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Pasión Gitana Perfume Precio de Fuego

6380 palabras

Pasión Gitana Perfume Precio de Fuego

Entré a esa perfumería chiquita en el corazón de la colonia Roma, con el sol de la tarde pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire estaba cargado de esencias dulces y especiadas, un revoltijo de olores que me hacía cosquillas en la nariz. Mis ojos se clavaron en un frasco de cristal rojo sangre, etiquetado Pasión Gitana. "Qué chingón", pensé, acercándome con el corazón latiéndome un poco más rápido.

La vendedora, una morra de ojos negros y sonrisa pícara, me miró de arriba abajo. "¿Te late? Es pasión gitana perfume precio que no cualquiera se avienta, pero vale cada peso. Huele a deseo puro, a noches de luna llena". Tomé el frasco, rocié un poquito en mi muñeca. ¡Madre mía! El aroma explotó: jazmín salvaje mezclado con vainilla quemada, un toque de canela y algo más profundo, como piel sudada después de un baile frenético. Me recorrió un escalofrío desde la piel hasta el alma.

¿Y si este perfume despierta lo que traigo guardado? Hace tiempo que no siento esta hambre
, me dije, mientras mi cuerpo respondía con un calor traicionero entre las piernas.

Le pregunté el precio. "Mil quinientos varos, carnala". Puse cara de "¡no mames!", pero el olor ya me tenía atrapada. Saqué la lana y me lo llevé. Caminando de regreso a mi depa, el frasco en la bolsa me quemaba la mano. Esa noche tenía planes con Marco, mi ex que no era tan ex. Nos veíamos de vez en cuando, puro fuego sin compromisos. Perfecto para probar esto.

Me metí a bañar, el agua caliente resbalando por mis curvas como caricias ansiosas. Salí envuelta en toalla, el espejo empañado reflejando mi piel sonrosada. Destapé el perfume y lo rocié generoso: cuello, escote, detrás de las rodillas, adentro de los muslos. El aroma se fundió con mi calor natural, volviéndose más intenso, más mío. Me puse un vestido negro ceñido, sin calzones, solo por joder. Sonó el timbre. Marco, con su sonrisa de pendejo encantador, camisa blanca abierta mostrando el pecho moreno, jeans que marcaban lo que valía.

"¡Órale, Lupita! ¿Qué traes? Hueles a pecado", dijo inhalando profundo mientras me abrazaba. Su aliento cálido en mi cuello, manos firmes en mi cintura. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre.

Ya empezó el juego, y este perfume es el árbitro
. Lo jalé adentro, cerré la puerta de un golpe. Nos besamos como fieras: labios chocando, lenguas enredadas con sabor a tequila y menta. Sus manos subieron por mis muslos, encontrando mi humedad. "Estás chingadísima", murmuró, voz ronca.

Lo empujé al sillón, me subí a horcajadas. El vestido se arremangó solo, exponiendo mi conchita lista para él. Marco gemía bajito, oliendo mi piel. "Ese perfume... pasión gitana, ¿verdad? Me está volviendo loco". Le quité la camisa, lamiendo sus pezones duros como piedras. Su piel sabía a sal y sol mexicano, músculos tensos bajo mis uñas. Bajé la cremallera, saqué su verga gruesa, palpitante. La olí primero –sí, pervertida yo–, mezclada con mi perfume era una bomba olfativa. La chupé despacio, lengua girando en la cabeza, saboreando el pre-semen salado. Él agarró mi pelo, no fuerte, justo para excitar, gimiendo "¡Qué rico, pinche diosa!".

Pero no lo dejé acabar. Me levanté, lo desvestí completo. Su cuerpo desnudo, erecto, listo. Lo llevé a la cama, luces tenues de la ciudad filtrándose por la ventana. Me quité el vestido, quedando en pelotas, el perfume envolviéndonos como niebla sensual. Me acosté boca arriba, piernas abiertas. "Ven, cabrón, cómeme". Marco se hincó entre mis piernas, nariz hundida en mi monte de Venus. Inhaló profundo. "Hueles a fuego gitano, a coño en llamas". Su lengua atacó: lamidas largas por mis labios hinchados, chupando mi clítoris como si fuera caramelo. Gemí alto, caderas alzándose, jugos empapando su cara. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis jadeos.

Este precio pagué por esto, y qué chido vale
.

La tensión crecía como tormenta. Lo volteé, me puse en cuatro. "Métemela ya". Él se colocó atrás, la punta rozando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Ay, wey, qué grande!". Empujó hasta el fondo, bolas golpeando mi clítoris. Ritmo lento al principio: piel contra piel, slap-slap rítmico, sudor perlando nuestros cuerpos. El perfume se mezclaba con olor a sexo crudo, almizcle animal. Agarró mis caderas, acelerando. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos. Sentía su verga hinchándose más, vena pulsando dentro.

Inner struggle:

¿Lo dejo entrar más profundo? ¿O lo controlo yo? No, esta noche soy libre, soy gitana en pasión
. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba duro, concha tragándoselo entero, jugos chorreando por sus bolas. Gritos míos: "¡Sí, pendejo, así! ¡Dame más!". Él desde abajo, embistiendo arriba, ojos fijos en mis tetas saltando. El cuarto olía a nosotros: perfume, sudor, corrida inminente.

La intensidad subía. Lo volteé de nuevo, misionero con piernas en sus hombros. Profundo, brutal pero consensuado, puro placer mutuo. "Me vengo, Lupita". "¡Yo también, córrete adentro!". Explosión: su verga latiendo, chorros calientes llenándome, mi coño contrayéndose en oleadas. Grité, uñas en su espalda, visión borrosa de placer. Ondas de éxtasis recorriéndome, piel erizada, corazón tronando.

Afterglow: colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su semen goteando de mí, cálido en mis muslos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Ese pasión gitana perfume precio fue la mejor inversión", susurró riendo. Yo sonreí, oliendo mi muñeca aún perfumada.

El precio de la pasión no se paga con lana, se vive en la piel
. Afuera, la ciudad nocturna zumbaba, pero aquí, en esta cama, éramos reyes de nuestro fuego gitano.

Marco se quedó dormido, brazo sobre mi cintura. Yo velé un rato, sintiendo el eco de los orgasmos en mi cuerpo. Mañana quizás vuelva por más frascos. O no. La pasión gitana no necesita precio fijo; se enciende sola cuando menos lo esperas. Me acurruqué contra él, inhalando nuestro aroma mezclado, y cerré los ojos satisfecha.

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