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Entrevista Íntima con Mel Gibson La Pasión Desnuda

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Entrevista Íntima con Mel Gibson La Pasión Desnuda

Yo era Ana, periodista de una revista de espectáculos en la Ciudad de México, y ese día mi corazón latía como tamborazo en fiesta. Me habían mandado a cubrir la entrevista Mel Gibson La Pasión de Cristo, una exclusiva que todos en la redacción babeaban por tener. Mel, el galán eterno con esa mirada de diablo bueno, estaba de promo por el reestreno de su polémica película. El hotel era de lujo en Polanco, con vistas al skyline y aroma a jazmines frescos en el lobby. Me arreglé con un vestido negro ceñido que marcaba mis curvas, tacones altos y labial rojo pasión. Órale, Ana, no te pongas nerviosa, es solo trabajo, me dije en el espejo del elevador, pero mi piel ya picaba de anticipación.

La suite era un sueño: luces tenues, sofá de terciopelo, botella de tequila reposado en la mesa y el olor a colonia masculina flotando en el aire. Ahí estaba él, Mel Gibson, de pie junto a la ventana, camisa blanca arremangada mostrando antebrazos fuertes, jeans ajustados que no dejaban a la imaginación. Sus ojos azules me escanearon de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con tequila. Hola, Ana, dijo con esa voz grave que eriza la piel, extendiendo la mano. Su apretón fue firme, cálido, y olía a hombre de verdad, a sudor limpio y loción de sándalo.

Empezamos la entrevista Mel Gibson La Pasión de Cristo sentados en el sofá, grabadora en mano. Le pregunté sobre el rodaje, el sufrimiento de Jesús, esa crudeza que había escandalizado al mundo. Fue una pasión real, visceral, contestó, inclinándose hacia mí, su rodilla rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental. Hablaba de dolor y redención, pero sus ojos se clavaban en mis labios, y yo sentía el calor subiendo por mis muslos. Este wey es puro fuego, pensé, cruzando las piernas para disimular la humedad que ya se asomaba.

La plática fluyó como mezcal suave. Le conté que en México amamos sus pelis, que La Pasión nos pegó duro por lo católicos que somos. Él rio, una carcajada ronca que vibró en mi pecho. ¿Y tú, Ana? ¿Qué pasión te mueve? Su pregunta me tomó desprevenida. Me mordí el labio, oliendo su aliento a menta fresca. La pasión por lo prohibido, por lo que quema adentro, respondí coqueta, y vi cómo su pupila se dilataba. El aire se espesó, cargado de electricidad, como antes de tormenta en el DF.

De pronto, su mano grande cubrió la mía sobre el sofá. Esta entrevista se está poniendo interesante, murmuró, su pulgar acariciando mi dorso. Mi pulso se aceleró, corazón retumbando en los oídos. Quise ser pro, pero mi cuerpo gritaba ¡Tómame, pendejo guapo!. Lo miré fijo: Sí, Mel, la pasión de Cristo es nada comparada con esta. Se acercó, su boca capturando la mía en un beso que sabía a deseo puro, lengua explorando con hambre santa. Gemí bajito, sintiendo su barba raspando mi piel suave, manos enredándose en mi pelo.

Acto dos: la escalada. Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y lavanda. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Eres una diosa mexicana, mamacita, gruñó, lamiendo mi cuello, bajando a mis pechos. Sus labios chupaban mis pezones duros como piedras, enviando descargas a mi entrepierna. Yo arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de excitación mezclado con el suyo, masculino y embriagador. ¡Qué rico, cabrón, no pares! jadeé, arañando su espalda ancha.

Sus dedos bajaron, colándose en mis bragas de encaje. Estaba empapada, chorreando por él. Estás lista para tu pasión, dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en el punto que me hace ver estrellas. Gemí fuerte, caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de mi coño llenando la habitación. Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. ¡Madre santa! exclamé, oliendo ese musk varonil. La lamí de la base a la punta, saboreando la gota salada de pre-semen, chupando como si fuera el último tequila del mundo.

Él jadeaba, ¡Sí, Ana, trágatela toda!, manos en mi cabeza guiándome. Lo monté despacio, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El roce era exquisito, mi clítoris frotando su pubis peludo. Cabalgamos como posesos, sudor perlando nuestras pieles, slap-slap de carne contra carne, gemidos en español e inglés mezclados. ¡Más duro, Mel, dame tu pasión de Cristo! grité, y él embistió desde abajo, manos amasando mis nalgas. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos y piel caliente.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él me volteó a perrito, penetrándome profundo, una mano en mi clítoris frotando circles perfectos. Ven conmigo, preciosa, ordenó, y exploté. Orgasmos como olas en Acapulco, cuerpo temblando, grito ahogado en la almohada. Él siguió, gruñendo, hasta derramarse dentro, caliente y abundante, marcándome como suya.

Afterglow: nos quedamos enredados, respiraciones calmándose, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón. El sol se colaba por las cortinas, pintando nuestra piel dorada. Esa fue la mejor entrevista de mi vida, rio él, besando mi ombligo. Yo acaricié su pelo grisáceo, sintiendo paz y poder. No fue solo sexo, fue conexión, wey, pensé. Hablamos bajito de la vida, de pasiones reales versus las de la pantalla. Me vestí con piernas flojas, pero alma llena. Al salir, su beso final fue promesa: Vuelve pronto, Ana.

En el elevador, sonrisa boba en el espejo. La entrevista Mel Gibson La Pasión de Cristo había sido legendaria, pero mi versión, la de la carne y el alma, era mía para siempre. Caminé por Polanco con paso de reina, el eco de su toque aún vibrando en mi piel.

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