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Labial Rojo Pasión Mate

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Labial Rojo Pasión Mate

Me miré en el espejo del baño de mi depa en la Condesa, con el labial rojo pasión mate recién aplicado brillando bajo la luz tenue. Ese tono era una chingonería, mate pero intenso, como si prometiera incendiar la noche. Lo había comprado en una tiendita chula de la Roma, donde la vendedora me juró que era el secreto para volver loco a cualquier cabrón. Neta, hoy lo pongo a prueba, pensé mientras delineaba mis labios con el dedo, sintiendo la textura cremosa que se adhería perfecta, sin manchar. Olía a vainilla y algo picante, un aroma que ya me ponía la piel de gallina.

Salí a la calle, el aire fresco de la noche mexicana me acarició las piernas desnudas bajo el vestido negro ajustado. La CDMX bullía: cláxones lejanos, risas de borrachos en las esquinas, el olor a elotes asados mezclándose con mi perfume. Caminé hacia el bar en la calle Ámsterdam, donde había quedado con Marco, ese morro alto y moreno que conocí en Tinder. No era cualquier wey; tenía esa mirada que te desnuda sin tocarte, y unos brazos que prometían abrazos firmes.

Llegué y lo vi en la barra, con una chela en la mano, sonriendo como si ya supiera lo que traía entre manos.

"Órale, güerita, ¿qué onda con esos labios? Estás para comerte viva."
Su voz grave me erizó el alma, y el roce de su mano en mi cintura al besarme la mejilla fue eléctrico. Sentí el calor de su piel contra la mía, un toque casual que ya encendía chispas. Pedimos unos tequilas reposados, el limón mordido despertó mis sentidos, y platicamos de todo: de la pinche vida en la ciudad, de tacos al pastor y sueños locos. Pero mis ojos no dejaban de bajar a sus labios carnosos, imaginando cómo sabrían contra los míos.

La tensión crecía con cada sorbo. Él rozaba mi rodilla bajo la mesa, un dedo trazando círculos lentos en mi piel, subiendo poquito a poco. Este pendejo sabe jugar, me dije, mordiéndome el labio inferior y dejando una marca roja perfecta en la servilleta. El bar vibraba con mariachi moderno de fondo, el humo de cigarros y el sudor de cuerpos bailando. Su aliento olía a tequila y menta, y cuando se acercó para susurrarme al oído,

"Esos labios me están matando, carnala. Quiero probarlos ya."
Mi corazón latió como tamborazo, el pulso acelerado entre mis muslos traicionándome.

Salimos del bar tomados de la mano, el viento nocturno revolviendo mi pelo. Caminamos hasta su coche, un tsuru viejo pero chido, y en el estacionamiento desierto, no aguantamos más. Me jaló contra él, sus manos grandes en mi cintura, y me besó. Dios, ese beso. Sus labios duros contra los míos, el labial rojo pasión mate transfiriéndose en un roce suave, mate pero ardiente. Saboreé su lengua invadiendo mi boca, salada y dulce, mientras sus dientes mordían mi labio inferior con cuidado, arrancándome un gemido ahogado. El olor de su colonia mezclada con mi labial me mareaba, y mis uñas se clavaron en su espalda bajo la camisa.

No pares, wey, no pares. Lo empujé contra el coche, mis manos bajando por su pecho firme, sintiendo los músculos tensos bajo la tela. Él gruñó, bajando las tiras de mi vestido, exponiendo mis hombros. Sus besos bajaron por mi cuello, chupando la piel sensible, dejando huellas rojas que mañana dolerían chido. El sonido de su respiración jadeante, entrecortada, se mezclaba con el tráfico lejano. Metió la mano bajo mi falda, rozando mis bragas ya húmedas, y susurró:

"Estás empapada, mi reina. Todo por ese labial cabrón."

Entramos al coche, el asiento trasero angosto pero perfecto para lo que venía. Me senté a horcajadas sobre él, el vestido subido hasta la cintura, sus manos amasando mis nalgas con fuerza. Desabroché su pantalón, liberando su verga dura, palpitante, caliente en mi palma. La piel suave, venosa, oliendo a hombre puro. La froté despacio, viéndolo cerrar los ojos, gimiendo mi nombre. Esto es mío esta noche. Bajé la cabeza, mis labios rojos envolviéndolo, el mate dejando una marca perfecta en la base. Él jadeó, sus caderas subiendo, follándome la boca con cuidado, el sabor salado inundándome la lengua. El sonido húmedo, chupante, llenaba el coche, mezclado con sus "¡Ay, cabrona, qué rico!"

Pero quería más. Me quité las bragas de un jalón, empapadas, y me hundí en él de un solo movimiento. ¡Chin! Llenándome por completo, estirándome delicioso. El roce interno, su grosor pulsando contra mis paredes, me hizo arquear la espalda. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizarse, el sudor perlando su pecho, goteando hasta unirnos. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros, enviando descargas directas a mi clítoris. El coche se mecía, cristales empañados, el olor a sexo crudo –sudor, fluidos, labial– impregnando todo.

Aceleré, mis caderas girando, frotándome contra él. Ven conmigo, pendejo. Sus dedos bajaron, masajeando mi clítoris hinchado en círculos rápidos, resbalosos. Gemí alto, sin pudor, el placer acumulándose como tormenta. Él me siguió el ritmo, embistiéndome desde abajo, sus bolas golpeando mi culo.

"¡Córrete, mi amor, córrete en mi verga!"
Y exploté. Oleadas calientes, contracciones apretándolo, mi grito ahogado contra su cuello. Él se tensó, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes, profundos.

Nos quedamos así, jadeando, pegados, el corazón tronando al unísono. Su semen goteando entre mis muslos, cálido y pegajoso. Besé sus labios manchados de rojo mate, riendo bajito. El labial funcionó de maravilla. Me acomodó el vestido con ternura, limpiándome con su chamarra, besando mi frente.

Salimos del coche, el aire fresco calmando el fuego. Caminamos de vuelta a mi depa, tomados de la mano, platicando pendejadas. En la puerta, otro beso largo, prometedor.

"Mañana repetimos, con o sin labial, güerita."
Entré, me miré en el espejo: labios algo borrados, pero la sonrisa intacta. El labial rojo pasión mate yacía en la mesa, testigo silencioso de la noche más ardiente. Me metí a la cama, el cuerpo aún vibrando, soñando con más.

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