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Pasión Capítulo 95 Fuego en la Piel

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Pasión Capítulo 95 Fuego en la Piel

El sol se ponía en el horizonte de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa que Marco había rentado para nosotros, un paraíso con piscina infinita y vistas al mar que quitaban el aliento. Habían pasado tres semanas desde la última vez que nos vimos, tres semanas de mensajes calientes por WhatsApp y videollamadas donde nos prometíamos devorarnos enteros. Mi corazón latía como tambor en fiesta, y entre las piernas ya sentía esa humedad traicionera que me recordaba lo mucho que lo extrañaba.

¡Órale, mi reina! —gritó Marco desde la terraza, su voz ronca cortando el rumor de las olas. Salió a recibirme con los brazos abiertos, su piel bronceada brillando bajo la luz del atardecer, el pecho desnudo y esos jeans ajustados que marcaban todo lo que me volvía loca. Olía a sal marina y a ese colonia suya, Creed Aventus, que siempre me hacía débil de rodillas.

Me lancé a sus brazos, y su boca encontró la mía en un beso que sabía a tequila y promesas. Sus manos grandes bajaron por mi espalda hasta mi culo, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapó sin querer.

Esto es el capítulo 95 de nuestra pasión, pensé, cada encuentro más intenso que el anterior, como si el fuego nunca se apagara.

Entramos a la villa, el aire acondicionado fresco contrastando con el calor de nuestros cuerpos. La casa era un sueño: muebles de madera oscura, velas aromáticas a coco y vainilla encendidas ya, música de mariachi moderno sonando bajito de los bocinas Bose. Marco me sirvió un margarita helado, el borde salado rozando mis labios mientras bebía, mis ojos clavados en los suyos, oscuros y llenos de hambre.

Neta, Ana, te ves más rica que nunca —murmuró, su aliento cálido en mi cuello mientras me quitaba el vestido playero de un tirón suave. Quedé en bikini, mi piel erizada por el roce de sus dedos callosos, esos que tanto me gustan de tanto trabajar en su taller de motos en Guadalajara.

Nos sentamos a cenar langosta a la parrilla que él mismo preparó, el humo subiendo con aroma a limón y chile, el jugo chorreando por mi barbilla mientras él lo lamía con la lengua. Hablamos de todo y nada: de su carnal que se casó, de mi jefa pendeja en la agencia de publicidad, pero cada palabra era pretexto para toques. Su pie subía por mi pantorrilla bajo la mesa, mis uñas arañando su muslo. La tensión crecía como tormenta en el mar, el pulso acelerado, el olor a nuestro deseo mezclándose con la brisa salada que entraba por las ventanas abiertas.

Después de la cena, Marco me jaló a bailar. La canción era La Chona, pero en versión sensual, y nos movíamos pegados, cadera contra cadera. Sentía su verga dura frotándose contra mí al ritmo, mis tetas aplastadas en su pecho, sudor perlando su piel. ¡Ay, wey, no aguanto más! pensé, mi clítoris palpitando como loco. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas, y yo mordí su hombro para no gritar ahí mismo.

Ven, mi amor —susurró, cargándome como si no pesara nada hasta la recámara principal. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frías al tacto, el ventilador girando perezoso arriba. Me tiró con gentileza, y se quitó los jeans de un movimiento, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta ya brillando de precum. Me relamí los labios, el sabor salado imaginado en mi lengua.

Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, su barba raspando delicioso. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que lo enloquecía.

En este capítulo 95 de pasion, voy a explotar, neta, me dije, mientras su lengua lamía mi bikini, empapado ya.
Me lo quitó con los dientes, exponiendo mi concha hinchada, rosada y lista. Lamidas lentas al principio, circundando mi botón, chupando mis labios mayores hasta que arqueé la espalda, gimiendo como loca.

¡Qué rica estás, Ana! Tan mojada por mí —gruñó, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos justo en mi punto G. El sonido era obsceno, chapoteo húmedo mezclándose con mis jadeos y el lejano romper de olas. Mis jugos corrían por sus nudillos, y él los lamía como si fuera el mejor postre. Yo agarré su cabello negro, tirando, montándome en su cara mientras él devoraba mi clítoris, succionando hasta que vi estrellas.

Lo empujé hacia arriba, queriendo corresponder. Su verga en mi mano era terciopelo sobre acero, caliente y pulsante. La masturbé despacio, sintiendo cada vena, el olor masculino subiéndome a la nariz. Me la metí a la boca, saboreando la sal de su piel, la cabeza abultada golpeando mi garganta. ¡Chíngame la boca, papi! lo provoqué con la mirada, y él obedeció, cogiéndome la cabeza con ternura pero firmeza, follando mi boca en embestidas controladas. Saliva chorreaba por mi barbilla, mezclada con sus fluidos, el gluglú de mi garganta resonando.

No aguantamos más. Marco me volteó boca abajo, poniéndome de rodillas, mi culo en pompa. Besó mi espalda, lamiendo el sudor salado, mientras frotaba su verga en mi raja. Sí, así, métemela toda, supliqué en voz alta. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí al sentirlo llenarme, su grosor pulsando adentro, tocando lo más profundo. El slap slap de sus bolas contra mi clítoris empezó lento, building up, su sudor goteando en mi espalda.

Me volteó de nuevo para mirarnos a los ojos, misionero profundo. Sus abdominales contraídos, mis piernas enredadas en su cintura, uñas clavadas en su culo musculoso. ¡Más fuerte, cabrón! grité, y él aceleró, martillando como pistón, mi concha apretándolo como guante. Olía a sexo puro, a piel sudada, a mar. Mis tetas rebotaban, pezones duros rozando su pecho velludo. Sentía el orgasmo creciendo, una ola gigante en mi vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga.

¡Me vengo, Ana, chingada madre! —rugió, y eso me empujó al borde. Exploté primero, chorros de placer sacudiendo mi cuerpo, gritando su nombre mientras mi concha ordeñaba su polla. Él se hundió una última vez, llenándome de semen caliente, chorros y chorros que sentía salpicar adentro, desbordando por mis muslos.

Colapsamos jadeando, su peso delicioso sobre mí, besos lentos ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nuestro clímax, semen y jugos mezclados en las sábanas revueltas. Me acarició el cabello, susurrando te amo, mi vida, y yo sonreí, el corazón lleno.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón de lavanda en sus manos explorando cada curva. En la cama de nuevo, envueltos en las frescas sábanas limpias, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse.

Pasión capítulo 95: no el final, solo otra página en nuestro libro infinito de fuego y entrega.
Afuera, la luna plateaba el mar, y supe que mañana sería aún mejor. Esto era nosotros, puro, consensual, eterno.

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