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Diario de una Pasión Director

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Diario de una Pasión Director

Querido diario, hoy arranqué el rodaje de mi nueva película en los estudios de Polanco, con ese sol de México que calienta la piel como un beso largo y ardiente. Soy Ana, la directora, la que manda en el set pero que últimamente no mando nada en mi propio cuerpo. Todo empezó con él, Rodrigo, el protagonista. Alto, moreno, con ojos que te clavan como si ya te estuvieran desnudando. Neta, wey, desde el casting supe que iba a ser problema. Pero qué problema tan chido.

El primer día, lo vi llegar en su camioneta negra, camisa ajustada que marcaba esos pectorales que huelen a colonia cara y sudor fresco. "¡Acción!", grité, y él se movió frente a la cámara como si el mundo fuera suyo. Su voz grave retumbaba en el set, haciendo que las luces parpadearan un poquito más. Yo detrás del monitor, mordiéndome el labio, sintiendo cómo mi blusa se pegaba al pecho por el bochorno. Olía a café recién molido y a ese perfume suyo que me llegaba hasta las entrañas.

Hoy lo miré demasiado tiempo. Sus manos fuertes ajustando el cuello de la camisa, imaginándolas en mi cintura. ¿Qué carajos me pasa? Soy la jefa aquí, pero siento que él ya me dirige a mí.

Al final del día, todos se fueron, pero él se quedó "revisando el guion". Yo también, claro. El estudio vacío, solo el zumbido de las luces y el eco de nuestros pasos. "Ana, ¿qué opinas de esta escena?", me dijo, acercándose con el libreto en la mano. Su aliento olía a menta y a algo más prohibido. Nuestras manos se rozaron al pasar la página, y fue como electricidad pura, chispas que subían por mi brazo hasta el estómago. Me quedé quieta, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Acto uno: la tensión. No pasó nada esa noche, solo miradas que decían todo. Pero al día siguiente, en el trailer de maquillaje, lo encontré solo, sin camisa, el torso brillando bajo la lámpara. "Ven, ayúdame con esto", dijo, señalando una cicatriz en el abdomen. Me acerqué, temblando un poco, mis dedos rozando su piel caliente, áspera por el vello oscuro. Olía a jabón y a hombre, ese aroma que te hace cerrar los ojos y suspirar. "Estás quemando, directora", murmuró, y su voz me vibró en las rodillas.

Empecé a escribir este diario porque necesito sacar esta pasión que me come viva. Diario de una pasión director, así le llamo en mi cabeza, como si yo fuera la que cuenta la historia pero él la dirige. Cada noche, después del set, me encierro en mi depa en la Roma, con una chela fría en la mano, y revivo cada roce. Su risa ronca cuando le corrijo una línea, el modo en que su muslo roza el mío en la mesa de dirección. Siento el pulso acelerado solo de pensarlo, la boca seca, las chichis endureciéndose bajo la sostén.

El rodaje avanzaba, y la química en pantalla era brutal. Pero fuera de cámaras, la cosa se ponía más heavy. Una noche de lluvia torrencial, después de un take perfecto, nos quedamos atrapados en el set por el aguacero. El trueno retumbaba, el agua golpeteando el techo como un ritmo frenético. "Ven, no te mojes", me dijo, jalándome a su camerino. Adentro, el aire espeso, olor a madera húmeda y a su piel mojada. Se quitó la camisa empapada, gotas resbalando por su pecho, y yo no pude más.

"Rodrigo, esto...", empecé, pero él ya estaba cerca, su mano en mi mejilla, thumb acariciando mi labio inferior. "Shh, Ana, yo también lo siento desde el día uno. Tú diriges la película, pero esto lo dirijo yo". Su boca cayó sobre la mía, beso hambriento, lengua explorando con urgencia. Sabía a lluvia y a deseo puro, salado y dulce. Mis manos en su espalda, uñas clavándose en la carne firme, sintiendo los músculos tensarse bajo mi toque.

Su lengua en mi boca es como un plano secuencia perfecto: lento al principio, luego acelerando hasta el clímax. Dios, qué rico sabe. Quiero más, mucho más.

Acto dos: la escalada. Lo empujé contra la pared del camerino, mi blusa volando por los aires, sus manos expertas desabrochando mi brasier. Mis senos libres, pezones duros rozando su pecho peludo, esa fricción que me hace gemir bajito. "Qué chulas estás, directora", gruñó, bajando la boca a uno, chupando con fuerza, lengua girando como un torbellino. Sentí el calor subir desde el vientre, humedad entre las piernas, el pantalón pegajoso. Olía a sexo inminente, a feromonas mexicanas puras, sudor mezclado con colonia.

Me arrodillé, desabrochando su jeans con dientes, liberando su verga dura, palpitante, venosa. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él jadeó, mano en mi pelo, guiándome sin forzar, solo dirigiendo el ritmo. "Así, mi amor, qué buena boca tienes". Subí y bajé, succionando, oyendo sus gemidos roncos que se mezclaban con la lluvia afuera. Mi clítoris latía, rogando atención.

Me levantó como si no pesara, acostándome en el sofá de cuero que crujió bajo nosotros. Besos bajando por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que mañana tendré que tapar con maquillaje. Sus dedos en mi entrepierna, separando las labios húmedos, frotando el botón hinchado. "Estás chorreando, Ana, neta que me vuelves loco". Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace arquear la espalda. Gemí fuerte, "¡Más, pendejo, no pares!", mis caderas moviéndose solas, persiguiendo el placer.

La intensidad subía como el volumen en una rola de rock. Me volteó, nalgas al aire, y sentí su lengua en mi culo, lamiendo, explorando, mientras sus dedos seguían en mi coño. El placer era cegador, oídos zumbando, piel erizada, olor a excitación empapando el aire. "Te voy a follar como se merece una directora", prometió, y entró en mí de un empujón lento, llenándome por completo. Su verga gruesa estirándome, cada vena rozando mis paredes internas. Empezó a bombear, lento primero, luego rápido, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi clítoris.

Yo dirigía con mis gemidos: "¡Más duro, Rodrigo! ¡Sí, ahí!". Él obedecía, gruñendo, sudor goteando en mi espalda, manos apretando mis caderas. El orgasmo me agarró como un rayo, cuerpo convulsionando, coño apretándolo como puño, grito ahogado en la almohada. Él siguió, prolongando mi placer, hasta que se tensó, "Me vengo, Ana", y explotó adentro, chorros calientes llenándome, su peso cayendo sobre mí en aftershocks temblorosos.

Acto tres: el afterglow. Nos quedamos así, enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su semen resbalando por mis muslos, mezcla pegajosa y cálida. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eres increíble, directora", susurró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, exhausta, satisfecha, el cuerpo pesado de placer. La lluvia amainaba afuera, dejando un aroma a tierra mojada que entraba por la ventana entreabierta.

Esto no fue solo sexo, fue una escena maestra. Él me dirigió esta noche, pero mañana vuelvo a tomar el control. O tal vez no. Diario de una pasión director: aquí mando yo, pero qué chido dejarme llevar.

Ahora, en mi depa, con el cuerpo aún vibrando, escribo esto sabiendo que habrá más. El rodaje sigue dos semanas, y cada día será un nuevo capítulo. Siento su olor en mi piel, el fantasma de sus manos. Mañana en el set, miradas cómplices, roces disimulados. Esta pasión me consume, pero qué viva. Soy Ana, directora de cine y de mis deseos, y por primera vez, no quiero cortar la toma.

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