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Como Controlar las Pasiones en la Noche Mexicana

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Como Controlar las Pasiones en la Noche Mexicana

Imagina que estás en el corazón de la Ciudad de México, en una terraza con vistas al skyline iluminado por las luces neón de Reforma. El aire cálido de la noche te acaricia la piel, cargado con el aroma de tacos al pastor de un puesto callejero cercano y el humo dulce de un cigarro que alguien fuma a lo lejos. Tú, con tu vestido negro ajustado que resalta tus curvas, sientes esa chispa inicial cuando él se acerca. Se llama Diego, un tipo alto, moreno, con ojos cafés que brillan como el tequila añejo. Neta, ¿por qué siempre me pasa esto? piensas, mientras tomas un sorbo de tu michelada, el limón fresco explotando en tu lengua y la sal picando en tus labios.

Hablan de todo y nada: del tráfico infernal de la CDMX, de cómo el chilaquiles de la tiendita de la esquina te salva los domingos, de sueños locos que nunca se cumplen. Pero debajo de las risas, hay una tensión que vibra como el bajo de un corrido en una cantina. Sus rodillas se rozan bajo la mesa, y sientes el calor de su piel a través de la tela de sus jeans.

¿Cómo controlar las pasiones cuando su mirada te desnuda sin tocarte?
Te preguntas, recordando ese libro viejo que leíste una vez, lleno de consejos que ahora suenan ridículos. Él sonríe, juguetón: "Órale, mamacita, ¿ya te conquisté o qué?" Su voz ronca te eriza la nuca, y respondes con una risa coqueta, pero por dentro luchas contra el pulso que acelera en tu entrepierna.

La noche avanza, y terminan bailando salsa en un antro cercano. Sus manos en tu cintura, firmes pero gentiles, te guían al ritmo. Sientes su aliento caliente en tu oreja, oliendo a menta y cerveza. El sudor perla en tu escote, y cada giro hace que tus pechos rocen su pecho duro. No, no caigas tan fácil, güey, te regañas, pero tus caderas responden solas, ondulando contra las suyas. Él te aprieta más, y percibes la dureza creciente en su pantalón presionando tu muslo. El deseo es un fuego que lame tus venas, haciendo que tus pezones se endurezcan bajo el vestido. "¿Quieres ir a mi depa? Vivo cerca, neta está chido", murmura, y tú asientes, rendida a la corriente.

En su departamento en la Condesa, el ambiente cambia. Luces tenues, el sonido lejano de un mariachi callejero filtrándose por la ventana abierta. Él cierra la puerta y te besa, lento al principio, sus labios suaves saboreando los tuyos con urgencia contenida. Su lengua explora tu boca, dulce como el chocolate de una barra abuelita, y gimes bajito cuando sus manos suben por tu espalda, desabrochando el vestido con destreza. Caes en su sofá de piel suave, el tacto fresco contrastando con el calor de su cuerpo sobre el tuyo.

Esto es lo que pasa cuando no sabes cómo controlar las pasiones
, piensas mientras él besa tu cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Sus dientes dejan un rastro de cosquilleo que baja directo a tu clítoris, hinchándose de anticipación. Le quitas la camisa, revelando un torso marcado por horas en el gym, cubierto de vello oscuro que huele a jabón y hombre. Tus uñas recorren sus abdominales, sintiendo los músculos contraerse bajo tu toque. "Eres una diosa, carnal", gruñe, y tú respondes bajando la mano a su bragueta, liberando su verga dura, palpitante, gruesa como un mango maduro.

La acaricias despacio, sintiendo la piel aterciopelada sobre el acero, el precum salado en tu pulgar. Él jadea, el sonido gutural vibrando en el aire cargado de feromonas. Te quita las bragas con un movimiento fluido, y sus dedos encuentran tu humedad, resbaladiza y caliente. "Estás empapada, pendejita", dice con una sonrisa pícara, y tú arqueas la espalda cuando introduce dos dedos, curvándolos para rozar ese punto que te hace ver estrellas. El squelch húmedo de tu excitación llena la habitación, mezclado con tus gemidos y el latido de tu corazón en los oídos.

La tensión sube como el volumen de una rola de Peso Pluma. Él te lame los pechos, succionando un pezón mientras pellizca el otro, enviando descargas eléctricas a tu centro. Quiero controlarlo todo, pero esto me desborda, reflexionas en medio del placer, mientras lo empujas hacia abajo. Te sientas en su cara, tu coño rozando sus labios ansiosos. Su lengua es mágica, lamiendo desde el ano hasta el clítoris en amplios trazos, saboreando tu néctar salado-dulce. Agarras su pelo, montándolo como una amazona, el olor almizclado de tu arousal impregnando el aire. Él gime contra ti, las vibraciones intensificando todo, hasta que sientes el orgasmo construyéndose, una ola que rompe en temblores violentos. Gritas su nombre, el mundo explotando en colores mientras tu jugo moja su barbilla.

Pero no paras ahí. Lo volteas, poniéndolo boca arriba, y te montas en su verga con un suspiro de alivio. La sensación de él llenándote es indescriptible: estirándote, pulsando contra tus paredes internas, el glande besando tu cervix. Cabalgas lento al principio, sintiendo cada vena, cada roce. Sus manos aprietan tus nalgas, guiándote más rápido. El slap-slap de piel contra piel resuena, sudor goteando entre vuestros cuerpos. "¡Más duro, Diego, cabrón!", exiges, y él obedece, embistiéndote desde abajo con fuerza animal. Tus tetas rebotan, él las agarra, amasándolas mientras tú frotas tu clítoris contra su pubis.

El clímax se acerca de nuevo, compartido esta vez. Sientes sus bolas tensarse, su verga hincharse dentro de ti. "Me vengo, amor", avisa ronco, y tú aceleras, queriendo ordeñarlo todo. Explota primero él, chorros calientes bañando tus entrañas, el calor disparando tu propio orgasmo. Convulsionas alrededor de él, exprimiéndolo, el placer tan intenso que lágrimas brotan de tus ojos. Gritas, un alarido primal que ahoga el tráfico de la calle abajo.

Caen exhaustos, entrelazados en el sofá, el aire pesado con el olor a sexo crudo y satisfecho. Su pecho sube y baja contra el tuyo, corazones latiendo al unísono. Besas su hombro salado, riendo bajito. "¿Ves? A veces no se trata de controlar las pasiones, sino de dejarlas fluir", murmura él, acariciando tu cabello revuelto. Tú sonríes, sintiendo una paz profunda, el cuerpo lánguido y pleno.

La mañana llega con rayos de sol filtrándose por las cortinas, el aroma de café mexicano recién molido flotando desde la cocina. Despiertas con su brazo alrededor de tu cintura, su erección matutina presionando tu trasero. Quizá mañana aprenda cómo controlar las pasiones de verdad, piensas con picardía, volteándote para besarlo. Pero por ahora, en esta CDMX vibrante, solo quieres más rondas de esa deliciosa rendición. La vida, al final, es demasiado corta para no dejarse llevar.

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