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El Color de la Pasión (1)

6554 palabras

El Color de la Pasión

La noche en Mazatlán estaba viva, con el mar susurrando secretos al ritmo de la cumbia que retumbaba desde los altavoces de la playa. Yo, Karla, de veintiocho pirulos, bailaba con el vestido rojo ceñido a mi cuerpo, sintiendo la arena tibia entre los dedos de los pies. El sol se había escondido, pero el cielo aún ardía en tonos naranjas y rosados, como si el color de la pasión se hubiera derramado sobre el horizonte. Neta, esa vibra me ponía de buenas, el aire salado mezclándose con el olor a tacos de mariscos y cervezas frías.

Ahí lo vi. Luis, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin decir ni madres. Estaba con unos cuates, platicando y riendo, pero sus ojos se clavaron en mí como si yo fuera el último trago de tequila en la botella.

¿Qué onda con este wey? Me ve como si quisiera comerme viva
, pensé, mientras mi piel se erizaba bajo su mirada. Me acerqué al grupo, moviendo las caderas al son de la música, y él no quitó la vista.

—Órale, qué chula —me dijo cuando estuve cerca, su voz grave como el oleaje rompiendo en la orilla.

—Gracias, carnal. ¿Y tú qué, bailando o nomás de mirón? —le contesté con una guiñada, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago.

Me tomó de la mano y me jaló al centro de la pista improvisada. Sus palmas eran cálidas, ásperas por el trabajo en el mar —era pescador, me contó después—. Bailamos pegaditos, su pecho duro contra mis tetas, el sudor empezando a perlar su cuello. Olía a sal, a hombre, a deseo crudo. Cada roce de su cadera contra la mía era una promesa, y yo sentía mi chucha palpitando, húmeda ya por la fricción.

La fiesta seguía, pero nosotros nos fuimos desconectando. —Ven, te llevo a un lugar chido —me susurró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo. Asentí, el corazón latiéndome a mil. Caminamos por la playa, descalzos, la luna ahora pintando todo de plata. Su casa era una cabaña modesta pero con vista al mar, luces tenues y una cama king size que gritaba follar aquí.

Entramos, y el aire se cargó de electricidad. Me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabía a ron y a menta, su lengua invadiendo mi boca con urgencia.

¡Carajo, besa como Dios!
Mis manos subieron por su espalda, arañando la camisa que pronto le quité. Su piel bronceada brillaba bajo la luz suave, músculos tensos por el deseo.

—Estás cañón, Karla. Tu piel... es como el color de la pasión, me enloquece —murmuró mientras besaba mi cuello, bajando por mi clavícula. Mordisqueaba suave, enviando chispas directo a mi clítoris. Gemí bajito, arqueándome contra él. Le desabroché el pantalón, sintiendo su verga dura saltar libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, masturbándolo lento, oyendo su jadeo ronco.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me tiró en la cama. El colchón se hundió suave, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se arrodilló entre mis piernas, subiendo mi vestido hasta la cintura. —Quítatelo todo, mamacita —ordenó con voz juguetona, pero sus ojos eran puro fuego. Obedecí, quedando en tanga roja, mis tetas liberadas, pezones duros como piedras.

Sus manos exploraron cada curva: apretó mis muslos, lamió la cara interna hasta llegar a mi monte de Venus. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce. Bajó la tanga con los dientes, exponiéndome.

Ya estoy chorreando, neta lo necesito dentro
. Su lengua tocó mi clítoris primero suave, luego voraz, chupando y lamiendo como si fuera el mejor pozole de su vida. Grité, mis caderas buckeando contra su boca, el sonido húmedo de succión mezclándose con mis gemidos. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas.

—¡Sí, Luis, así! ¡No pares, pendejo! —le rogué, tirando de su pelo. Él reía contra mi piel, vibrando mi carne. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, jugos salpicando su barbilla. Saboreó todo, lamiendo lento para prolongar el placer.

Pero no paró. Se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo era una obra de arte: abdomen marcado, verga erguida lista para mí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo mis nalgas firmes. Qué rico se siente su peso encima. Me abrió las piernas, frotando la punta de su pija contra mi raja empapada. —¿Quieres que te coja, Karla? Dime —preguntó, torturándome con roces.

—¡Sí, chingame ya! Te lo suplico —contesté, empujando hacia atrás.

Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, madre! Gruesa, caliente, estirándome perfecto. Empezó a bombear lento, cada embestida un choque de piel contra piel, slap-slap resonando. El olor a sexo nos envolvía, sudor goteando, su aliento en mi nuca. Agarró mis caderas, acelerando, mis tetas rebotando con cada estocada.

Es el mejor polvo de mi vida, neta este wey sabe
. Cambiamos de posición: yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo girando las caderas, sintiendo su verga golpear mi cervix. Gime fuerte, —¡Qué chucha tan rica, apriétame!—. Yo aceleré, el clímax construyéndose otra vez, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

Él se sentó, abrazándome, besándonos mientras follábamos sentados. Nuestros cuerpos pegados, resbalosos de sudor, el mar rugiendo afuera como banda sonora. Sentí su verga hincharse más, —Me vengo, Karla, ¿dónde?—. —¡Adentro, lléname!— grité. Eyaculó con un rugido, chorros calientes inundándome, desencadenando mi tercer orgasmo. Ondas de placer me sacudieron, uñas clavadas en su espalda, besos mordidos.

Colapsamos juntos, jadeando, su semen goteando de mí mezclándose con mis jugos. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando al unísono con el mío. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. —Eres increíble —me dijo, acariciando mi pelo.

—Tú tampoco estás tan pendejo —bromeé, riendo suave. Afuera, el amanecer empezaba a teñir el cielo del mismo color de la pasión que nos había unido. Nos quedamos así, enredados, sabiendo que esto era solo el principio. El mar aplaudía, y yo, por primera vez en mucho, me sentía completa, empoderada en su abrazo.

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