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La Pasion Carnal de Ser Empresario Miguel Angel Cornejo

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La Pasion Carnal de Ser Empresario Miguel Angel Cornejo

Me llamo Ana, y en el corazón de Polanco, donde los rascacielos besan el cielo de la Ciudad de México, mi vida dio un vuelco que ni en mis sueños más calientes imaginé. Tenía treinta años, mi tiendita de ropa artesanal apenas sobrevivía entre la competencia feroz, y yo andaba con el alma hecha trizas, pensando que ser empresaria era puro pedo y sudor. Hasta que un carnal me recomendó el seminario de Miguel Ángel Cornejo: La Pasion de Ser Empresario. "Eso te va a prender el motor, güeyita", me dijo. Y vaya si prendió algo más.

Llegué al hotel Camino Real con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. El auditorio bullía de emprendedores con trajes caros y miradas hambrientas. El olor a café recién molido y perfume caro flotaba en el aire, mezclado con el leve aroma a tabaco de los que fumaban afuera. Me senté en la tercera fila, mi blusa blanca pegadita al cuerpo por el calor del DF, y mis jeans ajustados marcando curvas que ya no volteaban tanto. Entonces entró él: Miguel Ángel Cornejo, alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de lobo exitoso, ojos negros que perforaban almas y una voz grave que retumbaba como trueno en tormenta de mayo.

"La pasion de ser empresario no es solo negocio, es fuego en las venas, es follarte al mundo con ideas que lo hagan gemir", soltó desde el podio, y el público aplaudió como locos. Yo sentí un cosquilleo entre las piernas, como si sus palabras me rozaran la piel. Me miró directo, o eso creí, y mi pulso se aceleró. Sudaba, no solo por el aire acondicionado flojo, sino porque su presencia era magnética, un imán que jalaba mi deseo dormido. Al final del seminario, cuando todos se arremolinaban por autógrafos, yo me quedé atrás, mordiéndome el labio, debatiendo si acercarme como pendeja soñadora.

¿Y si le hablo? ¿Y si me ve como una chamaca más? No mames, Ana, tú eres empresaria, la pasion de ser empresario corre por tu sangre ahora. Ve por él.

Me armé de valor y esperé hasta que la multitud se disipó. Él recogía papeles, su camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, venas marcadas como ríos en mapa. "Disculpe, señor Cornejo, su plática me voló la cabeza. Yo tengo un negociecito y...". Me interrumpió con una sonrisa que iluminó la sala: "Llámame Miguel, preciosa. ¿Cómo te llamas tú, guerrera?". Su voz era terciopelo raspado, y su colonia, un olor a madera y especias, me envolvió como abrazo caliente. Charlamos quince minutos que parecieron horas: de mis telas huicholes, de sus imperios construidos con puro huevos. "La pasión es el lubricante del éxito", me dijo guiñando, y juré que su mano rozó mi cintura accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

Acto seguido, me invitó a un trago en el lobby bar. "¿Por qué no? Para celebrar la pasion de ser empresario", acepté, el corazón martilleándome. Nos sentamos en una mesa apartada, luces tenues bailando en cristales de tequila reposado. El líquido ámbar bajó ardiente por mi garganta, saboreando a agave maduro y humo. Él pedía más, su rodilla tocando la mía bajo la mesa, un roce casual que no lo era. Hablábamos de fracasos que forjan, de noches en vela planeando conquistas. "Tú tienes fuego, Ana. Lo veo en tus ojos, en cómo te mueves". Su mirada bajaba a mis labios, a mi escote donde el sudor perlaba mi piel. Mi cuerpo respondía: pezones endureciéndose contra el brasier, humedad creciendo entre mis muslos como río crecido.

La tensión subía como fiebre. Su mano cubrió la mía, pulgares trazando círculos lentos, piel contra piel áspera por trabajo duro. Olía su aliento a tequila y menta, sentía el calor de su muslo presionando. "La pasion de ser empresario es como el sexo: hay que entregarse sin reservas", murmuró, y yo asentí, la voz ronca: "Enséñame más, Miguel". Me jaló suave hacia el elevador, su boca rozando mi oreja: "Vamos a mi suite, mi reina. Ahí te muestro el verdadero fuego".

En el elevador, solos, explotó la bomba. Sus labios capturaron los míos, beso hambriento, lengua invasora saboreando mi gloss de fresa. Gemí contra su boca, manos enredándose en su pelo negro, su cuerpo duro aplastándome contra la pared fría. Bajamos pisos enteros así, pulsos acelerados, el ding del elevador anunciando llegada como fanfarria. Entramos a la suite: vista al skyline de Reforma, cama king size con sábanas de mil hilos, aroma a sándalo de velas encendidas.

Me desvistió lento, como empresario evaluando inversión valiosa. Blusa cayendo, revelando senos plenos, pezones oscuros erguidos. "Qué chingonería de mujer", gruñó, lamiendo mi cuello, dientes rozando suave. Yo temblaba, piel erizada, olor a mi excitación mezclándose con su colonia. Le arranqué la camisa, dedos explorando pecho velludo, abdominales marcados por disciplina. "Miguel, cabrón, me tienes loca", jadeé, mordiendo su labio inferior.

Caímos en la cama, cuerpos enredados. Sus manos masajeaban mis nalgas, apretando carne suave, mientras yo bajaba a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como motor encendido. La tomé en boca, saboreando piel salada, pre-semen perlado, gimiendo con cada chupada profunda. Él rugía: "Sí, Ana, trágatela toda, emprendedora pinche caliente". Lengua girando en glande, bolas pesadas en mi palma, el sonido húmedo de mamada resonando.

Esto es la pasion de ser empresario: dominar, conquistar, follar con alma y cuerpo. Miguel me enseña el camino, y yo lo monto como jefa.

Me volteó, boca en mi panocha depilada, lengua hurgando clítoris hinchado, dedos curvados tocando punto G. Gemí alto, caderas arqueándose, jugos chorreando en su barba. "¡No mames, qué rico chupas, Miguel!", chillé, orgasmos mini estallando como fuegos artificiales en el Zócalo. Luego, él encima, verga empujando lento mi entrada húmeda, estirándome delicioso. Entró centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo, paredes vaginales apretándolo como guante.

Follamos con furia emprendedora: él embistiendo profundo, yo clavando uñas en su espalda, sudores mezclándose, slap-slap de pelvis chocando, olores a sexo crudo impregnando aire. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgando como amazona, senos rebotando, manos en su pecho. "¡Dame todo, Miguel! ¡Esta es mi pasión!", grité, clítoris frotando su pubis. Él desde abajo, pellizcando pezones, gruñendo mexicano: "¡Puro desmadre rico, Ana, eres mi mejor inversión!".

La intensidad creció: perrito, él jalando mi pelo, nalgadas suaves que ardían placentero, yo empujando contra su verga. Sentía cada vena pulsando, bolas golpeando mi clítoris, placer acumulándose como tormenta. "¡Me vengo, cabrón!", anuncié, y exploté: contracciones vaginales ordeñándolo, jugos salpicando sábanas. Él siguió, embistes salvajes, hasta rugir mi nombre y llenarme de semen caliente, chorros espesos pintando mis paredes internas.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos en afterglow. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besos suaves, caricias perezosas. "Ana, tú ya tienes la pasion de ser empresario. Úsala en todo: negocios, cama, vida". Reí bajito, oliendo nuestro sexo mezclado con tequila residual. Salí de ahí renovada, no solo empresaria, sino mujer dueña de su fuego. Miguel Ángel Cornejo me dio más que una plática: me dio alas, verga y pasión eterna.

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