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Cañaveral de Pasiones Capitulo 44 Fuego Bajo Las Hojas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 44 Fuego Bajo Las Hojas

El sol se ponía sobre el cañaveral de mi familia en Veracruz, tiñendo las altas cañas de un naranja ardiente que parecía fuego líquido. El aire estaba cargado con ese olor dulce y terroso de la caña madura, mezclado con el salitre del Golfo que llegaba en ráfagas cálidas. Caminaba entre las hileras verdes, mis sandalias hundiéndose en la tierra húmeda, el corazón latiéndome como tambor de fiesta. Hacía una semana que no veía a Javier, mi amor secreto, el capataz que manejaba a los cortadores con mano firme pero que conmigo se volvía puro gelatina.

¿Y si hoy es el día? Nuestro cañaveral de pasiones capitulo 44, como le decimos en broma a estos encuentros que parecen sacados de una novela. Cuarenta y cuatro veces que nos hemos encontrado aquí, escondidos del mundo, dejando que el deseo nos queme vivos.

Yo, Ana, de veintiocho años, hija del dueño del ingenio, no debería andar en estos trotes con un wey como él. Pero neta, ¿quién resiste esos ojos negros que me miran como si yo fuera el último trago de agua en el desierto? Mi piel morena brillaba de sudor bajo la blusa de algodón pegada al cuerpo, los shorts vaqueros rozándome los muslos con cada paso. El viento susurraba entre las hojas anchas, un sonido como caricias lejanas que me erizaba la piel.

De repente, un crujido. Me detuve, el pulso acelerado. Órale, pensé, ahí está el pendejo. Salió de entre las cañas, alto y fuerte, su camisa abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado por el sol implacable. Javier sonrió, esa sonrisa chueca que me deshace.

"Mamacita", murmuró con voz ronca, acercándose lento como pantera. "Te extrañé tanto que hasta las cañas se me hicieron eternas".

Su olor me golpeó primero: sudor masculino, tierra y un toque de su colonia barata que a mí me volvía loca. Me tomó de la cintura, sus manos callosas deslizándose bajo mi blusa, tocando la piel de mi espalda baja. Gemí bajito, el contacto enviando chispas por mi espina.

Acto uno completo, pensé, mientras nos besábamos con hambre. Sus labios gruesos sabían a tabaco y caña masticada, la lengua invadiendo mi boca con urgencia juguetona. Mis manos enredadas en su pelo negro revuelto, tirando suave para que no se apartara. El mundo se redujo a ese beso, al roce de su barba incipiente en mi mejilla suave.

Nos separamos jadeantes, las respiraciones mezclándose en el aire espeso. "Ven, mi reina", dijo, tomándome la mano y guiándome más adentro del cañaveral. Las cañas nos rodeaban como muralla verde, altas hasta la cabeza, ocultándonos del camino principal. Encontramos nuestro rincón habitual, un claro donde la tierra era más suave, alfombrada de hojas secas que crujían bajo nuestros pies.

Allí empezó el verdadero juego. Javier me recargó contra un tronco grueso de caña, sus manos expertas desabotonando mi blusa con dedos temblorosos de deseo.

Qué chingón se siente esto, pensé, su mirada devorándome como si fuera su última comida.
Mis tetas saltaron libres, los pezones duros como piedras por el aire fresco de la tarde. Él gruñó de aprobación, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. El placer era eléctrico, un tirón directo a mi entrepierna que ya palpitaba húmeda.

"Estás cañón hoy, Ana", susurró contra mi piel, mordisqueando suave antes de pasar al otro pecho. Yo reía entre gemidos, arañándole la espalda. "Pendejo, siempre dices lo mismo". Pero mis caderas se movían solas, frotándose contra la dureza que crecía en sus pantalones. El olor de mi propia excitación subía, almizclado y dulce, mezclándose con el suyo.

La tensión crecía como tormenta. Le bajé el cierre con impaciencia, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La piel caliente, sedosa sobre el acero debajo. Él jadeó, "¡Ay, wey, qué rica mano!". Yo la acaricié lento, sintiendo cada vena, el pre-semen untándose en mis dedos. Javier no se quedó atrás: metió la mano en mis shorts, dedos gruesos encontrando mi clítoris hinchado. Circulitos expertos que me hicieron ver estrellas, las rodillas flaqueándome.

No aguanto más, lo necesito dentro, rugía mi mente, mientras el mundo giraba en espiral de placer.

Nos quitamos la ropa a tirones, quedando desnudos bajo las cañas. Su cuerpo era puro músculo trabajado en el corte, marcado por cicatrices de machete. El mío, curvas generosas, caderas anchas para parir pasiones como esta. Me tendió sobre las hojas, el raspón suave en mi espalda un deleite masoquista. Se arrodilló entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, lamiendo hasta llegar al centro húmedo.

Su lengua era fuego: chupando mi clítoris, metiéndose en mi coño empapado, saboreándome como néctar. Gemí fuerte, sin importarme si alguien oía; el viento llevaba mis gritos lejos. "¡Javier, sí, así, cabrón!". Él reía contra mi piel, vibraciones que me acercaban al borde. Dos dedos dentro, curvándose justo ahí, el punto que me hace explotar. El orgasmo llegó como ola, convulsionándome, jugos salpicando su barbilla. Él lamió todo, mirándome con ojos triunfantes.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas sobre la tierra fragante. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis fluidos. "¿Me quieres, mi vida?", preguntó, voz ronca de control. "Sí, métela ya, no mames", supliqué, empujando hacia atrás. Entró de un golpe suave, llenándome hasta el fondo. El estirón delicioso, su grosor rozando cada pared sensible.

Empezó a bombear, lento al principio, salidas y entradas profundas que me hacían jadear. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, mezclados con nuestros gruñidos animales. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, bolas golpeando mi clítoris. Aceleró, el ritmo frenético, sudor goteando de su pecho a mi espalda. El paraíso, pensé, este es nuestro capítulo perfecto.

Me giró de nuevo, cara a cara, queriendo verme. Misionero salvaje, mis piernas enredadas en su cintura, uñas clavadas en sus hombros. Besos desordenados, lenguas batallando mientras él me taladraba. Sentía su verga hincharse más, el orgasmo suyo acercándose. "Vente conmigo, Ana", ordenó, y obedecí. El clímax nos golpeó juntos: yo contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo, él derramándose en chorros calientes dentro de mí, rugiendo mi nombre.

Colapsamos, entrelazados en las hojas, el corazón martillando al unísono. El cañaveral susurraba aprobación, el cielo ahora púrpura salpicado de estrellas tempranas. Javier me besó la frente, suave ahora, tierno. "Te amo, mi cañaveral de pasiones".

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Capitulo 44 completado, pensé, pero vendrán más, siempre más, porque esto no acaba nunca.
El aroma de sexo y caña nos envolvía como manta, prometiendo noches eternas en este paraíso verde.

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