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Pasión Cap 28

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Pasión Cap 28

Ana sintió el calor pegajoso del atardecer en Puerto Vallarta envolviéndola como un abrazo húmedo mientras caminaba por la playa. El sol se hundía en el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas suaves. El olor a salitre y mariscos asados flotaba en el aire, mezclado con el aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las palapas de los restaurantes. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas con la brisa, y cada paso hacía que sus sandalias crujieran en la arena tibia.

Órale, ¿por qué carajos estoy tan nerviosa? pensó, mientras su pulso se aceleraba. Hacía semanas que no veía a Marco, su amor intermitente, ese pendejo encantador que la volvía loca con solo una mirada. Habían quedado en el hotel boutique donde él se hospedaba, un lugar chido con vistas al mar y habitaciones que olían a sándalo y vainilla. Esta noche sería especial, lo sabía. En su mente, ya era Pasión Cap 28, como si su historia fuera una novela erótica que no terminaba de acabarse.

Lo vio de pie en la terraza del lobby, con una camisa guayabera blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés la devoraron al instante, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro moreno. "¡Mamacita!", exclamó, abriendo los brazos. Ana se lanzó hacia él, sintiendo sus manos fuertes rodear su cintura, el calor de su cuerpo contra el suyo. Olía a colonia fresca y a tequila reposado, ese aroma que siempre la hacía salivar.

"Neta que te extrañé, wey", murmuró él contra su oreja, su aliento cálido erizándole la piel. Ella rio bajito, presionando sus pechos contra él, notando cómo su verga ya empezaba a endurecerse bajo los pantalones. "Yo más, cabrón. ¿Vamos a cenar o qué?"

La cena en el restaurante del hotel fue un juego de miradas y roces sutiles. El mesero les sirvió ceviche fresco, con limón que picaba en la lengua y camarones jugosos que Ana chupaba despacio, mirándolo fijo. Marco gemía fingidamente con cada bocado de su taco de marlin, sus pies descalzos rozando las pantorrillas de ella bajo la mesa. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos, mezclado con el jazz suave de fondo, creaba una burbuja íntima.

"Esta noche te voy a chingar hasta que grites mi nombre",
le susurró al oído, y Ana sintió un cosquilleo húmedo entre las piernas, su clítoris palpitando de anticipación.

Subieron a la habitación en el elevador, solos por fin. Apenas se cerraron las puertas, Marco la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios eran suaves pero exigentes, la lengua invadiendo su boca con sabor a tequila y menta. Ana jadeó, enredando los dedos en su cabello negro y ondulado, tirando suave para que él gruñera. Sus manos bajaron a sus nalgas, amasándolas con fuerza, levantándola un poco para que sintiera su erección dura como piedra contra su monte de Venus.

"Qué rico se siente esto", pensó Ana, mientras él le mordisqueaba el cuello, dejando rastros húmedos que se enfriaban al instante con el aire acondicionado. Entraron tambaleándose a la suite, iluminada solo por las luces tenues del balcón abierto al mar. El viento traía el rumor constante de las olas, y el aroma salino se colaba por las cortinas de gasa.

Marco la tumbó en la cama king size, con sábanas de hilo egipcio que crujieron bajo su peso. Se quitó la camisa de un tirón, revelando su torso musculoso, marcado por horas en el gym y el sol mexicano. Ana se lamió los labios, extendiendo las manos para tocarlo. Su piel era cálida, suave como terciopelo sobre acero, y olía a sudor limpio y deseo. "Quítate el vestido, mi reina", ordenó con voz ronca, y ella obedeció despacio, arqueando la espalda para que la tela resbalara, dejando al descubierto sus senos llenos, pezones oscuros ya erectos por la brisa.

Él se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando su ombligo, bajando por el vientre plano hasta el encaje negro de sus panties. Ana temblaba, el corazón latiéndole en los oídos como tambores.

"Sí, así, no pares",
suplicó en su mente, mientras él lamía la tela húmeda, aspirando su aroma almizclado de excitación. Con dientes, arrancó las panties, exponiendo su coño depilado, labios hinchados y brillantes de jugos. Su lengua caliente la tocó primero en el clítoris, un latigazo eléctrico que la hizo arquearse y gemir alto: "¡Chíngame con la boca, wey!"

Marco devoraba con maestría, chupando y lamiendo, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba justo en su punto G. El sonido obsceno de su succión llenaba la habitación, mezclado con los jadeos de Ana y el chapoteo húmedo. Ella olía su propia esencia, salada y dulce, y el sabor en su boca imaginado la volvía más loca. Sus caderas se movían solas, follando su cara, mientras el orgasmo se acumulaba como una ola gigante. Esto es Pasión Cap 28, la mejor hasta ahora, pensó fugazmente, recordando sus noches pasadas como capítulos de una saga interminable.

Pero él no la dejó correrse aún. Se levantó, quitándose los pantalones, su verga saltando libre: gruesa, venosa, con la cabeza roja y goteante de precum. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente bajo la piel sedosa, y se la metió a la boca con avidez. "¡Qué mamada tan chida!", gruñó Marco, cogiéndole la cabeza suave. Ella succionaba profundo, la garganta relajada por práctica, saboreando el precum salado y su olor masculino embriagador. Las bolas pesadas le golpeaban la barbilla, y el vello púbico le hacía cosquillas en la nariz.

La tensión crecía, un nudo ardiente en el vientre de ambos. Marco la volteó boca abajo, poniéndole una almohada bajo las caderas para elevar su culo redondo. "Voy a entrar despacio, corazón", prometió, y ella asintió, mordiendo la sábana. La punta de su verga rozó su entrada empapada, deslizándose adentro centímetro a centímetro. Ana sintió el estiramiento delicioso, las venas frotando sus paredes internas, llenándola hasta el fondo. "¡Más profundo, pendejo!", exigió, empujando hacia atrás.

Él obedeció, embistiéndola con ritmo creciente: lento al principio, para que sintieran cada roce, cada contracción. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos, goteando entre sus nalgas. Ana clavaba las uñas en las sábanas, el placer rayando su mente.

"Te amo así, salvaje y mío",
pensó, mientras él le azotaba una nalga juguetón, el escozor avivando el fuego. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando, clítoris frotándose en su pubis. Marco la pellizcaba los pezones, tirando suave, y ella gritaba: "¡Sí, simón, así! ¡Córrete conmigo!"

El clímax llegó como un tsunami. Ana se tensó, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, chorros de squirt mojando sus muslos. Marco rugió, llenándola con jetas calientes de semen, su cuerpo convulsionando. Colapsaron juntos, jadeantes, el aire cargado de olor a sexo crudo: sudor, semen, jugos mezclados. El mar seguía susurrando afuera, testigo de su éxtasis.

En el afterglow, Marco la abrazó por detrás, su verga semi-dura aún dentro, besándole la nuca. "Esta fue la Pasión Cap 28 más cabrona", murmuró risueño. Ana sonrió, girando para besarlo lento, saboreando el salado en sus labios. ¿Y la 29? Que venga pronto, pensó, mientras el sueño los envolvía en paz, con el corazón latiendo al unísono y el mar como banda sonora eterna.

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