Abismo de Pasion Televisa Novelas
La noche caía suave sobre el malecón de La Bonita, con el mar susurrando secretos al ritmo de las olas que lamían la arena tibia. Rosa se recostaba en el sofá de su departamento con vista al océano, el control remoto en la mano, mientras la pantalla del televisor iluminaba su piel morena con destellos azulados. Era su ritual nocturno: las Televisa novelas Abismo de Pasion, esa historia que la tenía atrapada con sus amores imposibles, venganzas ardientes y pasiones que estallaban como fuegos artificiales en la playa.
Qué chingón es ver cómo Elisa y Damián se miran, con esos ojos que prometen devorarse enteros, pensó Rosa, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas. Llevaba un camisón ligero de algodón, fresco contra su cuerpo que empezaba a calentarse. El aire olía a sal marina mezclada con el jazmín de su perfume, y el sonido de la telenovela llenaba la sala: diálogos intensos, música dramática que aceleraba el pulso.
La puerta se abrió con un clic suave, y entró Augusto, su carnal desde hace dos años, con el cabello revuelto por la brisa nocturna y una sonrisa pícara en los labios. Venía de correr por la playa, su camiseta pegada al torso musculoso por el sudor, oliendo a hombre fresco y esfuerzo. Órale, justo lo que necesitaba, se dijo Rosa, mordiéndose el labio inferior mientras sus ojos bajaban a la protuberancia en sus shorts deportivos.
—¿Otra vez con tus novelitas, mi amor? —dijo él, tirando las llaves sobre la mesa y acercándose con paso lento, como un depredador juguetón.
—Neta, Augusto, esta Abismo de Pasion me tiene loca. Mira cómo se besan, ¡es puro fuego! —respondió ella, su voz ronca, extendiendo la mano para que se sentara a su lado.
Él se dejó caer junto a ella, su muslo rozando el de Rosa, enviando chispas eléctricas por su piel. El calor de su cuerpo invadía el espacio, y ella inhaló su aroma: sudor salado, un toque de su colonia cítrica. En la tele, los protagonistas se abrazaban con desesperación, sus labios chocando en un beso que hacía eco en el corazón de Rosa.
Augusto giró la cabeza hacia ella, sus ojos oscuros brillando con picardía. Si supiera lo que me provoca esta mierda romántica, pensó ella, mientras él deslizaba una mano por su muslo desnudo, subiendo despacio, trazando círculos con los dedos callosos.
—¿Te calienta, eh? Como en esas Televisa novelas —murmuró él cerca de su oreja, su aliento cálido haciendo que se le erizaran los vellos de la nuca.
Ella asintió, girándose para capturar sus labios. El beso empezó tierno, labios suaves probando sabores: el suyo a menta de su chicle, el de ella a té de manzanilla. Pero pronto se volvió voraz, lenguas danzando con urgencia, manos explorando. Rosa sintió su pulso latiendo en las sienes, el corazón martilleando como tambores en una fiesta de pueblo.
No aguanto más, lo quiero ya, aquí mismo, como en la escena donde se entregan al abismo
Acto primero de su propia novela privada: la introducción al deseo. Augusto la levantó en brazos sin esfuerzo, sus músculos tensándose bajo la camiseta, y la llevó al balcón. La brisa marina les azotó la piel, fresca contra el calor que bullía entre ellos. La colocó sobre la tumbona acolchada, el cielo estrellado como testigo, el rumor de las olas como banda sonora.
Le quitó el camisón con delicadeza, revelando sus pechos firmes, pezones endurecidos por la excitación y el viento. Qué rica estás, mi reina, pensó él, bajando la cabeza para lamer uno, succionando con hambre. Rosa jadeó, arqueando la espalda, el placer como rayos recorriéndole la espina dorsal. Su lengua era áspera, caliente, dejando un rastro húmedo que se enfriaba al instante con la brisa.
—Ay, wey, no pares —suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro, tirando suave para guiarlo.
Él obedeció, bajando más, besando su vientre plano, inhalando el aroma almizclado de su arousal mezclado con el salitre del mar. Sus manos separaron sus muslos, dedos rozando los labios hinchados, resbaladizos de jugos. Rosa tembló, el toque ligero como pluma al principio, luego más firme, círculos en su clítoris que la hacían gemir bajito, sonidos ahogados por el viento.
El medio tiempo de la escalada: tensiones internas y físicas. Rosa luchaba con su propia timidez residual, ¿y si alguien nos ve desde la playa? Pero qué chido, que miren esta pasión. Augusto se quitó la ropa rápido, su verga erecta saltando libre, venosa y gruesa, la punta brillando con pre-semen. Ella la tomó en mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada, el calor irradiando a su palma.
—Te la chupo, carnal —dijo ella, incorporándose para lamer desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal salada, su sabor único y adictivo. Él gruñó, caderas empujando instintivo, manos en su cabeza guiando sin forzar. El sonido de succión húmeda se mezclaba con sus respiraciones entrecortadas, el mar rugiendo a lo lejos.
La intensidad subía como la trama de una Televisa novela: giros emocionales. Augusto la recostó de nuevo, posicionándose entre sus piernas. Entra ya, por favor, rogaba ella en silencio, uñas clavándose en sus hombros anchos. La punta rozó su entrada, untándose en sus fluidos, luego empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente.
—¡Qué rico, tan llena! —gimió Rosa, piernas envolviéndolo, talones presionando su culo firme.
Él empezó a moverse, embestidas profundas y pausadas al inicio, piel chocando con palmadas suaves, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo flotaba pesado, almizcle animal mezclado con sudor y mar. Cada thrust rozaba su punto G, ondas de placer acumulándose, sus pechos rebotando con el ritmo, pezones rozando su pecho velludo.
Esto es mejor que cualquier Abismo de Pasion, pensó ella, mientras él aceleraba, gruñidos guturales escapando de su garganta. Rosa clavó la mirada en sus ojos, conexión profunda, amor y lujuria entrelazados. Sus paredes internas se contraían, ordeñándolo, el clímax acercándose como tormenta.
—Ven conmigo, mi amor —jadeó él, una mano bajando a frotar su clítoris en círculos rápidos.
El acto final explotó: Rosa gritó, orgasmos cascada, espasmos sacudiéndola, jugos empapando sus unidos sexos. Augusto la siguió, embistiendo feroz, semen caliente inundándola en chorros pulsantes. Colapsaron juntos, cuerpos temblorosos, respiraciones sincronizadas con las olas.
En el afterglow, tumbados bajo las estrellas, piel pegajosa enfriándose, él la besó suave en la frente. Esto es nuestro abismo, puro y eterno, reflexionó ella, acurrucándose en su pecho, oyendo su corazón calmarse. La tele aún murmuraba en el fondo, pero su propia novela acababa de cerrar con broche de oro, pasión real superando la ficción de Televisa.
La brisa les secó el sudor, dejando un frescor bendito. Rosa sonrió, sabiendo que mañana repetirían, inspirados siempre por esas novelas que avivaban su fuego interno.