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Motel Fleming Pasión

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Motel Fleming Pasión

El neón parpadeante del Motel Fleming Pasión cortaba la noche húmeda de la Ciudad de México como un beso robado. Tú, Ana, estacionas tu vochito viejo frente a la recepción, el corazón latiéndote como tambor en fiesta de pueblo. El aire huele a lluvia reciente mezclada con el aroma dulzón de las bugambilias que trepan por la barda. Has venido aquí por él, por Javier, ese carnal que te enciende la piel con solo una mirada. No es la primera vez, pero cada encuentro en este motel se siente como el primero, puro fuego.

¿Habitación con jacuzzi, mi reina? —te pregunta el recepcionista, un tipo regordete con bigote espeso y sonrisa pícara.

—Sí, wey, la de siempre —respondes, sintiendo el calor subirte por las mejillas. Pagas en efectivo, como siempre, para que no quede rastro. El cuarto 69, qué chingón, piensas mientras tomas la llave. Subes las escaleras crujientes, el sonido de tus tacones resonando como un secreto compartido. La puerta se abre con un clic suave, y entras. La habitación es puro vicio: cama king size con sábanas satín rojo, espejo en el techo, luces tenues que pintan todo de rosado. El jacuzzi burbujea en la esquina, invitándote.

Te quitas los jeans ajustados, sintiendo la tela rozar tus muslos suaves. Quedas en tanga negra y bra de encaje, el espejo reflejando tu silueta curvilínea, pechos firmes que suben y bajan con tu respiración agitada.

¿Y si no viene? ¿Y si me deja plantada como pendeja?
Sacudes la cabeza. Neta, Javier siempre llega. Su mensajito de hace rato: "Ya voy, mi amor. Prepárate pa' lo que te va a caer."

La puerta se abre de golpe. Ahí está él, alto, moreno, con esa playera negra pegada a sus pectorales duros por horas en el gym. Sus ojos te devoran, oscuros como pozole en olla de barro.

¡Mira nada más qué mamacita! Me traes loco, Ana. —Su voz grave te eriza la piel. Cierra la puerta y te acorrala contra la pared, su cuerpo grande presionando el tuyo. Huele a colonia barata y a hombre sudado, ese olor que te hace mojar al instante.

Sus labios capturan los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando como en baile de cumbia. Saben a chicle de menta y a promesas calientes. Tus manos se enredan en su cabello corto, tirando suave mientras él muerde tu labio inferior. ¡Ay, cabrón, qué rico!

Acto uno del deseo: exploración. Javier te carga como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo por la cintura. Te deja en la cama, el colchón hundiéndose bajo tu peso. Se quita la playera, revelando tatuajes que serpentean por su pecho, un águila chillando sobre su abdomen marcado. Tú lo miras, lamiéndote los labios, el pulso acelerado en tus sienes.

Quítate todo, mi reina. Quiero verte entera. —Obedeces, arqueando la espalda para desabrochar el bra. Tus pezones se endurecen al aire fresco, rosados y ansiosos. La tanga vuela por la habitación. Desnuda, sientes el roce de las sábanas frías contra tu piel caliente, un contraste que te hace gemir bajito.

Él se arrodilla entre tus piernas, besando tu ombligo, bajando lento. Su aliento cálido roza tu monte de Venus, enviando chispas por tu espina.

Esto es lo que necesitaba, neta. Olvidarme del pinche trabajo, de la routine con el viejo en casa.
Javier no es tu esposo; es tu escape, tu pasión salvaje. Sus dedos abren tus pliegues húmedos, el sonido húmedo de tu excitación llenando el cuarto.

Estás chorreando, Ana. Todo por mí. —Introduce un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace arquearte. Gimes, agarrando las sábanas, el olor a sexo empezando a impregnar el aire. Él lame tu clítoris, lengua experta girando, succionando. Saboreas tu propia sal en su boca cuando te besa después, un beso profundo y pecaminoso.

La tensión sube como el volcán en erupción. Quieres más, lo necesitas dentro. Lo empujas hacia atrás, montándolo como amazona. Su verga dura, gruesa, palpita contra tu entrada. La frotas contra ti, lubricándote, el glande brillando con tus jugos. ¡Qué chingona se siente!

Te hundes en él despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso te arranca un grito. Él gime ronco, manos en tus caderas guiándote. Empiezas a moverte, subiendo y bajando, pechos rebotando. El espejo en el techo muestra el espectáculo: tú cabalgándolo, sudor perlando tu piel, su rostro de puro éxtasis.

¡Más rápido, mi amor! ¡Dame todo! —te ruega. Aceleras, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con vuestros jadeos. Sientes su pulso dentro, latiendo con el tuyo. Tus uñas marcan su pecho, él pellizca tus pezones, tirando suave. El jacuzzi burbujea olvidado, pero el calor es en ti, building up como tormenta.

Inner struggle:

Esto es malo, ¿no? Pero se siente tan bien. Javier me hace mujer de verdad, no la ama de casa aburrida.
Él lo nota, te voltea de repente, poniéndote a cuatro patas. Entra de nuevo, profundo, golpeando ese ángulo perfecto. Sus bolas chocan contra tu clítoris, enviando ondas de placer. Te agarras del cabecero, gritando su nombre.

¡Javier, cabrón, no pares! ¡Me vengo! —El orgasmo te golpea como camión, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por tus muslos. Él gruñe, embistiendo salvaje, y explota dentro, caliente, llenándote. Colapsan juntos, sudorosos, entrelazados.

Afterglow: respiraciones calmándose, el cuarto oliendo a sexo y satisfacción. Javier te besa la nuca, suave ahora.

Eres lo máximo, Ana. No sé qué haría sin estas noches en el Motel Fleming Pasión.

Tú sonríes, trazando sus tatuajes con el dedo.

Esto no es para siempre, pero mientras dure, que arda.
Se levantan, entran al jacuzzi. El agua caliente burbujea alrededor de vuestros cuerpos laxos, burbujas masajeando músculos cansados. Beben chelas frías de la hielera, riendo de tonterías, planeando la próxima.

Al amanecer, sales del motel, el sol tiñendo el cielo de rosa. El Motel Fleming Pasión queda atrás, pero el fuego en tu vientre perdura. Conduces a casa, piel aún sensible, recordando cada roce, cada gemido. Vale la pena cada riesgo, neta.

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