella asintió, arrodillándose en la alfombra suave. Tomó su verga en la mano, sintiendo el calor y la dureza de venas marcadas, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Javier metió los dedos en su pelo, guiándola sin fuerza, gimiendo mientras ella lo chupaba con hambre, succionando y girando la lengua. El sonido era obsceno, húmedo y rítmico, eco en la habitación, y Ana se mojaba cada vez más, sus jugos empapando las panties.

Él la levantó, la tiró en la cama boca arriba, y le arrancó la ropa interior con un tirón juguetón. —Mira cómo estás de rica, toda chorreando por mí —dijo, abriendo sus piernas. Ana sintió el aire fresco en su coño expuesto, hinchado y ansioso. Javier se hincó entre sus muslos, inhalando su aroma almizclado de excitación, y pasó la lengua por sus labios mayores, lento, torturándola. Ella gritó, agarrando las sábanas de satén, el placer como rayos subiendo por su espina. Él lamía su clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. ¡Ay, wey, no pares! pensó Ana, sus caderas moviéndose solas, persiguiendo su boca.

La tensión crecía, sus cuerpos sudados pegándose y despegándose, el olor a sexo impregnando el aire. Javier se posicionó encima, frotando su verga contra su entrada resbalosa. —Dime que la quieres, Ana. Dime que es nuestra —exigió, y ella, con voz ronca, suplicó: —¡Métemela ya, cabrón! Hazme tuya. Él empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente, hasta que estuvo todo adentro, llenándola por completo. Ana sintió cada vena, cada pulso, y gimió fuerte, clavándole las uñas en la espalda.

Empezaron a follar con ritmo creciente, él embistiéndola profundo, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. Ana lo montó después, cabalgándolo como amazona, sus tetas rebotando, el sudor goteando entre ellas. Javier las amasaba, pellizcando los pezones duros, y ella aceleró, sintiendo el orgasmo acercarse como una ola gigante.

"Esto es lo que necesitaba, este fuego prohibido que nos quema vivos."
Sus paredes se contrajeron alrededor de él, explotando en un clímax que la dejó temblando, gritando su nombre. Javier la siguió segundos después, corriéndose dentro con un rugido, su semen caliente inundándola.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, el corazón de Ana martilleando contra el pecho de él. El cuarto olía a ellos, a sudor, semen y perfume mezclado. Javier la besó suave en la frente, acariciando su pelo revuelto. —Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Aunque sea prohibido, no voy a parar. Ella sonrió, trazando círculos en su piel con la yema del dedo, sintiendo la paz después de la tormenta.

Se quedaron así un rato, hablando de tonterías, riendo de los pleitos familiares como si fueran chistes viejos. Pero en el fondo, Ana sabía que esta pasión prohibida capítulo 68 era solo una página más en su libro secreto. Salieron del hotel al amanecer, con promesas susurradas y un beso que sabía a futuro incierto pero ardiente. La ciudad despertaba, ajena a su fuego, y Ana caminó a casa con las piernas flojas, el cuerpo marcado por sus caricias, anhelando ya el próximo capítulo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatosprohibidos.net.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.