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La Pasion Oculta de la Actriz que Interpreta a Maria en la Pasion de Cristo

5818 palabras

La Pasion Oculta de la Actriz que Interpreta a Maria en la Pasion de Cristo

Estaba en el Festival de Cine de la Ciudad de México, rodeado de luces neón y el bullicio de la gente que se amontonaba en el Palacio de Bellas Artes. El aire olía a elotes asados y café de olla, mezclado con el perfume caro de los invitados. Yo, Diego, un fotógrafo freelance de treinta y tantos, había ido por curiosidad. Pero cuando la vi entrar al escenario, todo cambió. Ahí estaba ella, Maia Morgenstern, la actriz que interpreta a Maria en La Pasion de Cristo. Su imagen en la pantalla, esa madre sufriente y pura, me había marcado desde que vi la película en el cine de mi barrio. Pero en persona, con ese vestido negro ajustado que marcaba sus curvas maduras, era una diosa terrenal. Sus ojos oscuros brillaban bajo las luces, y su voz ronca al hablar de su rol me erizó la piel.

Después de la charla, me colé en la recepción. Neta, no sé cómo le hice, pero terminé platicando con ella. "Qué chido tu trabajo en esa película", le dije, sintiendo el corazón latiéndome como tambor. Ella sonrió, con una calidez que no esperaba. "Gracias, guapo. Fue intenso, ¿verdad? Sentir ese dolor... y esa devoción". Su acento rumano se mezclaba con el español perfecto, y olía a jazmín y vainilla. Intercambiamos números. "Ven a cenar conmigo esta noche", me soltó, como si nada. ¿Yo? ¿Con la actriz que interpreta a Maria en La Pasion de Cristo? No lo podía creer.

La cena fue en un restaurante de Polanco, con velas y mariachis suaves de fondo. Pedimos tacos de arrachera y mezcal ahumado. Ella se soltó contando anécdotas del set: el calor en Italia, las escenas de flagelación que la hicieron sudar. "Sabes, Diego, interpretar a Maria me despertó algo profundo. Esa pureza... pero debajo, hay fuego". Sus dedos rozaron los míos al pasar el plato, y sentí un chispazo eléctrico. Mi verga se endureció bajo la mesa, pensando en desvestirla, en profanar esa imagen santa con mis manos. Pero me contuve, bebiendo despacio, dejando que la tensión creciera como el humo del mezcal en mi garganta.

¿Qué carajos estoy haciendo? Es una estrella, wey. Pero neta, sus labios rojos me llaman, su piel olivácea brilla bajo la luz tenue. Quiero saborearla, oler su arousal mezclado con perfume.

Salimos caminando por las calles empedradas, el viento fresco de la noche trayendo aromas de flores de nochebuena. Ella se acercó, su cadera rozando la mía. "Llévame a tu hotel", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Subimos al taxi, y en el asiento trasero, su mano se posó en mi muslo. La besé primero, suave, probando el sabor salado de sus labios con toques de mezcal. Ella gimió bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Sus tetas se apretaban contra mí, firmes bajo la tela, y mis dedos trazaron su espalda, sintiendo el calor de su cuerpo.

En la habitación del hotel, con vistas a la Reforma iluminada, nos desnudamos despacio. La luz de la ciudad bañaba su piel desnuda, revelando pezones oscuros y erectos, un pubis recortado que invitaba. "Tócame, Diego", susurró, guiando mi mano a su concha húmeda. Estaba empapada, caliente como lava, y el olor almizclado de su excitación llenó la habitación. Lamí sus pezones, saboreando el sudor salado, mientras ella arqueaba la espalda y jadeaba. Sus gemidos eran música, graves y urgentes, como oraciones pecaminosas.

La tumbé en la cama, besando su vientre suave, bajando hasta sus muslos temblorosos. Abrí sus piernas, admirando la carne rosada y brillante. Mi lengua exploró su clítoris, chupando suave al principio, luego con hambre. Ella agarró mi pelo, gritando "¡Sí, cabrón, así! ¡No pares!". Su sabor era dulce y ácido, como tamarindo maduro, y sus jugos corrían por mi barbilla. Mi verga palpitaba, dura como piedra, goteando pre-semen. Me incorporé, y ella me jaló hacia arriba, devorando mi boca con la suya.

Esto es irreal. La actriz que interpreta a Maria en La Pasion de Cristo, la Virgen sufriente, ahora es mi puta personal, retorciéndose bajo mí, suplicando por más.

Me puse de rodillas, y ella montó mi cara, frotando su panocha contra mi lengua. Sus caderas giraban en círculos, el sonido húmedo de su excitación mezclándose con sus aullidos. "¡Me vengo, Diego! ¡Chíngame con la lengua!". Su cuerpo convulsionó, chorros calientes mojando mis labios, su olor intensificándose. La volteé, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo y firme. Escupí en mi mano, lubricando mi verga gruesa, y la penetré despacio. ¡Qué delicia! Su concha apretada me succionaba, caliente y resbalosa, cada embestida sacando gemidos guturales. El slap-slap de piel contra piel resonaba, junto al crujir de las sábanas.

"Más fuerte, pendejo", exigió, empujando contra mí. La cogí con furia, mis bolas golpeando su clítoris, mis manos amasando sus tetas colgantes. Sudábamos juntos, el aroma salado de nuestros cuerpos llenando el aire. Ella se corrió otra vez, su coño contrayéndose como un puño, ordeñándome. No aguanté más: "¡Me vengo, Maia!", rugí, llenándola de leche caliente, pulso tras pulso. Colapsamos, jadeantes, su cabeza en mi pecho, el corazón latiéndonos al unísono.

Después, fumamos un cigarro en la terraza, envueltos en sábanas. La ciudad brillaba abajo, indiferente a nuestro pecado. "Fue hermoso", dijo ella, besando mi cuello. "Como redimir la pasión de Maria con placer real". Yo la abracé, sintiendo su piel tibia contra la mía, el afterglow envolviéndonos como niebla. No era solo sexo; era conexión, devoción carnal. Al amanecer, se fue con una promesa de volver. Yo me quedé mirando el sol nacer, saboreando el recuerdo de su esencia en mi piel, sabiendo que esa noche había tocado lo divino en lo humano.

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