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Elenco de Telenovela Pasion al Desnudo

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Elenco de Telenovela Pasion al Desnudo

Yo era Ana López, la nueva galana del elenco de telenovela Pasion, esa producción que tenía a todo México pegado a la tele con sus dramas de amor y venganza en las playas de Acapulco. Llegué al set esa mañana con el sol quemando la arena y el olor a salitre pegado en el aire. El director gritaba órdenes mientras el equipo armaba las luces, y ahí estaba él, Javier Ruiz, el galán principal, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, bronceado como un dios azteca. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el viento del mar me hubiera lamido las piernas.

Qué chulo está este pendejo, pensé, mordiéndome el labio mientras ajustaba mi vestido floreado que se pegaba a mis curvas por la humedad. Javier se acercó con esa sonrisa de comercial de cerveza, extendiendo la mano. Encantado, Ana. He visto tus escenas de prueba. Vas a prender fuego a esta novela, dijo con voz ronca, su aliento cálido rozando mi oreja. Su palma era áspera, de tanto manejar motos en las escenas de acción, y apreté un poco más de lo necesario antes de soltarla.

El primer día de grabación fue puro fuego contenido. Teníamos una escena de celos en la playa: yo gritando que él me había traicionado con la villana, él jalándome del brazo hacia la choza de palmeras. ¡No me toques, cabrón!, improvisé, pero mi voz salió temblorosa porque su mano en mi cintura era demasiado real, sus dedos hundiéndose en mi carne suave. El director gritó ¡Corte!, y Javier no me soltó de inmediato. Perdón, mi reina, se me fue la mano, murmuró, su mirada bajando a mis pechos que subían y bajaban con la respiración agitada. Olía a sudor masculino mezclado con loción de coco, y mis bragas se humedecieron solo con eso.

¿Por qué carajos me afecta tanto? Es solo un actor, como yo. Pero su cuerpo... ay, Dios, esas abdominales marcadas bajo la camisa.

Durante el almuerzo, nos sentamos en la sombra de una palmera, comiendo tacos de mariscos con limón y salsa picante que ardía en la lengua como mi deseo. Hablamos de la elenco de telenovela Pasion, de cómo todos éramos una familia loca: la protagonista eterna que coqueteaba con el productor, el galán secundario que fumaba como chimenea. Javier me contó anécdotas, riendo con esa carcajada grave que vibraba en mi pecho. Tú eres diferente, Ana. Tienes fuego en los ojos. Como si de verdad sintieras cada beso en las escenas. Le guiñé un ojo. ¿Y si te digo que sí lo siento? Especialmente con tipos como tú. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, y el roce envió chispas por mi espina dorsal.

La tensión creció en las semanas siguientes. Cada toma íntima era una tortura deliciosa. En una escena de reconciliación, tenía que besarlo bajo la luna falsa de los reflectores. Sus labios carnosos presionaron los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y sal. Gemí bajito, y él respondió apretándome contra su erección dura como piedra. ¡Corte! ¡Muy intenso, pero genial!, aplaudió el director. Javier se apartó, jadeando, su pupila dilatada. Lo siento, nena. No pude contenerme. Yo solo sonreí, lamiéndome los labios. Yo tampoco quiero que lo hagas.

Una noche, después de un día eterno de grabaciones, el equipo se fue de fiesta a un bar en la Costera. Bebimos tequilas con sal y limón, bailamos cumbia pegaditos, sus caderas moviéndose contra mi culo en la pista abarrotada. El sudor nos unía, su camisa pegada mostrando cada músculo. Vámonos de aquí, me susurró al oído, su mano en mi nuca enviando escalofríos. Asentí, el corazón latiéndome como tambor de mariachi.

Llegamos a su suite en el hotel frente al mar, el aire acondicionado zumbando suave contra el rugido de las olas. Me empujó contra la puerta apenas entramos, besándome con hambre, sus manos arrancando mi blusa. Eres una diosa, Ana. Desde que te vi, te quiero toda para mí, gruñó, mordisqueando mi cuello. Su piel olía a mar y hombre, cálida y salada al lamerla. Le quité la camisa, mis uñas arañando su espalda mientras bajaba los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre.

¡Qué chingona está! La quiero en mi boca ya.

Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Javier jadeó, enredando sus dedos en mi cabello negro. Así, mi amor, chúpamela rico. La tragué profunda, mi garganta relajándose para tomarlo todo, el sonido obsceno de succión llenando la habitación. Él gemía, ¡Puta madre, qué buena boca tienes!, empujando suave. Me empapé entera, mis jugos chorreando por los muslos.

Me levantó como pluma, tirándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda. Me desnudó lento, besando cada centímetro: pezones duros como piedras bajo su lengua áspera, vientre temblando, hasta mi coño depilado y brillante. Mírate, tan mojada por mí, dijo, separando mis labios con los dedos. Metió dos adentro, curvándolos contra mi punto G, mientras lamía mi clítoris hinchado. Grité, arqueándome, el placer como olas rompiendo. ¡Javier, no pares, cabrón! ¡Me vengo!. Explosé en su boca, mis paredes contrayéndose, squirt salpicando su barbilla.

Él subió, posicionando su pija en mi entrada resbalosa. Dime que la quieres, exigió, frotándola contra mí. Sí, métemela toda, amor. Fóllame duro. Empujó de un golpe, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome delicioso. Gruñimos juntos, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. Me folló como animal, profundo y rápido, mis tetas rebotando. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis caderas girando mientras él pellizcaba mis pezones. ¡Qué nalgas tan ricas! Muévete así, reina. Sudábamos, el cuarto oliendo a sexo puro, almizcle y placer.

Lo volteé a perrito, él agarrando mis caderas, embistiéndome brutal. ¡Te voy a llenar, Ana!. Sentí sus contracciones, su leche caliente inundándome mientras yo me corría otra vez, gritando su nombre al mar invisible. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves, lenguas perezosas.

Despertamos enredados al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, pintando su piel dorada. Esto no fue solo una noche, ¿verdad?, murmuró, acariciando mi mejilla. Sonreí, besando su pecho. En el elenco de telenovela Pasion, todo es pasión. Y la nuestra apenas empieza. Nos duchamos juntos, jabón resbalando por cuerpos marcados por la noche, riendo como pendejos enamorados. Salimos al balcón, café humeante en mano, mirando el Pacífico infinito.

En el set esa semana, nuestras miradas se cruzaban cargadas de secreto. Cada beso en cámara era promesa de más. El director notó la química. ¡Esto es oro puro!. Pero sabíamos la verdad: no era actuación. Era nosotros, crudos y reales, enredados en la telaraña sensual del elenco.

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