El Color de la Pasión Capítulo 6
El sol de la tarde teñía de rojo pasión las colinas de Valle de Bravo, mientras Ana bajaba del auto rentado con el corazón latiéndole como tambor en fiesta. Hacía semanas que no veía a Javier, ese chulo moreno de ojos negros que la volvía loca con solo una mirada. Su finca, un paraíso de jardines exuberantes y piscinas infinitas, olía a jazmín fresco y tierra húmeda después de la lluvia. Ana ajustó su vestido ligero de algodón mexicano, ese que se pegaba a sus curvas como una promesa, y respiró hondo. Neta, carnal, esta vez no me resisto, pensó, mientras el aire cálido le erizaba la piel.
Javier salió a recibirla en la terraza, descalzo, con una camisa blanca entreabierta que dejaba ver su pecho torneado por horas en el gimnasio.
¡Órale, nena! ¿Ya extrañaste esto?dijo con esa sonrisa pícara, abriendo los brazos. Ana se lanzó a él, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, el olor a colonia masculina mezclada con sudor limpio que le nublaba la razón. Sus labios se rozaron en un beso casto al principio, pero pronto se volvió hambriento, lenguas danzando como en un baile de salsa prohibido. El color de la pasión capítulo 6, se le cruzó por la mente a Ana, como si su vida fuera una novela erótica que ella misma escribía en secreto.
La llevó adentro, a la sala con ventanales que daban al lago. El viento traía el sonido lejano de las olas chocando, un ritmo que aceleraba su pulso. Se sentaron en el sofá de cuero suave, tan cerca que sus muslos se tocaban, enviando chispas eléctricas. Javier le sirvió un tequila reposado en vasos de cristal tallado, el líquido ámbar brillando como sus ojos.
Cuéntame, ¿qué has hecho sin mí, preciosa?preguntó, su voz grave rozándole la oreja. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, el deseo creciendo como fuego lento.
Acto primero: la chispa. Hablaron de todo y nada, de la ciudad caótica que dejaban atrás, de antojos por tacos al pastor y noches de insomnio pensando el uno en el otro. Pero la tensión era palpable, como el aire antes de la tormenta. Sus manos se rozaban accidentalmente, dedos entrelazándose por segundos eternos. Ana notó cómo la polla de Javier se endurecía bajo los pantalones, presionando contra su pierna, y un calor húmedo se acumuló entre sus propias piernas. Qué pendejo soy por esperar tanto, pensó él, pero Javier era paciente, un verdadero macho mexicano que sabía saborear el momento.
La llevó a la piscina, donde el agua turquesa invitaba al pecado.
Quítate eso, mamacita, déjame verte, murmuró, quitándose él la camisa con un movimiento fluido. Ana se desvistió despacio, sintiendo sus ojos devorarla: pechos firmes con pezones oscuros endurecidos por la brisa, caderas anchas que ondulaban al ritmo de su excitación, el triángulo negro de vello recortado brillando con la primera humedad. Se metieron al agua tibia, salpicando risas, pero pronto los cuerpos se pegaron, piel resbaladiza contra piel.
Sus bocas se encontraron de nuevo, besos profundos con sabor a tequila y sal. Javier la acunó contra la pared de la piscina, sus manos grandes explorando su espalda, bajando a apretar sus nalgas redondas. Ana gimió bajito, el sonido ahogado por el agua, mientras su verga dura se frotaba contra su vientre suave. Esto es el paraíso, wey, pensó ella, arqueando la espalda para que sus pezones rozaran su pecho velludo. El olor a cloro mezclado con su aroma natural, almizclado, la mareaba de placer.
Acto segundo: la llama aviva. Salieron empapados, gotas resbalando por sus cuerpos como lágrimas de deseo. Javier la envolvió en una toalla enorme, secándola con besos: cuello, clavículas, senos. Ana jadeaba, sus uñas clavándose en sus hombros anchos.
Te quiero tanto, Ana... neta, me tienes loco, confesó él, voz ronca. Ella lo empujó al sofá, montándose a horcajadas, sintiendo la rigidez de su verga a través de la tela mojada. Lo besó con furia, mordisqueando su labio inferior, mientras sus caderas giraban en círculos lentos, torturándolo.
Le bajó los pantalones, liberando esa verga gruesa y venosa que tanto adoraba, palpitante y lista. La tomó en su mano, acariciándola de la base a la punta, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Javier gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho. Chúpamela, reina, suplicó, y Ana obedeció, arrodillándose. Su boca caliente la envolvió, lengua girando alrededor del glande salado, saboreando el pre-semen que brotaba como néctar. Él enredó los dedos en su cabello negro húmedo, guiándola sin forzar, gimiendo ¡qué chido, pinche diosa!.
Pero Ana quería más. Se levantó, empujándolo de espaldas, y se sentó sobre él despacio, guiando su verga hacia su entrada empapada. El primer roce fue eléctrico: él abriéndose paso en su chochita apretada, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande estás! exclamó ella, comenzando a cabalgar, pechos rebotando al ritmo. Javier la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo, el sonido de carne contra carne mezclándose con sus jadeos y el chapoteo lejano de la piscina.
La tensión crecía, interna y externa. Ana sentía el orgasmo aproximándose como una ola gigante, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él.
Ven conmigo, amor... déjate ir, la urgió él, frotando su clítoris hinchado con el pulgar. Dudó un segundo, recordando viejos amores que la habían herido, pero Javier era diferente: este wey me entiende, me hace sentir reina. El clímax la golpeó como rayo, un grito gutural escapando de su garganta, cuerpo temblando, jugos calientes empapando sus unidos sexos.
Javier la siguió segundos después, gruñendo su nombre, su semen caliente inundándola en pulsos potentes. Se quedaron así, unidos, respiraciones entrecortadas sincronizándose como latidos compartidos. El olor a sexo flotaba en el aire, sudor y fluidos mezclados en éxtasis.
Acto tercero: el resplandor. Se recostaron en el sofá, cuerpos entrelazados, piel pegajosa enfriándose al viento de la tarde. Javier le acariciaba el cabello, besando su frente.
Eres mi todo, Ana. Esto no es solo pasión, es amor con fuego, murmuró. Ella sonrió, lágrimas de emoción en los ojos, sintiendo una paz profunda. El color de la pasión capítulo 6 se cierra perfecto, pensó, imaginando cómo contaría esta entrega en su diario secreto.
La noche cayó sobre la finca, estrellas titilando como testigos. Cenaron desnudos en la terraza: enchiladas suizas humeantes, guacamole fresco, el picor del chile avivando recuerdos. Rieron, hablaron de futuro, de viajes a la playa en Cancún, de noches sin fin. Ana se sentía empoderada, dueña de su placer, amada en cuerpo y alma. Cuando volvieron a la cama king size, con sábanas de hilo egipcio oliendo a lavanda, hicieron el amor de nuevo, lento y tierno, explorando cada rincón con lenguas y dedos.
Al amanecer, Ana se despertó con su cabeza en el pecho de Javier, el latido constante como promesa. El sol pintaba todo de oro, pero el verdadero color era el de su pasión compartida: rojo intenso, eterno. Qué chingón es esto, suspiró ella, sellando el capítulo con un beso que sabía a hogar.