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Pasion Por La Carne

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Pasion Por La Carne

La noche en el antro de Polanco estaba que ardía, con luces neón parpadeando como chispas en la oscuridad y el ritmo del reggaetón retumbando en mis huesos. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, había llegado con mis carnalas para desquitarnos del pinche estrés de la oficina. El aire cargado de sudor, perfume caro y ese olor dulzón a tequila reposado me ponía la piel de gallina. Me movía al son de la música, mi vestido negro ajustado marcando cada curva de mi cuerpo, sintiendo las miradas de los morros como caricias invisibles.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble. Se llamaba Diego, me enteré después, un tipo de unos treinta, con camisa entreabierta dejando ver un pecho tatuado que prometía historias. Nuestras ojos se cruzaron en la pista, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que venía. Órale, Karla, este vato tiene pinta de saber manejar la pasion por la carne, pensé mientras me acercaba, contoneándome con descaro.

—Qué chida te ves moviéndote así —me dijo al oído, su aliento caliente rozándome la oreja, oliendo a mezcal y hombre puro.

—Neta, tú tampoco estás tan mal —le contesté con una guiñada, mi mano rozando su brazo musculoso. La piel de él era cálida, áspera por el vello fino, y ese toque inocente encendió la chispa.

Empezamos a bailar pegaditos, sus caderas contra las mías, el calor de su verga endureciéndose contra mi nalga mientras el DJ soltaba un perreo brutal. Sus manos bajaron por mi cintura, apretando suave, y yo arqueé la espalda, presionando mi culo contra él. El sudor nos unía, resbaloso y salado, y el olor de su cuello —una mezcla de colonia y deseo crudo— me mareaba.

Esto es lo que necesitaba, carne fresca, piel que huela a sexo inminente
, me dije, mordiéndome el labio.

La tensión crecía con cada roce. Me giró para verme de frente, sus ojos oscuros devorándome, y me besó. Sus labios eran firmes, la lengua juguetona invadiendo mi boca con sabor a limón y picardía. Gemí bajito contra él, mis uñas clavándose en su espalda. Pasion por la carne, pura y simple, rugía en mi mente mientras lo jalaba más cerca.

—¿Nos vamos de aquí? —preguntó ronco, su voz vibrando en mi pecho.

—Sí, cabrón, llévame —respondí, el pulso latiéndome en las venas como tambores.

Salimos al coche, un Jeep negro estacionado en la valet. El trayecto a su depa en Lomas fue un tormento delicioso: su mano en mi muslo subiendo lento, rozando el encaje de mis calzones, mientras yo le masajeaba la entrepierna por encima del pantalón. Sentía su verga palpitante, gruesa y lista, y mi panocha se humedecía, chorreando anticipación. El viento de la noche entraba por la ventana, fresco contra mi piel ardiente, y el olor a ciudad —clavos y gasolina— se mezclaba con nuestro aroma a excitación.

Llegamos a su penthouse, minimalista con ventanales al skyline de la CDMX brillando como diamantes. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Lo empujé contra la pared, desabotonando su camisa con dedos temblorosos, besando su pecho salado, lamiendo el sudor que perlaba su piel. Él gruñó, levantándome en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis piernas.

—Te quiero toda —dijo, cargándome al sillón de cuero negro.

Me dejó caer suave, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en brasier y tanga, mis tetas grandes subiendo y bajando con la respiración agitada. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre plano hasta el borde de la tela. Su aliento caliente sobre mi monte de Venus me hizo jadear. Qué rico se siente esto, su boca tan cerca de mi carne hambrienta.

Con dientes, jaló mi tanga, exponiendo mi panocha depilada, hinchada y mojada. El aire fresco la rozó, enviando escalofríos. Diego separó mis labios con los dedos, admirándome.

—Estás chingona, Karla, tan jugosa —murmuró, antes de hundir la lengua.

Su lamida fue fuego: plana y ancha al principio, saboreando mis jugos salados y dulces, luego el chupón en mi clítoris endurecido. Gemí fuerte, mis caderas buckeando contra su cara barbuda, el roce áspero intensificando todo. Olía a mí, a sexo puro, y el sonido de su succión —chapoteante, obsceno— llenaba la habitación. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando rítmico mientras succionaba. Mi primer orgasmo me golpeó como ola, el cuerpo convulsionando, jugos salpicando su barbilla. ¡Puta madre, qué chingón!

No me dejó bajar. Me levantó, nos fuimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda sudada. Lo desvestí completo: pantalón, bóxers, revelando su verga erecta, venosa, de buen tamaño, goteando precum transparente. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, oliendo a hombre excitado. La lamí desde la base, saboreando el almizcle salado, hasta tragar la cabeza bulbosa. Él jadeó, enredando dedos en mi pelo.

—Así, mami, trágatela —gruñó.

Lo chupé profundo, garganta relajada, bolas pesadas en mi mano. El sonido de mi saliva resbalando, sus gemidos roncos, el pulso de su verga en mi boca —todo me volvía loca. Pero quería más.

Mi pasion por la carne me consume, necesito que me llene
.

Me puse a cuatro, culo en pompa, invitándolo. Él se colocó atrás, frotando la punta en mi raja empapada, untándose mis jugos. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llena me siento, su carne gruesa partiéndome! Empezó a bombear, manos en mis caderas, pellizcando la carne suave. El choque de sus bolas contra mi clítoris, el slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo denso —nada se comparaba.

Cambié posiciones: lo monté, cabalgando como amazona, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Él mamaba mis pezones duros, mordisqueando suave, enviando descargas a mi coño. Sudor nos cubría, resbaloso, el colchón crujiendo bajo nosotros. La tensión subía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más.

—Me vengo, Karla —avisó, voz quebrada.

—Dentro, cabrón, lléname —supliqué.

El clímax nos arrasó juntos: yo gritando, coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo; él rugiendo, chorros calientes inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos, chorreando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, piel pegada, corazones galopando al unísono.

Después, en la afterglow, yacimos enredados, su mano acariciando mi espalda, mi cabeza en su pecho oyendo su latido calmarse. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho, con la ciudad murmurando afuera. Esto fue puro, consensual, empoderador. Mi pasion por la carne halló su par, reflexioné, sonriendo perezosa.

—¿Repetimos? —preguntó juguetón.

—Neta que sí, pero ahora duerme, pendejo —reí, besándolo suave.

La noche se cerró en paz, con promesas de más carne, más pasión.

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