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Pantaletas Mata Pasiones

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Pantaletas Mata Pasiones

En el bullicio de la Condesa, Ana se miró al espejo de su depa en Polanco, ajustándose el vestido negro ceñido que le marcaba las curvas como un guante. Tenía treinta años, piel morena suave como el chocolate de Oaxaca y unos ojos cafés que prometían travesuras. Esa noche salía con Marco, su carnal de la uni que había revivido chispas después de meses sin verse. Neta, este wey me prende como nadie, pensó mientras se ponía las pantaletas nuevas que su compa Lupe le había regalado. Eran de encaje rojo fuego, diminutas, con un bordado juguetón que decía pantaletas mata pasiones. Lupe juraba que eran mágicas, que volvían locos a los hombres y avivaban el fuego en las morras. Ana se rio bajito, sintiendo el roce sedoso contra su piel, un cosquilleo que ya le erizaba los vellos de la nuca. Olían a vainilla fresca, y el tacto era como una caricia prohibida.

El aire de la noche capitalina entraba por la ventana, cargado de olor a tacos al pastor y cláxones lejanos. Ana se sprinteó perfume de jazmín, se calzó las botas altas y salió, el corazón latiéndole con anticipación. Marco la esperaba en el bar de la esquina, con su sonrisa pícara y esa camiseta que le apretaba los pectorales. Era alto, moreno, con tatuajes que asomaban por las mangas y una voz ronca que le hacía temblar las rodillas.

¡Órale, morra! Te ves cañona —le dijo al verla, abrazándola fuerte. Sus manos grandes le rozaron la cintura, y Ana sintió un calor subirle por el vientre. Pidieron chelas frías, charlaron de la chamba, de los chismes de la uni, pero los ojos de Marco no dejaban de bajar a sus labios, a su escote. Ella cruzó las piernas, sintiendo las pantaletas apretaditas, recordando el bordado.

¿Y si de veras matan pasiones? ¿Y si esta noche exploto?
El bar vibraba con cumbia rebajada, el humo de los cigarros mezclándose con el aroma salado de las papas fritas. Cada roce accidental de sus rodillas bajo la mesa era electricidad, un pulso acelerado que le humedecía la piel.

Después de dos chelas, Marco le tomó la mano. —Vámonos a mi depa, ¿no? Quiero estar a solas contigo. Ana asintió, el deseo ya latiéndole en las venas como tambores de una fiesta en la Guerrero. Caminaron por las calles empedradas, el viento fresco lamiéndole las piernas, y ella notó cómo él la devoraba con la mirada. En el elevador del edificio de él, en la Roma, se besaron por primera vez esa noche. Labios calientes, lenguas danzando con sabor a limón y cerveza. Las manos de Marco se colaron por su vestido, apretándole las nalgas, y Ana jadeó contra su boca, el roce de las pantaletas ahora un tormento delicioso.

Adentro, el depa era chido: luces tenues, velas de vainilla encendidas que perfumaban el aire, una playlist de rancheras románticas de fondo. Se sentaron en el sofá de piel suave, y Marco le quitó las botas despacio, masajeándole los pies. —Eres una diosa, Ana, murmuró, besándole el tobillo. Ella se recargó, cerrando los ojos, sintiendo sus labios subir por la pantorrilla, el calor de su aliento en la piel. El corazón le retumbaba, y entre las piernas un pulso insistente crecía. No aguanto más, pensó, mientras sus dedos jugaban con el borde del vestido.

Se levantaron, besándose con hambre. Marco la cargó hasta la recámara, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón fresco. La recostó con cuidado, como si fuera frágil, y le subió el vestido lento, revelando las pantaletas rojas. —¿Qué chingados? Pantaletas mata pasiones… Neta, me vas a matar —rio él, con los ojos brillantes de lujuria. Ana se mordió el labio, el orgullo y el deseo mezclándose. —Prueba y verás, pendejo, le contestó juguetona, jalándolo hacia ella.

Sus bocas se fundieron otra vez, manos explorando. Marco le besó el cuello, chupando suave hasta dejarle un rastro húmedo que olía a su colonia masculina, terrosa como café de Veracruz. Ana le quitó la playera, pasando las uñas por su pecho duro, sintiendo los músculos tensarse bajo sus dedos. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, entremezclado con gemidos bajitos. Él bajó la boca a sus tetas, liberándolas del brasier, lamiendo los pezones oscuros hasta que se endurecieron como piedras calientes. Ella arqueó la espalda, el placer como un rayo bajándole al clítoris, donde las pantaletas ya estaban empapadas.

Marco deslizó una mano entre sus muslos, rozando el encaje. —Estás chorreando, mi reina, gruñó, y Ana abrió las piernas, invitándolo. Quitó las pantaletas con delicadeza, oliendo su aroma almizclado de excitación, y las dejó a un lado como un trofeo. Su lengua encontró su centro, lamiendo despacio, saboreando cada pliegue húmedo. Ana gritó suave, las manos enredadas en su pelo negro, el sabor salado de su piel en los labios cuando se mordía.

Esto es el paraíso, carnal… No pares
. Él succionaba su clítoris, metiendo dos dedos gruesos que la llenaban, curvándolos justo donde dolía rico. El cuarto giraba, olores a sexo y sudor mezclándose con la vainilla, sus jadeos como música erótica.

Pero Ana quería más, quería control. Lo empujó sobre la cama, montándose a horcajadas. Le desabrochó el cinto, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor, el pulso acelerado como el suyo. —Te voy a follar hasta que grites, le dijo, guiándola a su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándole las paredes. Marco gimió fuerte, agarrándole las caderas, y ella empezó a moverse, arriba y abajo, el sonido de piel contra piel resonando húmedo.

El ritmo creció, sudor perlando sus cuerpos, gotas saladas que ella lamía de su cuello. Él le amasaba las nalgas, metiendo un dedo en su ano para más placer, y Ana aceleró, sintiendo el orgasmo subir como una ola del Pacífico. Vente conmigo, cabrón, pensó, mientras sus paredes lo apretaban. Marco se tensó, gruñendo su nombre, y explotaron juntos: ella convulsionando, chorros calientes mojando las sábanas, él llenándola con su leche espesa, caliente.

Se derrumbaron, entrelazados, el pecho de él subiendo y bajando contra sus tetas. El aire olía a ellos, a pasión satisfecha, y las pantaletas yacían en la mesita, testigos mudos. Marco la besó la frente, suave. —Eso sí que mató pasiones… o las prendió todas. Ana rio, acurrucándose, el cuerpo lánguido y pleno.

Estas pantaletas son lo máximo, Lupe tenía razón
. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro, en ese afterglow tibio, solo existían sus latidos calmados y la promesa de más noches así.

Se quedaron así horas, platicando bajito de sueños, de antojos de unos tacos de suadero al amanecer. Ana se sentía empoderada, deseada, completa. Marco le acariciaba el pelo, y ella sabía que esto no era solo sexo: era conexión, fuego mexicano que no se apaga fácil. Cuando el sol tiñó las cortinas de rosa, se besaron lento, saboreando el remanente salado en sus labios. Las pantaletas mata pasiones habían cumplido, desatando un huracán de sensaciones que los dejó marcados, listos para repetir.

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