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Que Son Las Pasiones Carnales

6458 palabras

Que Son Las Pasiones Carnales

En el corazón de la Ciudad de México, donde el pulso de la noche late como un tambor ancestral, conocí a Javier. Era una de esas fiestas en Polanco, con luces tenues que bailaban sobre copas de mezcal ahumado y risas que se mezclaban con el aroma dulzón de jazmines flotando en el aire. Yo, Ana, una chilanga de treinta y tantos, con curvas que ya no escondía bajo blusas holgadas, lo vi recargado en la barra, su camisa negra abierta lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Sus ojos, negros como obsidiana, me atraparon desde el primer vistazo. ¿Qué son las pasiones? me pregunté en ese instante, mientras un calor traicionero subía por mi vientre.

Me acerqué con una sonrisa pícara, el tequila en mi lengua aún fresco. "Órale, güey, ¿vienes seguido a estos antros?", le dije, juguetona, sintiendo el roce de mi vestido rojo contra mis muslos. Él se giró, su mirada recorriéndome como una caricia lenta. "No tanto como quisiera, pero esta noche... parece que valió la pena", respondió con esa voz grave que vibraba en mi piel. Hablamos de todo y nada: del tráfico infernal de Insurgentes, de tacos al pastor que extrañaba en sus viajes, de cómo la vida en la capital te obliga a buscar placeres rápidos. Cada palabra era un roce invisible, su mano rozando la mía al pasarme el vaso, el olor de su colonia mezclándose con el mío, almizclado y femenino.

La tensión crecía como la humedad entre mis piernas.

¿Qué son las pasiones sino este fuego que nos quema por dentro, que nos hace olvidar el mundo?
pensé, mientras su dedo trazaba un círculo inocente en mi muñeca. Bailamos después, cuerpos pegados en la pista, su cadera presionando contra la mía al ritmo de un cumbia rebajada que retumbaba en los altavoces. Sentía su dureza contra mi vientre, dura y prometedora, y mordí mi labio para no gemir ahí mismo. "Vamos a otro lado", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a humo y deseo. Asentí, el corazón latiéndome como un tepalcate en fiestas.

Salimos a la calle, el aire fresco de la medianoche contrastando con el calor de nuestros cuerpos. Tomamos un taxi hasta su depa en la Roma, un lugar chido con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Fue un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a tequila y sal, sus manos grandes abarcando mi cintura, bajando a mis nalgas para apretarlas con fuerza. "Eres una chingona, Ana", gruñó contra mi boca, y yo reí, arañando su espalda. "Tú no te quedas atrás, pendejo".

Nos desvestimos con urgencia, pero él se tomó su tiempo para admirarme. Me recargó en la pared, sus ojos devorando mis pechos llenos, los pezones endurecidos por el aire y la anticipación. Bajó la cabeza, lamiendo uno con la lengua áspera, chupando hasta que un jadeo escapó de mi garganta. El sonido de mi propia respiración era obsceno, mezclándose con el tráfico lejano. Sus dedos encontraron mi centro, húmedo y palpitante, deslizándose entre mis labios hinchados. "Estás chorreando, preciosa", dijo, y yo arqueé la espalda, el placer como un rayo desde mi clítoris hasta la nuca.

Qué son las pasiones si no esto: piel contra piel, el olor almizclado del sexo llenando el cuarto, el gusto salado de su sudor en mi lengua. Lo empujé al sofá, queriendo devorarlo. Me arrodillé entre sus piernas, su verga erguida, gruesa y venosa, latiendo ante mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gimió, enredando los dedos en mi pelo. "Sí, así, Ana... chúpamela toda". La engullí, mi boca estirándose alrededor de su grosor, la garganta relajándose para tomarlo profundo. El sonido húmedo de succión llenaba el aire, sus caderas moviéndose instintivamente.

Pero quería más. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi concha mojada contra su polla, lubricándola con mis jugos. "Fóllame, Javier", le rogué, y él obedeció, guiándome hacia abajo. Entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Grité, el placer un borde afilado que me hacía temblar. Cabalgamos así, mis tetas rebotando con cada embestida, sus manos amasándolas, pellizcando los pezones. El sofá crujía bajo nosotros, sudor perlando nuestras pieles, el aroma de sexo crudo impregnando todo.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones; él me puso a cuatro patas en la alfombra, penetrándome desde atrás con fuerza animal. Cada golpe de sus caderas contra mis nalgas resonaba como palmadas, su verga rozando ese punto dentro de mí que me volvía loca. "¡Más duro, carnal!", exigí, y él aceleró, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como un camión en Periférico, olas de placer convulsionándome, mi concha apretándolo como un puño. Gritaba su nombre, lágrimas de éxtasis en los ojos, el mundo reduciéndose a esa fricción exquisita.

No paró. Me volteó, besándome con fiereza mientras seguía bombeando, su propio clímax acercándose. "Me vengo, Ana... ¿dónde quieres?". "Adentro, lléname", jadeé, y él rugió, derramándose en chorros calientes que inundaron mi interior. Sentí cada pulsación, el semen tibio mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, en la quietud, yacíamos en su cama, sábanas revueltas oliendo a nosotros. Su mano trazaba patrones perezosos en mi vientre, mi cabeza en su pecho escuchando el latido firme de su corazón. "Dime, ¿qué son las pasiones para ti?", le pregunté en voz baja, trazando su mandíbula con un dedo. Él sonrió, besando mi frente. "Son esto, Ana: momentos como este, donde el cuerpo habla más que las palabras, donde el deseo nos une sin cadenas". Asentí, un suspiro satisfecho escapando de mis labios. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero aquí, en este nido de piel y susurros, habíamos encontrado paz en la tormenta.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con otro beso lento, prometiendo más noches así. Salí a la calle, el cuerpo aún zumbando de placer residual, las piernas flojas recordándome cada embestida. Qué son las pasiones, pensé caminando hacia el metro, sino la esencia misma de vivir: ardientes, efímeras, pero inolvidables. Y yo, lista para más.

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