Cañaveral de Pasiones Novela
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de San Cristóbal, en las tierras fértiles de Veracruz. Ana caminaba entre las cañas altas, sintiendo el aire espeso cargado de humedad y ese olor dulzón a savia fresca que se pegaba a la piel como una promesa. Llevaba años trabajando en la hacienda familiar, pero hoy todo parecía distinto. Su corazón latía con fuerza, un tamborileo que resonaba en sus oídos por encima del zumbido de las chicharras.
—¿Qué chingados me pasa? —se dijo a sí misma, mordiéndose el labio inferior. Recordaba la mirada de Juan, el capataz nuevo, ese wey alto y moreno con ojos que brillaban como el ron añejo. La noche anterior, en la fiesta de la cosecha, él la había rozado con el brazo al pasar, y ese toque había sido como una chispa en pólvora seca. Neta, desde entonces no paraba de imaginarlo.
Las hojas de las cañas rozaban sus piernas desnudas bajo la falda ligera, un cosquilleo que le erizaba la piel. El sudor perlaba su escote, y se imaginaba las manos callosas de él secándolo con besos.
Este cañaveral de pasiones novela que vivo en mi cabeza me va a volver loca, pensó, riendo bajito para sí. Siguió avanzando hasta un claro donde el viento jugaba a esconderse, y ahí estaba él, afilando su machete contra una piedra, los músculos de sus brazos tensos y brillantes.
—Órale, Ana, ¿qué haces por acá tan solita? —dijo Juan, levantando la vista con una sonrisa pícara que le hacía un hoyuelo en la mejilla—. Este cañaveral no es lugar pa' una princesa como tú.
Ella sintió un calor subirle por el cuello, pero no se achicó. Se acercó, oliendo su aroma a tierra mojada y hombre trabajado.
—Princesa tú y tu madre —replicó juguetona, usando ese tono mexicano que siempre ponía a los hombres a suspirar—. Vine a ver si no te has perdido entre tanto verde, pendejo.
Él soltó una carcajada ronca que vibró en el aire quieto, y se puso de pie. Estaban tan cerca que Ana podía sentir el calor de su cuerpo, como un horno abierto. Sus ojos se clavaron en los de ella, y el mundo se redujo a ese instante. Sin palabras, Juan extendió la mano y le acarició la mejilla, el pulgar rozando su labio inferior. El toque fue eléctrico, un escalofrío que le recorrió la espina dorsal hasta el centro de su ser.
El deseo inicial era como una brisa tibia, pero pronto se convirtió en un vendaval. Ana se dejó llevar, presionando su cuerpo contra el de él. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulzor de la caña que masticaba a veces. Las manos de Juan bajaron por su espalda, apretándola contra su dureza creciente, y ella gimió bajito, un sonido que se perdió en el susurro de las hojas.
Esto es lo que necesitaba, carajo, pensó Ana mientras sus lenguas danzaban, explorando, probando. El cañaveral los envolvía como un manto secreto, las cañas altas protegiéndolos de miradas indiscretas. Él la levantó con facilidad, sentándola en un tocón viejo, y sus manos subieron por sus muslos, arrugando la falda hasta dejarla expuesta al aire caliente.
—Estás mojadita ya, mi reina —murmuró Juan contra su cuello, inhalando su perfume a jazmín y sudor fresco—. Neta, me vuelves loco desde que te vi.
Ana jadeó cuando sus dedos la tocaron ahí, suaves al principio, luego con más urgencia, círculos que la hacían arquearse. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con el crujir de las cañas, y el olor a tierra fértil se fundía con el almizcle de su excitación. Ella le desabrochó la camisa, arañando levemente su pecho velludo, sintiendo los latidos desbocados bajo su palma.
La tensión crecía como la savia en las cañas antes de la lluvia. Juan se arrodilló, besando su vientre, bajando hasta donde el calor era insoportable. Su lengua la lamió despacio, saboreándola como el mejor tequila, y Ana se mordió el puño para no gritar. Qué rico, wey, pensó, las caderas moviéndose solas contra su boca. Él gruñía de placer, las manos amasando sus nalgas, el roce de su barba raspando deliciosamente.
Pero querían más. Ana lo jaló arriba, desabrochándole el cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, y ella la tomó en la mano, sintiendo la seda caliente de la piel sobre la dureza de acero. La acarició, oyendo sus gemidos roncos, viendo cómo sus ojos se nublaban de lujuria.
—Métemela ya, Juan —suplicó ella, la voz ronca de necesidad—. No aguanto más.
Él no se hizo de rogar. La penetró de un solo movimiento fluido, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento perfecto, el roce profundo que tocaba todos sus nervios. Se movieron juntos, un ritmo ancestral como el viento en el cañaveral, piel contra piel chapoteando húmeda. El sudor los unía, resbaladizo y salado, y ella clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él llevaría con orgullo.
La intensidad subía, sus respiraciones sincronizadas en jadeos cortos. Juan la besaba con fiereza, mordisqueando su oreja, susurrando guarradas al oído: "Eres tan chingona, tan rica, mi amor". Ana sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte, cada embestida empujándola más cerca. El mundo se volvía borroso, solo existían sus cuerpos unidos, el slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo crudo y caña dulce.
De pronto, explotó. Ana se corrió con un alarido ahogado, las paredes internas apretándolo como un puño, olas de placer que la dejaban temblando. Juan la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, caliente y abundante. Se quedaron así, pegados, respirando entrecortados, el cañaveral testigo mudo de su unión.
Después, en el afterglow, se tumbaron sobre una manta improvisada de sus ropas. El sol filtraba rayos dorados entre las cañas, calentando sus cuerpos laxos. Juan le acariciaba el pelo, besuqueando su frente.
—Esto fue como una novela de esas que lees a escondidas, ¿no? —dijo él, riendo suave.
Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo saciado.
—Sí, un cañaveral de pasiones novela que no quiero que termine —susurró, acurrucándose contra su pecho. El viento traía el aroma de la tierra satisfecha, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió completa. Sabía que volverían, que este secreto los uniría más allá de la cosecha.
El sol bajaba lento, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, y en ese rincón del mundo, su historia apenas comenzaba.