Pasion Fresera en la Piel
El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Polanco, pero el aire estaba perfumado con el dulzor de las frutas frescas. Sofia acomodaba su puesto de fresas, esas rojas y jugosas que venían directo de Irapuato, relucientes como besos prohibidos. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a su piel morena por el calor, y cada vez que se inclinaba, sentía las miradas de los transeúntes. Neta, estos weyes no disimulan, pensó con una sonrisa pícara.
Entonces lo vio. Diego, alto, con esa camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos fuertes, ojos cafés intensos y una sonrisa que prometía travesuras. Se acercó al puesto, oliendo a colonia fresca y algo más, como a mar y aventura.
—Órale, qué fresas tan chidas —dijo él, con voz grave que le erizó la piel—. ¿Cuál es tu secreto para que se vean tan... apetitosas?
Sofia lo miró de arriba abajo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Este pendejo sabe coquetear, se dijo. Le tendió una fresa grande, jugosa, y rozó sus dedos a propósito.
—Prueba una, guapo. Es pasion fresera pura, de la que te hace sudar.
Él mordió, el jugo rojo chorreando por su barbilla. Sus ojos se clavaron en los de ella, y el mundo se redujo a ese momento. El ruido del mercado —gritos de vendedores, claxon lejanos, risas— se volvió un zumbido distante. Solo existía el pulso acelerado de Sofia, el sabor dulce que imaginaba en su boca.
—Deliciosa —murmuró Diego, lamiéndose los labios—. Pero creo que sabe mejor si la comparte alguien como tú.
Intercambiaron números entre risas y miradas cargadas. Esa noche, Sofia no podía dejar de pensar en él. Se duchó con agua tibia que resbalaba por su cuerpo, imaginando sus manos en lugar del jabón.
¿Qué carajos, Sofia? Es un desconocido. Pero neta, esa química...Se puso un shortcito ajustado y una blusa escotada, lista para lo que viniera.
Diego llegó puntual a su departamento en la Condesa, con una botella de mezcal y una canasta de fresas. El aire olía a jazmín del balcón y a la promesa de la noche. Entraron, y el roce accidental de sus brazos fue como una chispa.
—Traje más pasion fresera —dijo él, sacando las frutas—. Para que veamos qué tan caliente se pone.
Se sentaron en el sofá, el mezcal bajando suave por sus gargantas, calentando el vientre. Hablaron de todo: de la vida en la ciudad, de sueños locos, de cómo las fresas le recordaban a la infancia en la playa de Puerto Vallarta. Pero las palabras se volvieron susurros, las miradas se volvieron toques. La mano de Diego en su rodilla, subiendo despacio, enviando ondas de calor por su piel.
Sofia sintió su aliento en el cuello, cálido y mentolado. Ya valió, esto va en serio. Lo besó primero, con hambre, saboreando el mezcal en su lengua. Sus labios eran firmes, su barba raspando deliciosamente su barbilla. Se separaron jadeantes, y Diego tomó una fresa, la pasó por sus labios hinchados.
—Déjame mostrarte la verdadera pasion fresera —susurró ella, quitándole la camisa con dedos temblorosos.
El middle de la noche se encendió. Estaban en la cama king size, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo sus cuerpos. Diego trazó un camino de fresas por el vientre de Sofia, el jugo frío contrastando con su piel ardiente. Cada gota roja era un beso que lamía despacio, su lengua experta explorando ombligo, costillas, hasta los pechos turgentes. Sofia arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ronco como un secreto compartido.
—¡Ay, wey, qué rico! —jadeó ella, hundiendo las uñas en su espalda musculosa.
El olor a fresa madura se mezclaba con el almizcle de sus sexos, embriagador, pegajoso. Sofia lo volteó, montándose a horcajadas, frotando su humedad contra su erección dura como piedra. Tomó una fresa y la aplastó en su pecho, lamiendo el jugo que corría por sus pectorales, saboreando sal y dulzor. Diego gruñó, manos en sus caderas, guiándola en un ritmo lento, tortuoso.
Internamente, Sofia luchaba con el torbellino:
Esto es puro fuego, pero ¿y si es solo una noche? Neta, no quiero pensar, solo sentir.Él la besó profundo, lenguas danzando, mientras sus dedos encontraban su clítoris hinchado, frotando en círculos que la hacían ver estrellas. El placer subía en oleadas, tenso, insoportable.
—Te quiero dentro —suplicó ella, voz quebrada.
Diego la penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. El estiramiento era exquisito, su calor envolviéndola. Se movieron juntos, primero suave, piel contra piel resbaladiza de jugo y sudor, luego feroz, camas chirriando, gemidos altos. El slap-slap de carne contra carne, el squelch húmedo, el aroma espeso de sexo y fresas. Sofia cabalgaba, pechos rebotando, uñas marcando su pecho. Él la volteó, embistiéndola desde atrás, mano en su cabello, mordisqueando su hombro.
La tensión crecía, coiling como una serpiente en su bajo vientre. Más fuerte, cabrón, pensó ella, empujando contra él. Diego aceleró, gruñendo su nombre, Sofia, mi fresera caliente. El orgasmo la golpeó como un trueno, ondas convulsivas sacudiéndola, chillidos ahogados en la almohada. Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, pulsos calientes llenándola.
Colapsaron, entrelazados, piel pegajosa, corazones galopando al unísono. El aire olía a pasión gastada, fresas aplastadas en las sábanas. Diego la besó la frente, suave, tierno.
—Esa fue la mejor pasion fresera de mi vida —murmuró él.
Sofia sonrió, trazando círculos en su pecho.
Quizá no sea solo una noche. Neta, esto se siente real.Se durmieron así, envueltos en el afterglow, con el amanecer tiñendo las cortinas de rosa, como las fresas que habían devorado.
Al día siguiente, en el mercado, Sofia acomodaba nuevas bandejas, pero ahora con una sonrisa secreta. Diego apareció, con café en mano.
—¿Lista para más pasion fresera? —preguntó, guiñando.
Ella rio, tirando de su camisa. La vida, pensó, sabe a fresa y a promesas.