Pasión y Poder Capítulo 121 El Fuego de la Entrega
En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, Isabella caminaba con paso firme hacia la suite presidencial del hotel más exclusivo. El aire olía a jazmín y a lluvia reciente, ese aroma fresco que se pega a la piel después de una tormenta. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y sus tacones resonaban en el mármol pulido del lobby. Hacía meses que jugaba este juego de pasión y poder, pero esta noche, en el capítulo 121 de su propia historia, todo iba a cambiar.
—¿Lista para rendirte, reina? —le había mandado Alejandro por mensaje esa mañana, después de la junta donde ella lo había acorralado con sus argumentos afilados como navajas.
Isabella sonrió para sí, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Alejandro era su rival en los negocios, un tipo alto, moreno, con ojos que prometían tormentas y una sonrisa que derretía voluntades. Igual de poderoso que ella, dueño de una cadena de resorts en la Riviera Maya. Pero en la cama, no había jefes ni empleados; solo dos cuerpos hambrientos que se devoraban mutuamente. Consenso puro, fuego consensuado, donde el poder se disolvía en placer.
Abrió la puerta de la suite con la llave magnética. El lugar era un sueño: ventanales del piso al techo con vista al skyline, una cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio, y en el aire, el leve aroma a sándalo de las velas encendidas. Alejandro estaba ahí, de pie junto a la barra, sirviéndose un tequila reposado. Vestía camisa blanca desabotonada hasta el pecho, pantalón de vestir que marcaba sus caderas fuertes.
—Llegaste, mami —dijo él con esa voz grave, como grava bajo las llantas de un carro deportivo—. Pensé que me ibas a dejar plantado después de cómo me pusiste en mi lugar en la junta.
Isabella se acercó, sus caderas balanceándose con deliberada lentitud. El roce de la tela contra su piel la erizaba.
Qué chingón se ve este pendejo, pensó ella. Siempre sabe cómo encender la mecha.
—No seas menso, carnal —respondió ella, quitándose los tacones con un movimiento fluido—. Tú y yo sabemos que el poder verdadero está aquí, no en esas oficinas frías.
Él dejó el vaso y la tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho. Sus manos eran cálidas, callosas por años de manejar yates y cerrar tratos millonarios. Isabella inhaló su olor: colonia cara mezclada con el sudor limpio de anticipación. Sus labios se rozaron en un beso tentativo, labios carnosos contra los suyos, sabor a tequila y a menta.
La tensión del día se evaporaba con cada roce. Ella deslizó las manos por su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo la camisa. Él mordisqueó su cuello, enviando chispas por su espina dorsal.
—Te deseo tanto que duele —murmuró él contra su piel.
Se separaron solo para desvestirse con urgencia controlada. Isabella sintió el aire fresco besar su piel desnuda cuando el vestido cayó al suelo. Sus senos se liberaron, pezones endurecidos por el deseo. Alejandro la miró como si fuera un tesoro, sus ojos oscuros devorándola.
La llevó a la cama, tumbándola con gentileza. Sus besos bajaron por su clavícula, deteniéndose en cada pecho. La lengua de él trazó círculos alrededor de un pezón, succionando con una presión perfecta que la hizo arquearse. Qué rico, pensó ella, el calor subiendo desde su centro. Sus manos exploraban su abdomen plano, bajando hasta el borde de su tanga de encaje.
—Dime qué quieres, Isabella —exigió él, voz ronca.
—Todo de ti, papi. Hazme tuya.
Acto uno completado: la escena estaba puesta, el deseo latente ahora rugía. Pero el verdadero fuego apenas comenzaba.
En el medio de la noche, la intensidad escaló como una ola en el Pacífico. Alejandro besó su vientre, lamiendo la sal de su piel. Isabella jadeaba, el sonido de su respiración entrecortada llenando la habitación junto al zumbido distante de la ciudad. Él separó sus muslos con delicadeza, inhalando su aroma almizclado de excitación, ese olor dulce y terroso que volvía loco a cualquier hombre.
La lengua de él encontró su clítoris, un roce suave al principio, como alas de mariposa. Isabella gimió, enterrando los dedos en su cabello negro revuelto. ¡Madre santa, qué sabroso! Cada lamida era más profunda, más insistente, succionando, girando. Sus jugos lo empapaban, el sabor salado y dulce en su boca. Ella se mecía contra su rostro, el placer acumulándose como presión en una olla exprés.
No puedo más, pero no quiero que pare. Este poder que tengo sobre él, viéndolo arrodillado, lamiéndome como si fuera su última comida...
Alejandro levantó la vista, ojos brillando con lujuria compartida.
—Estás empapada, reina. ¿Lista para mí?
—Sí, güey, métemela ya —suplicó ella, voz temblorosa.
Él se incorporó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante. Isabella la tomó en mano, sintiendo el calor, la dureza de acero envuelta en terciopelo. La acarició de arriba abajo, el prepucio deslizándose, un hilo de pre-semen brillando en la punta. Él gruñó, un sonido animal que vibró en su pecho.
Se posicionó entre sus piernas, la punta rozando su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Isabella sintió cada vena, cada pulso. Lleno, completo. Sus paredes lo apretaron, masajeándolo.
Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio: él embistiendo profundo, ella elevando las caderas para encontrarlo. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, gemidos entremezclados. Sudor perlaba sus cuerpos, el olor a sexo impregnando el aire. Sus pechos rebotaban con cada thrust, él los amasaba, pellizcando pezones.
La tensión crecía. Isabella clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Más fuerte, cabrón, pensó. Él aceleró, follando con poderío, pero siempre atento a sus suspiros, a sus "sí, así". Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una amazona. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra el pubis de él. El placer era eléctrico, rayos por su cuerpo.
—Me vengo, Alejandro... ¡no pares!
Él la sostuvo, embistiendo desde abajo. El orgasmo la golpeó como un tsunami: contracciones violentas, jugos brotando, grito ahogado. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro.
Colapsaron, jadeantes, cuerpos entrelazados. El afterglow era puro éxtasis: piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono, el aroma de sus fluidos mezclados. Alejandro la besó en la frente, tierno ahora.
—Eres mi todo, Isabella. Pasión y poder, eternos.
En este capítulo de nuestra vida, ganamos los dos, reflexionó ella, acurrucada en su pecho.
La ciudad seguía brillando afuera, testigo muda de su unión. Mañana volverían a ser titanes de los negocios, pero esta noche, eran solo amantes, empoderados por el placer mutuo. El cierre perfecto, con promesas de más capítulos por venir.