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Pasión por el Triunfo 2 Medalla Olímpica Reparto Ardiente

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Pasión por el Triunfo 2 Medalla Olímpica Reparto Ardiente

Ana sentía el peso de la medalla de plata colgando en su cuello como un fuego vivo mientras el avión aterrizaba en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Pasión por el triunfo 2, pensó, recordando cómo en la primera parte de su odisea olímpica había conquistado no solo podios sino también su propio cuerpo en la intimidad del vestidor. Ahora, con esa medalla olímpica reluciente, el reparto de esa gloria ardía en su piel. Hacía calor en la pista de atletismo de París, pero nada como el bochorno que le subía por las piernas al imaginar lo que vendría. Diego, su carnal de entrenamientos y noches salvajes, la esperaba abajo con Luis, el otro nadador del equipo, ese pendejo alto y moreno que siempre la miraba con ojos de querer comérsela viva.

En el lobby del hotel en Polanco, el aire acondicionado chocaba con el olor a tequila reposado y jazmín de las velas. Ana bajó del taxi, su vestido rojo ceñido marcando las curvas que meses de piscina habían esculpido como diosa azteca. Diego la abrazó primero, su boca rozándole el oído: "Órale, mamacita, esa medalla te queda chingona, pero yo quiero el reparto ya". Luis se acercó por detrás, su mano grande posándose en su cintura, el calor de sus palmas filtrándose a través de la tela. Ella giró, oliendo su colonia mezclada con sudor fresco de gym, y les sonrió con picardía.

"Chavos, esta pasión por el triunfo no se queda solo en el podio. Vamos a repartirla como se debe, con todo el cuerpo"
, murmuró, su voz ronca por el jet lag y la excitación contenida.

Subieron al penthouse en el elevador, el zumbido del motor vibrando en sus tripas como un pulso compartido. Ana sentía las miradas de ellos devorándola, el roce accidental de los dedos de Luis en su muslo, la respiración pesada de Diego contra su nuca. El deseo era un nudo apretado en su vientre, caliente y líquido, recordándole las carreras interminables donde cada brazada era un gemido ahogado. Quiero que me sientan ganar otra vez, pensó, mientras la puerta se abría a la suite con vista al skyline de la CDMX, luces parpadeando como estrellas caídas.

Acto de introducción al fuego. Se sirvieron shots de tequila con limón y sal, el líquido quemando gargantas y despertando nervios. Sentados en el sofá de cuero suave, Ana colgó la medalla en el centro de la mesa de cristal, su superficie fría contrastando con el calor de sus cuerpos cercanos. Diego le contó anécdotas del equipo, su mano subiendo por su pierna, dedos trazando círculos en la piel sensible detrás de la rodilla. Luis, más callado pero intenso, le masajeaba los hombros, sus pulgares hundiéndose en nudos de tensión post-vuelo. Qué chido, dos machos listos para el podio de mi placer, reflexionó Ana, el aroma a piel masculina invadiendo sus sentidos, mezclado con el salado del sudor que empezaba a perlar sus frentes.

La plática derivó en recuerdos: las madrugadas en la piscina del Código, el chapoteo del agua contra sus cuerpos desnudos después de entreno, las miradas robadas en los vestidores. "Recuerdan cuando casi nos cachan en las duchas?", rio Diego, su aliento cálido en su oreja. Luis asintió, su mano bajando por su espalda, rozando la curva de su culo. Ana se arqueó, un jadeo escapando de sus labios. El roce era eléctrico, como el arranque de una largada olímpica. Se besaron primero ella y Diego, lenguas enredándose con sabor a tequila y victoria, mientras Luis observaba, su verga ya dura presionando contra los jeans. Luego, Ana giró hacia Luis, mordiendo su labio inferior, saboreando la sal de su piel morena.

La tensión crecía como una ola en la piscina olímpica, lenta al principio, ganando fuerza. Ana se puso de pie, quitándose el vestido con un movimiento fluido, quedando en tanga negra y bra de encaje. Sus pezones endurecidos asomaban, el aire fresco erizándole la piel. "Vengan, repartamos esta medalla", dijo, su voz un susurro cargado de promesas. Ellos se desvistieron rápido, camisas volando, pantalones cayendo. Diego era puro músculo definido, su verga gruesa y venosa apuntando al techo; Luis, más largo, con venas marcadas como ríos en su abdomen. Ana los miró, lamiéndose los labios, el olor a excitación masculina llenando la habitación, almizclado y embriagador.

Escalada al clímax compartido. La llevaron a la cama king size, sábanas de satén crujiendo bajo su peso. Diego la besó profundo, su lengua explorando su boca mientras Luis lamía su cuello, bajando a sus tetas. Ana gimió, el sonido gutural rebotando en las paredes. Siento sus bocas como medallas calientes en mi piel, pensó, arqueándose. Luis chupaba un pezón, tirando suave con dientes, mientras Diego metía mano en su tanga, dedos resbalando en su humedad. "Estás chorreando, nena, qué rico", gruñó Diego, oliendo su aroma dulce y salado.

Ana los empujó, queriendo tomar control. Se arrodilló entre ellos, manos envolviendo sus vergas, piel caliente y sedosa pulsando en sus palmas. Las masturbó lento, mirando sus caras contorsionadas de placer, el pre-semen brillando en las puntas. Tomó la de Diego en boca primero, succionando profundo, lengua girando en la cabeza sensible. Él jadeó, "¡Puta madre, Ana!". Luego Luis, más larga, la tragó hasta la garganta, gimiendo vibraciones que lo hicieron temblar. El sabor salado la volvía loca, su clítoris hinchado rogando atención.

Diego la tumbó, abriéndole las piernas. Su lengua atacó su panocha, lamiendo labios hinchados, chupando el botoncito con maestría. Luis le mamaba las tetas, pellizcando pezones. Ana gritó, caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de la lengua de Diego mezclándose con sus gemidos. Esto es el triunfo, el reparto total, pensó, olas de placer subiendo por su espina. Corrió primero, explosión de luces detrás de ojos cerrados, jugos empapando la boca de Diego.

No pararon. Luis se puso condón, penetrándola lento, su verga estirándola delicioso. "¡Ay, cabrón, qué grande!", chilló ella, uñas clavándose en su espalda. Diego se arrodilló frente a su cara, ella mamándolo mientras Luis la embestía, ritmo como brazadas sincronizadas. El slap de piel contra piel, gruñidos, el olor a sexo denso en el aire. Cambiaron: Diego adentro, más grueso, golpeando su punto G. Luis en su boca, manos enredadas en su pelo. Ana sentía el orgasmo construyéndose otra vez, profundo, animal.

Liberación y eco dorado. Vinieron casi juntos. Luis primero, corriéndose en su boca con un rugido, ella tragando cada gota, salada y espesa. Diego aceleró, "¡Me vengo, reina!", llenando el condón mientras Ana explotaba de nuevo, espasmos sacudiéndola, visión borrosa de placer. Colapsaron en un enredo sudoroso, pechos subiendo y bajando, el aire pesado con feromonas y risas ahogadas.

Ana yacía entre ellos, la medalla fría ahora sobre su pecho caliente. Diego le besó la frente, "Tu pasión por el triunfo nos hace invencibles, carnala". Luis acarició su muslo, "El reparto perfecto". Ella sonrió, saboreando el afterglow, músculos relajados como post-carrera ganada.

"Esto es lo que sigue a la gloria: compartirla hasta el hueso, hasta que duela de gusto"
. Afuera, la ciudad palpitaba indiferente, pero en esa cama, habían forjado otra medalla invisible, de carne y alma. La noche se cerraba con promesas de más triunfos, más repartos, la pasión eterna del cuerpo mexicano en victoria.

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