Monica Bellucci La Pasion Erotica de Cristo
La noche en la Condesa estaba viva con ese ruido chido de la ciudad que te pone la piel chinita. Yo, un vato de treinta y tantos que curra en publicidad, andaba tomando unas cheves con los cuates cuando la vi entrar. Neta, parecía salida de un sueño cabrón. Morena, ojos negros profundos como pozos de petróleo, labios carnosos que pedían beso a gritos. Se parecía un chorro a Monica Bellucci en La Pasion de Cristo, esa peli que me tenía clavado desde chavo. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis perfectas y su culo redondo, caminando con esa seguridad de diosa italiana.
Me quedé pasmado, la cerveza a medio camino de la boca.
¿Será posible? ¿Una Monica Bellucci mexicana?mis pensamientos retumbaban. Ella se sentó en la barra, pidió un margarita y volteó directo a verme. Sonrió con picardía, como si supiera el efecto que causaba. Órale, pensé, esto no se deja pasar. Me acerqué, corazón latiendo como tambor en quinceañera.
—Órale, morra, ¿tú eres fan de las pelis italianas o qué? Porque sales idéntica a Monica Bellucci en La Pasion de Cristo —le solté, tratando de sonar cool.
Ella rio, una carcajada ronca que me erizó los vellos de la nuca. —Simón, carnal. Esa peli me encanta. Magdalena era una chingona, llena de pasión reprimida. Me llamo Lucía, por cierto.
Charlamos un rato, el aire cargado de esa electricidad que huele a deseo. Su perfume era jazmín mezclado con algo dulce, como miel caliente. Tocó mi brazo al reírse de mis chistes pendejos, y sentí su piel tibia, suave como seda. Neta, ya traía la verga medio parada. Le invité otra chela y platicamos de todo: de la peli, de cómo Monica Bellucci ponía caliente a medio mundo con esa mirada pecadora, de la pasión que se siente en el pecho como fuego.
Al rato, sus ojos se clavaron en los míos. —¿Y si vamos a tu depa a ver esa peli? Quiero revivir esa pasión de Cristo contigo —dijo bajito, su aliento cálido rozándome la oreja.
No lo pensé dos veces. Salimos al coche, el viento nocturno trayendo olor a tacos de la esquina. En el camino, su mano descansó en mi muslo, subiendo despacito, apretando con intención.
Esto va a estar cabrón, me dije, el pulso acelerado como en carrera de motos.
Llegamos a mi depa en Polanco, luces tenues, música suave de fondo. Puse la peli en la tele grande. Nos sentamos en el sofá, ella pegadita a mí, su muslo contra el mío. La pantalla cobró vida: las escenas crudas, el sudor de los actores, la mirada de Monica Bellucci como María Magdalena, llena de anhelo prohibido. Lucía suspiró, su mano en mi pecho.
—Mira cómo la ves, carnal. Esa pasión contenida... me prende un chorro —murmuró, volteando a verme con pupilas dilatadas.
La besé entonces, suave al principio. Sus labios sabían a sal de margarita y deseo puro, carnosos, húmedos. Su lengua jugó con la mía, un baile lento que me hizo gemir bajito. La abracé, sintiendo sus chichis apretados contra mí, pezones duros como piedritas bajo la tela. Olía a su piel: sudor ligero, perfume y esa esencia femenina que te vuelve loco.
La película seguía, pero ya nadie la veía. Mis manos bajaron por su espalda, apretando su culo firme. Ella jadeó en mi boca, arqueándose.
Es como tener a Monica Bellucci aquí, pero real, caliente, mía. Le quité el vestido despacio, revelando lencería negra que enmarcaba sus curvas perfectas. Tetas grandes, redondas, con aureolas oscuras invitando a morder.
—Quítate la ropa, wey. Quiero verte todo —ordenó con voz ronca, empoderada, como una reina.
Me desnudé rápido, mi verga saltando libre, dura como fierro, palpitando. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. Se arrodilló, imitando quizás a Magdalena en su devoción, pero pura lujuria. Su boca caliente la envolvió, lengua girando en la cabeza, chupando con maestría. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos roncos. Sentí su saliva tibia resbalando, sus manos apretando mis bolas. ¡Qué chingón!
La levanté, la llevé a la cama. Su cuerpo brillaba bajo la luz suave, piel oliva como la de Bellucci. La besé por todo: cuello salado, chichis con sabor a vainilla de su crema, bajando al ombligo, hasta su concha depilada, húmeda y oliendo a excitación pura. Lamí despacio, saboreando sus jugos dulces y salados, su clítoris hinchado pulsando bajo mi lengua. Ella gritó, —¡Sí, cabrón, así! ¡Come mi panocha! Agarró mi pelo, caderas moviéndose al ritmo, temblando al correrse. Su coño se contrajo, inundándome la boca con chorros calientes.
Ahora era su turno de montar la tensión. Me empujó boca arriba, se subió encima, ojos fijos en los míos como en la peli.
Esta es nuestra pasion de Cristo, pero sin cruces, solo placer. Tomó mi verga, la frotó en su entrada resbalosa, y se hundió despacio. ¡Puta madre! Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Gimió largo, cabalgándome con furia, tetas rebotando, sudor perlando su piel. El sonido de carne contra carne, chapoteo de jugos, sus jadeos —“¡Más duro, pinche semental!”— me volvían loco.
Cambié posiciones, la puse a cuatro, admirando su culo perfecto. Entré de nuevo, profundo, mis bolas golpeando su clítoris. Agarré sus caderas, embistiendo fuerte, sintiendo cada contracción de su interior. Ella volteaba, mordiéndose el labio, “¡Cógeme como si fuera Magdalena en la pasion de Cristo, llena de fuego!” El cuarto olía a sexo crudo, sudor, semen próximo.
La intensidad subía como ola. Sus paredes me ordeñaban, mis embestidas cada vez más rápidas.
No aguanto más, va a explotar. Ella gritó primero, orgasmo violento, cuerpo convulsionando, uñas clavadas en las sábanas. Eso me llevó al borde. Me salí, ella se volteó rápido, abriendo la boca. Eyaculé chorros calientes en su lengua, garganta, salpicando sus tetas. Saboreó todo, lamiendo con deleite pecador.
Caímos exhaustos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. La abracé, su cabeza en mi pecho, corazón latiendo al unísono. La peli había terminado hace rato, créditos rodando mudos. Besé su frente, oliendo su pelo revuelto.
—Neta, Lucía, fuiste mi Monica Bellucci en La Pasion de Cristo. Pero mejor, porque esto fue real —le dije, voz ronca.
Ella sonrió, trazando círculos en mi piel. —Y tú mi Cristo carnal, wey. Esta pasión no acaba aquí.
Nos quedamos así, en afterglow perfecto, el amanecer filtrándose por la ventana, prometiendo más noches de fuego. Esa conexión, profunda como la peli pero viva, me dejó marcado para siempre. Chido total.