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Laura Restrepo en La Isla de la Pasión

7480 palabras

Laura Restrepo en La Isla de la Pasión

El sol del Pacífico mexicano caía como una caricia ardiente sobre la arena blanca de la playa. Laura Restrepo pisó la orilla de La Isla de la Pasión, ese pedacito de paraíso olvidado que había descubierto en un viejo mapa turístico. El aire olía a sal marina mezclada con el dulzor de las flores tropicales, y el rumor constante de las olas la envolvía como un susurro seductor. Llevaba en su mochila el libro de Laura Restrepo, la escritora colombiana que narraba historias de islas remotas llenas de drama y deseo. Qué ironía, pensó, tener el mismo nombre que esa autora legendaria. Pero aquí, en esta isla mexicana virgen, no buscaba tragedias; venía por algo más carnal, por soltar las riendas de su vida citadina en la Ciudad de México.

Laura era una mujer de treinta y cinco años, con curvas que el bikini rojo apenas contenía, piel morena besada por el sol capitalino y ojos negros que prometían tempestades. Se recostó en una hamaca bajo las palmeras, el viento juguetón levantando mechones de su cabello negro azabache. Abrió el libro, La Isla de la Pasión, y las palabras de la autora la transportaron a un mundo de aislamiento y anhelos reprimidos.

«En esa isla, el deseo se volvía ley, porque no había más que cuerpos y supervivencia»
, leyó en voz alta, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Neta, ¿por qué no? Hacía meses que no se permitía un polvo decente. Su último novio, un pendejo ambicioso, la había dejado por una chava flaca de Polanco. Aquí, en esta isla, todo podía ser diferente.

De repente, un chapuzón en el agua turquesa rompió su trance. Un hombre emergió del mar como un dios azteca moderno: alto, musculoso, con tatuajes tribales en el pecho que brillaban bajo el agua chorreante. Se llamaba Mateo, un pescador local de Nayarit que cuidaba las cabañas de la isla. Órale, qué mamado, murmuró Laura para sí, mientras él se acercaba con una sonrisa pícara, el agua escurriendo por su torso definido. Olía a océano fresco y a sudor masculino, un aroma que le revolvió las tripas.

Wey, ¿vienes a pescar o a broncearte? —dijo él con voz grave, ese acento nayarita que sonaba como ronroneo.

—Vengo a perderme, carnal. Esta isla me llama como un imán —respondió ella, incorporándose con gracia felina, dejando que sus pechos se marcaran bajo la tela húmeda por el rocío.

Mateo se rio, una carcajada profunda que vibró en el aire caliente. Le ofreció una coco fresco, rajado con su machete, y sus dedos rozaron los de ella al pasárselo. Ese toque fue eléctrico, como si la isla misma conspirara para encender la chispa. Charlaron horas bajo el sol poniente: de la Ciudad de México y sus prisas, de las leyendas de La Isla de la Pasión que Laura Restrepo había inspirado en su mente. Mateo contó historias de pescadores que encontraban amores fugaces en estas costas, de noches donde el deseo se volvía incontrolable bajo la luna llena.

Al atardecer, el cielo se tiñó de rosas y naranjas, y el aroma de las fogatas lejanas se mezcló con el de sus cuerpos sudados. La tensión crecía como la marea: miradas que se demoraban en labios carnosos, roces accidentales que no lo eran tanto. Laura sentía su pulso acelerado, el calor entre sus muslos como lava. ¿Y si me lanzo? Neta, esta isla me está volviendo loca, pensó, mientras Mateo la invitaba a su cabaña para cenar pescado asado.

La cabaña era rústica, con paredes de palma y una cama king size cubierta de sábanas blancas que ondeaban con la brisa. El fuego crepitaba en la fogata afuera, lanzando sombras danzantes sobre sus pieles. Cenaron langosta a la parrilla, jugosa y salada, con chiles que picaban en la lengua como promesas de placer. Cada bocado era un preámbulo: los labios de él chupando el jugo, los ojos de ella fijos en su garganta al tragar. El ron del Caribe fluía, calentando venas y soltando inhibiciones.

—Esta isla tiene su magia, ¿sabes? —murmuró Mateo, su mano posándose en la rodilla desnuda de Laura—. Te hace sentir viva, como en esas historias de Laura Restrepo que traes.

Ella asintió, el corazón latiéndole en las sienes.

«Quiero que me toques, wey. Hazme tuya esta noche»
, confesó en su mente, pero en voz alta solo dijo:

—Muéstrame esa pasión de la que hablas.

Él no necesitó más. La levantó en brazos con facilidad, sus músculos tensos contra el cuerpo suave de ella. La besó con hambre, labios ásperos devorando los suyos, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado. Laura gimió contra su boca, el sabor a ron y mar en su paladar. Sus manos exploraron: ella arañando su espalda tatuada, él desatando el bikini con dedos diestros. Sus pechos se liberaron, pezones duros como guijarros bajo la brisa nocturna, y Mateo los lamió con devoción, succionando hasta que ella arqueó la espalda, un jadeo ronco escapando de su garganta.

La tensión escalaba como una ola gigante. Mateo la recostó en la cama, el olor a madera fresca y sudor impregnando el aire. Besó su vientre, bajando lento, torturante, hasta llegar al monte de Venus. Laura abrió las piernas, temblando, el calor de su aliento sobre su sexo húmedo la volvía loca. Puta madre, qué rico, pensó mientras la lengua de él la invadía, lamiendo pliegues hinchados, chupando el clítoris con maestría. Ella se retorcía, uñas clavadas en las sábanas, el sonido de sus succiones mezclado con sus gemidos ahogados. El orgasmo la golpeó como un tsunami, ondas de placer recorriendo su cuerpo, jugos calientes brotando en la boca de él.

Pero no era suficiente. Laura lo volteó, montándolo como una amazona. Su verga erecta, gruesa y venosa, palpitaba contra su entrada. Se hundió en ella centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, el roce de sus paredes contra la carne dura enviando chispas. Cabalgó con furia, caderas girando en círculos, pechos rebotando al ritmo de sus embestidas. Mateo gruñía, manos amasando sus nalgas, ¡Qué chingón, mami! exclamaba entre jadeos. El sudor los unía, piel resbaladiza chocando con palmadas húmedas, el aroma almizclado del sexo llenando la cabaña.

La intensidad creció: él la volteó a cuatro patas, penetrándola profundo desde atrás, bolas golpeando su clítoris. Laura gritaba placer, ¡Más duro, pendejo, dame todo!, el vaivén hipnótico acelerando. Sus cuerpos se sincronizaban, pulsos latiendo al unísono, el clímax aproximándose como un huracán. Mateo la llenó con un rugido primal, chorros calientes inundándola, mientras ella explotaba de nuevo, espasmos ordeñando cada gota.

Colapsaron enredados, respiraciones entrecortadas calmándose en la quietud nocturna. La luna bañaba sus cuerpos exhaustos, el mar susurrando bendiciones. Laura Restrepo, jadeante, trazó los tatuajes de Mateo con un dedo. Esta isla me ha cambiado, reflexionó. No era solo sexo; era liberación, conexión en medio del paraíso. Él la besó la frente, susurrando promesas de más noches así.

Al amanecer, mientras el sol naciente pintaba el horizonte, Laura supo que La Isla de la Pasión no era solo un libro o un lugar. Era el fuego que ardía en su interior, avivado por Mateo y esta tierra mexicana de deseos insaciables. Se iría, pero llevaría esa pasión grabada en la piel, lista para encenderla de nuevo dondequiera que fuera.

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