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Pasión Prohibida Online

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Pasión Prohibida Online

Todo empezó una noche cualquiera en mi depa de la Roma, con el ruido de los coches allá abajo en la calle Insurgentes y el olor a tacos de suadero flotando desde el puesto de la esquina. Yo, Ana, de treinta y tantos, casada con un tipo que ya ni me volteaba a ver, me sentía como un chile olvidado en el fondo del refri. Neta, necesitaba algo que me prendiera el alma. Agarré mi cel y me metí a una app de chats anónimos, de esas que prometen aventuras sin compromiso. Ahí, en un rincón digital, encontré el perfil de Alex. Su foto era solo una silueta contra la luz de un atardecer en la playa, pero su bio decía: "Buscando esa chispa que quema sin piedad". Me lateó al instante.

Le mandé un mensaje: "Hola wey, ¿qué pedo con esa silueta misteriosa?" Respondió rápido, con un "Jaja, ¿y tú qué, morra? ¿Lista para encender la noche?" Así fluyó, como agua de coco fresca en pleno calorazo. Hablamos de todo: de lo chido que es un buen mezcal, de cómo el DF te come viva si no le pones pila, de sueños que se quedan en el cajón. Pero pronto, la cosa se puso caliente. Me contó que era de Guadalajara, tapatío de pura cepa, con un trabajo en marketing que lo tenía viajando. Yo le confesé mi rutina de ama de casa frustrada, mi carnal que me rogaba por un aventón al antro, mis ganas de sentirme viva de nuevo.

Esta plática es mi pasión prohibida online, pensé mientras le mandaba una foto de mis labios pintados de rojo, sin mostrar la cara. No puede ser tan malo si nomás es texto, ¿verdad?

Los días siguientes fueron un desmadre de mensajes. De mañana, cuando mi marido se iba al jale, hasta la madrugada, cuando el silencio de la casa me ahogaba. Alex me describía cómo me imaginaba: mi piel morena brillando bajo la luna, mis curvas moviéndose al ritmo de un son jarocho. Yo le respondía con detalles jugosos, como el calor entre mis piernas cuando leía sus palabras. "Pinche Alex, me estás poniendo como lechera", le escribí una vez, y él contestó con un audio: su voz grave, ronca, diciendo "Ana, neta que te quiero probar, sentir tu sabor en la boca". Ese audio lo guardé y lo reproducía en loop, tocándome despacito bajo las sábanas, oliendo mi propia excitación mezclada con el perfume de lavanda de las fundas.

La tensión crecía como la espuma de un chela recién abierta. Me mandaba fotos de su torso tatuado, músculos marcados por horas en el gym, y yo le enviaba selfies en lencería negra, el encaje rozando mis pezones duros. Esto es prohibido, pero qué chido se siente, me repetía. Hablamos de vernos. Él venía a la Ciudad de México por negocios. "¿Y si nos echamos un clavado en la realidad?", propuso. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. "Sí, wey. Hotel en Polanco, sábado al mediodía". Acordamos no preguntas del pasado, solo el presente ardiente.

El sábado llegó con un solazo que pegaba en las banquetas como plancha caliente. Me puse un vestido rojo ajustado, sin bra, sintiendo el roce de la tela contra mi piel erizada. En el lobby del hotel, con su aroma a café recién molido y jazmines frescos, lo vi. Alto, barba recortada, ojos cafés que me desnudaban con una mirada. "¿Ana?", dijo, su voz igualita al audio pero ahora vibrando en el aire. Lo abracé, sintiendo su pecho firme contra mis tetas, su mano en mi cintura bajando un poquito más. Subimos al elevador, solos, y ya no aguantamos. Me acorraló contra la pared, besándome con hambre, su lengua saboreando la mía como si fuera mango maduro. Olía a colonia cítrica y hombre sudado de anticipación.

En la habitación, con vistas al skyline reluciente, la cosa explotó. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mi cuerpo desnudo. "Estás más rica de lo que soñé, morra", murmuró, lamiendo mi cuello, bajando por mi clavícula hasta mis pezones. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas. Sus manos exploraban, dedos gruesos abriéndose paso entre mis muslos, encontrándome empapada. "Pinche mojada que estás", rio juguetón, y yo le respondí arañándole la espalda: "Es por ti, pendejo". Lo empujé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Me arrodillé, desabrochando su jeans, liberando su verga dura, palpitante, con venas marcadas. La tomé en la boca, saboreando su sal, chupando despacio al principio, luego con ganas, oyendo sus jadeos roncos: "¡Qué chido, Ana! Sigue así".

La pasión prohibida online se volvía carne real, sudor y fluidos. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas redondas. Su lengua se hundió en mí por detrás, lamiendo mi clítoris hinchado, haciendo que mis caderas se arquearan solas. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada mezclada con su sudor. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, wey, qué grande!", grité, y él embistió más fuerte, el slap-slap de piel contra piel como ritmo de cumbia rebajada. Me volteó de nuevo, mirándome a los ojos mientras me cogía, sus manos en mis tetas, pellizcando justo como me gustaba. Sentía cada pulso, cada roce interno, el calor subiendo desde mi vientre hasta explotar en oleadas. Vine primero, temblando, clavándole las uñas, gritando su nombre. Él me siguió, derramándose dentro con un rugido gutural, su semen caliente inundándome.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sol de la tarde pintaba la habitación de dorado, y el olor a sexo impregnaba el aire como incienso prohibido. Me acariciaba el pelo, besándome la frente. "Esto fue épico, Ana. Mi pasión prohibida online hecha realidad", susurró. Yo sonreí, sintiéndome poderosa, deseada por primera vez en años. No hablamos de mañana, solo del ahora: pedimos room service, unos tacos de arrachera con guac fresco, y nos reímos comiendo desnudos en la cama, jugos goteando por mis tetas para que él los lamiera.

Al despedirnos en el lobby, con promesas de más chats y quizás otra escapada, supe que había cambiado algo en mí. Caminé a casa con el cuerpo adolorido de placer, el vestido pegado a la piel por el sudor seco, oliendo aún a él. La pasión prohibida online me despertó, pensé, abriendo la puerta de mi depa. Mi marido ni cuenta se avivó, pero yo ya no era la misma. Ahora, cada notificación en el cel me eriza la piel, recordándome que el fuego puede encenderse en cualquier pantalla, y consumirlo todo si te dejas llevar.

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