Pasión de Gavilanes Capítulo 74 Fuego en la Sangre
La noche en la hacienda Reyes caía como un manto caliente de verano mexicano, con el aire cargado del aroma dulce de las jacarandas y el lejano relincho de los caballos en el corral. Yo, Jimena, estaba recargada en el sillón de cuero viejo de la sala, con las piernas cruzadas y el corazón latiéndome fuerte mientras la televisión parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 74. Ese capítulo siempre me ponía la piel chinita, con esa tensión entre los hermanos Reyes y las Jiménez que se palpaba en cada mirada, en cada roce accidental. Franco, mi hombre, mi carnal en todo sentido, se acercó por detrás, sus manos grandes y callosas deslizándose por mis hombros, masajeando con esa fuerza que me hacía suspirar.
¿Por qué carajos este pinche capítulo me prende tanto? Es como si los gavilanes esos cobraran vida en mi cuerpo, volando directo a mi entrepierna.Pensé, mientras sentía su aliento cálido en mi cuello, oliendo a tequila reposado y a tabaco fresco. Franco era igualito a Óscar en la novela, alto, moreno, con esa mirada de pendejo travieso que prometía problemas del bueno.
—Órale, nena, ¿otra vez con Pasión de Gavilanes capítulo 74? —me dijo con esa voz ronca que me erizaba los vellos—. ¿Qué, ya te dio calorcito esa escena del río?
Me giré un poco, rozando mi mejilla contra su barba de tres días, áspera y deliciosa. —Sí, wey, neta que en ese capítulo los gavilanes se sueltan el pelo. Imagínate si fuéramos nosotros...
Su risa fue un trueno bajo, y de pronto sus labios capturaron los míos en un beso que sabía a deseo puro, a noches de hacienda sin fin. Sus manos bajaron por mi blusa de algodón, desabotonándola con dedos impacientes, exponiendo mi piel al aire nocturno que entraba por la ventana abierta. Olía a tierra mojada por la lluvia reciente, y el sonido de las gotas residuales en el tejado marcaba el ritmo de nuestros jadeos iniciales.
Acto uno: la chispa. Franco me levantó en brazos como si no pesara nada, cargándome hacia el cuarto principal, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de lino crudo. Me dejó caer suave, pero sus ojos ardían con esa hambre que conozco tan bien. Se quitó la camisa, revelando el torso marcado por el trabajo en el rancho: músculos duros, sudor brillando bajo la luz de la lámpara de aceite. Yo me incorporé de rodillas, jalando de su cinturón con urgencia, sintiendo el bulto creciente bajo el denim.
—Chíngame con la mirada primero, como en la novela —le pedí, mi voz temblorosa de anticipación.
Él se arrodilló frente a mí, sus dedos trazando la curva de mis senos, pellizcando los pezones hasta que dolía rico, enviando chispas directas a mi centro. El tacto de su piel era fuego vivo, áspero por el sol, contrastando con mi suavidad. Lamí su pecho, saboreando la sal de su sudor, mientras el zumbido de los grillos afuera se mezclaba con mi gemido bajo.
La tensión crecía lenta, como el calor que sube en un comal. Sus manos exploraban mi cintura, bajando a mis caderas, quitándome los jeans con un tirón juguetón. Quedé en tanga de encaje negro, y él gruñó de aprobación, enterrando la cara entre mis muslos, inhalando mi aroma almizclado de mujer lista.
¡Ay, Diosito! Su nariz rozando ahí, su lengua prometiendo más... Esto es mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes.
Acto dos: la escalada. Franco me empujó de espaldas, besando cada centímetro de mi vientre, deteniéndose en mi ombligo para succionar suave, haciendo que mis caderas se arquearan solas. El sonido de su boca chupando era obsceno, húmedo, y yo enredé mis dedos en su cabello negro revuelto, jalándolo más cerca. —Más, cabrón, no pares —le rogué, y él obedeció, deslizando la tanga a un lado para lamer mi clítoris con la punta de la lengua, círculos lentos que me volvían loca.
Mi cuerpo temblaba, pulsos acelerados en las sienes, el olor de mi propia excitación llenando la habitación junto al suyo, masculino y terroso. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Gemí alto, el eco rebotando en las vigas de madera del techo. Él subía besos por mi torso, mordisqueando un pezón mientras sus dedos seguían su danza interna, lubricados por mis jugos calientes.
—Estás chorreando, mi reina —murmuró contra mi piel, su voz vibrando en mi carne—. Como las gavilanes en el río de capítulo 74.
Lo volteé, montándome a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrada a través de los boxers. La froté contra mí, resbaladiza, el roce enviando ondas de placer que me nublaban la vista. Se los quité de un jalón, admirando su miembro erecto, venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez. Él jadeaba, caderas empujando arriba, y yo bajé la cabeza para lamer la punta, saboreando el precum salado, mientras mis tetas rozaban sus muslos.
La intensidad subía como la marea en la costa veracruzana. Me posicioné sobre él, guiándolo dentro de mí centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que me llenaba. Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada vena, cada pulso sincronizándose con el mío. Sus manos en mis nalgas, amasando fuerte, guiando el ritmo que aceleraba. El slap de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con el viento que mecía las cortinas, olía a sexo puro, a pasión desatada.
—¡Más rápido, Jimena! ¡Dame todo! —gruñó, y yo obedecí, rebotando con fuerza, mis senos saltando, sudor chorreando entre nosotros. Él se incorporó, capturando un pezón en su boca mientras embestía desde abajo, profundo, tocando mi alma. El clímax se acercaba, tensión en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de él.
Acto tres: la liberación. Cambiamos de posición; él encima, misionero con mis piernas sobre sus hombros, penetrándome hondo, salvaje. Cada embestida era un trueno, mi clítoris rozando su pubis, building el fuego hasta explotar. —¡Me vengo, Franco! ¡Ay, sí! —grité, olas de placer rompiéndome en mil pedazos, mi cuerpo convulsionando, jugos empapando las sábanas.
Él siguió, gruñendo como animal, hasta que se tensó, llenándome con chorros calientes, su rostro contorsionado en éxtasis. Colapsamos juntos, piel pegajosa de sudor, corazones galopando al unísono. El aroma de nuestro amor flotaba pesado, mezclado con el jazmín del jardín.
En el afterglow, Franco me acunó contra su pecho, besando mi frente húmeda. —Neta, nena, esto supera a Pasión de Gavilanes capítulo 74. Tú eres mi gavilán, mi todo.
En sus brazos, con el cuerpo aún temblando de réplicas, supe que esta pasión no tenía fin. Como la novela, pero real, mexicana, nuestra.El sueño nos venció con el canto de los coyotes lejanos, prometiendo más noches de fuego en la hacienda.