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Pasión Caliente por los Videojuegos

6466 palabras

Pasión Caliente por los Videojuegos

Estaba en mi depa de la Roma, con el control en las manos, sudando la gota gorda mientras jugaba Call of Duty en la tele grande. El cuarto olía a chelas frías y papas fritas, el aire acondicionado zumbaba bajito y el sonido de las balas y explosiones me tenía clavado en el sofá. Neta, mi pasión por los videojuegos era lo que me mantenía vivo, wey. Llevaba horas ahí, olvidándome del mundo, hasta que sonó el timbre.

Abrí la puerta y ahí estaba ella, Karla, mi carnala del gym, con una sonrisa pícara y una bolsa de papitas en la mano. "¡Órale, pendejo! ¿Ya vas perdiendo otra vez? Traje refuerzos", dijo riendo mientras entraba sin pedir permiso. Karla era de esas morras que te voltean la cabeza: curvas perfectas, pelo negro largo, ojos cafés que brillaban como luces de neón en un antro. Vestía un short chiquito que le marcaba el culo y una playera ajustada de Super Mario. "¿Listo para que te patee el trasero?"

Nos sentamos en el sofá, hombro con hombro, y prendimos la consola. Sus piernas rozaban las mías cada rato, y el calor de su piel me erizaba los vellos. "¡No mames, Karla! Eres una chingona en esto", le grité cuando me mató por tercera vez. Ella se reía, echando la cabeza pa'trás, y su perfume dulce, como a vainilla y algo más picante, me invadió las fosas nasales. Mi corazón latía fuerte, no solo por el juego. Esa pasión por los videojuegos que compartíamos era como un imán, nos pegaba más cerca cada partida.

En un momento, mientras esperábamos el respawn, su mano cayó sobre mi muslo. "Relájate, carnal, no seas tan intenso", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido me cosquilleó el cuello. Sentí un chispazo directo a la verga, que empezó a endurecerse bajo el pantalón.

"¿Qué pedo? Esto no es solo el juego, ¿verdad?"
pensé, mientras fingía concentrarme en la pantalla. Ella se mordió el labio, y yo no pude más: pausé el partido y la volteé a ver.

"Karla, neta que me traes loco. No es solo por los juegos..." Le tomé la cara con las manos, sintiendo su piel suave como seda bajo mis dedos ásperos de tanto agarrar el control. Sus ojos se clavaron en los míos, y sin decir nada, se acercó. Nuestros labios se juntaron en un beso suave al principio, probando sabores: el suyo a chicle de fresa y el mío a cerveza. Pero pronto se volvió hambriento, lenguas enredándose como en un combo perfecto de Street Fighter.

Acto seguido, la levanté en volada y la senté en mi regazo, sus nalgas firmes apretándose contra mi erección dura como roca. "¡Ay, wey! Qué grande estás", jadeó ella, moviéndose despacio, frotándose contra mí. El sofá crujía bajo nuestro peso, el zumbido de la consola de fondo como música de sexo. Le quité la playera, revelando unos senos perfectos, pezones rosados ya tiesos. Los lamí, saboreando su salpicadura salada, mientras ella gemía bajito, "Sí, así, no pares, pendejo caliente".

La tensión subía como un nivel boss. Mis manos bajaron a su short, lo jalé con prisa, y ahí estaba su conchita depilada, húmeda y brillante. Olía a deseo puro, a mujer en celo. Metí un dedo, sintiendo su calor apretado, resbaloso. "Estás chorreando, morra", le dije al oído, y ella respondió arqueándose, clavándome las uñas en la espalda.

"Cabrón, me tienes al borde. Fóllame ya"
, suplicó con voz ronca.

Pero no quería apurarme. La recosté en el sofá, besando cada centímetro de su cuerpo: el ombligo, los muslos internos que temblaban, hasta llegar a su clítoris hinchado. Lo chupé suave, luego fuerte, oyendo sus gritos ahogados, "¡No mames, qué rico! ¡Sigue, wey!". Su sabor era adictivo, ácido y dulce como un energy drink después de una maratón gamer. Ella se retorcía, piernas alrededor de mi cabeza, el sudor nos pegaba la piel.

De repente, Karla me empujó y se puso de rodillas. "Mi turno, cabrón". Me bajó el pantalón y mi verga saltó libre, palpitante, con una gota de precum en la punta. La miró con hambre, "Qué chingona se ve", y se la metió a la boca. Sentí su lengua girando, caliente y húmeda, succionando como si fuera el último power-up del juego. Gemí fuerte, agarrándole el pelo, el sonido de su garganta trabajando me volvía loco. "¡Karla, me vas a hacer venir!"

No la dejé. La levanté, la volteé contra el respaldo del sofá, y le abrí las nalgas. Su culo perfecto me llamaba. Escupí en mi mano, lubricando mi verga, y la penetré de un solo empujón. "¡Aaaah! Sí, fóllame duro, como en el juego sin piedad", gritó ella. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada pliegue de su coño apretándome, luego más rápido. El slap-slap de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos y el olor a sexo crudo, sudor y excitación.

La cogí así un rato, luego la puse en cuatro en el suelo, alfombra mullida bajo las rodillas. Le jalaba el pelo suave, azotándole la nalga con la otra mano, dejando una marca roja. "¡Más, pendejo! Me encanta", pedía. Cambiamos a misionero en el sofá, sus piernas en mis hombros, penetrándola profundo. Veía su cara de placer, ojos entrecerrados, boca abierta en gemidos constantes.

"Esto es mejor que cualquier videojuego, neta"
, pensé mientras el clímax se acercaba.

"Me vengo, Karla...", avisé, y ella apretó las paredes vaginales, ordeñándome. "¡Dentro, cabrón! Lléname!". Explosé, chorros calientes llenándola, mi cuerpo temblando. Ella se corrió segundos después, convulsionando, uñas en mi pecho, un grito largo y gutural que me erizó toda la piel.

Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, el cuarto oliendo a nuestro orgasmo compartido. La abracé, besándole la frente húmeda. "Qué chido fue eso, wey. Nuestra pasión por los videojuegos nos prendió fuego", susurré. Ella sonrió, acurrucándose. "Y apenas es el primer nivel, amor. Hay muchas partidas por delante".

Después, prendimos la tele de nuevo, desnudos en el sofá, comiendo papitas. El juego seguía pausado, pero ahora con un nuevo DLC: nosotros dos, listos para más rondas. El corazón me latía tranquilo, satisfecho, sabiendo que esta pasión no se acababa con un game over.

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