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Crónicas de una Pasión Desenfrenada

7097 palabras

Crónicas de una Pasión Desenfrenada

En las luces parpadeantes de una fiesta en Polanco, neta que no esperaba encontrar algo así. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, sorbía un margarita helado mientras el ritmo de la cumbia rebajada me hacía mover las caderas sin querer. El aire olía a jazmín y a sudor fresco, esa mezcla que enciende la noche mexicana. Ahí lo vi: alto, moreno, con una sonrisa que prometía travesuras. Se llamaba Diego, un arquitecto chido que diseñaba hoteles en la Riviera Maya. Sus ojos cafés me clavaron como si ya supiera mis secretos.

—Órale, güey, ¿vienes seguido por acá? —le pregunté, juguetona, mientras el hielo de mi trago chorreaba por mi mano.

—No tanto como quisiera, pero esta noche me diste una razón para quedarme —respondió, su voz grave como un ronroneo, acercándose lo suficiente para que oliera su colonia amaderada, con un toque de tabaco.

Empezamos a platicar de todo: de la Ciudad de México que nos volvía locos con su caos delicioso, de tacos al pastor que extrañaba en sus viajes, de cómo la vida a veces te pone un pendejo destino pero con recompensas calientes. Sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada me desnudara poco a poco. Bailamos, pegaditos, su mano en mi cintura firme pero suave, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Mi corazón latía fuerte, tan tan tan, sincronizado con el bajo de la música. Era el inicio de algo, una chispa que amenazaba con incendiarlo todo.

Estas son mis crónicas de una pasión que no pedí, pero que me reclamó como suya desde el primer roce.

La noche avanzaba y la tensión crecía como la humedad en el aire antes de la lluvia. Salimos de la fiesta, caminando por las calles empedradas de Polanco, riéndonos de tonterías. Su brazo rozaba el mío, enviando descargas eléctricas por mi espina. Terminamos en un bar escondido, con meseros que nos servían tequilas reposados en vasos de cristal tallado. El líquido quemaba mi garganta, dulce y ahumado, despertando cada nervio dormido.

—¿Sabes qué, Ana? Me traes loco con esa forma de mirarme, como si ya supieras cómo sabe mi boca —dijo Diego, su aliento cálido en mi oreja, haciendo que se me erizara la piel del cuello.

Lo miré fijo, mordiéndome el labio inferior. —Neta, Diego, si no me besas ya, te juro que exploto.

Su beso fue un huracán: labios suaves pero exigentes, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a tequila y a deseo puro, su barba raspándome deliciosamente la barbilla. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa. El mundo se redujo a eso: su sabor salado, el sonido de nuestras respiraciones agitadas, el aroma de su piel sudada mezclándose con el mío. Nos fuimos a su departamento en Reforma, un penthouse con vistas al Ángel de la Independencia brillando en la distancia.

Adentro, la puerta apenas se cerró y ya estábamos devorándonos. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando su espalda mientras él me levantaba, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. —Qué chingón te sientes, cabrón —gemí, sintiendo su dureza presionando contra mí a través de la ropa.

Me llevó al sofá de piel suave, el aire acondicionado zumbando bajito mientras nos quitábamos la ropa con urgencia. Su cuerpo era un mapa de tentaciones: pectorales firmes, abdomen marcado, esa verga gruesa y palpitante que me hacía salivar. La toqué, suave al principio, sintiendo las venas latiendo bajo mis dedos, el calor irradiando. Él gimió, un sonido ronco que vibró en mi clítoris.

En estas crónicas de una pasión, cada toque era un capítulo que me consumía viva.

Diego me recostó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel. Bajó lento, torturándome con su aliento caliente sobre mis pechos. Mis pezones se endurecieron como piedras bajo su lengua experta, chupando, mordisqueando suave. ¡Ay, wey! arqueé la espalda, el placer punzando como rayos. Sus manos masajeaban mis muslos, abriéndolos, exponiendo mi panocha húmeda y ansiosa. Olía a mí, a excitación almizclada, y él inhaló profundo, ojos brillando de lujuria.

—Estás empapada, rica. Quiero comerte entera —murmuró, antes de hundir la cara entre mis piernas.

Su lengua fue magia: lamiendo mi clítoris en círculos lentos, succionando con hambre, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo ahí, en mi punto G. El sonido era obsceno, chap chap de mi jugo contra su boca, mis gemidos rebotando en las paredes. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. —¡No pares, pendejo, me vengo! —grité, explotando en temblores, chorros de placer mojando su barbilla.

No me dio tregua. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo mis nalgas redondas. Su verga rozaba mi entrada, resbaladiza, tentándome. —¿Quieres que te coja, Ana? Dime —preguntó, voz ronca de necesidad.

—¡Sí, métemela ya, carajo! Hazme tuya —supliqué, empinando el culo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Madre mía! era enorme, llenándome hasta el fondo, su pubis chocando contra mis nalgas con un plaf rítmico. Empezó a bombear, lento al principio, dejando que sintiera cada vena, cada pulso. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo impregnando el aire. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi clítoris, mis tetas rebotando. Grité su nombre, él el mío, en un coro de pasión mexicana cruda y honesta.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, yo cabalgando salvaje, sintiendo su verga golpear mi cervix con cada bajada. Sudor goteaba de mi frente al su pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Nuestros ojos conectados, almas desnudas en ese vaivén frenético. El clímax nos alcanzó juntos: él gruñendo, llenándome de leche caliente que desbordaba, yo convulsionando, uñas clavadas en su piel.

Crónicas de una pasión que me dejó marcada, con el cuerpo temblando y el alma en llamas.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse de a poquito. Besos suaves post-sexo, risas compartidas sobre lo chido que había sido. —Esto no termina aquí, ¿verdad? —pregunté, trazando círculos en su brazo tatuado con un águila devorando serpiente.

—Ni madres, mi reina. Esto es solo el principio de nuestras crónicas —dijo, sellándolo con un beso profundo.

Al amanecer, con el sol tiñendo el skyline de oro, supe que esta pasión desenfrenada había cambiado algo en mí. Me sentía empoderada, viva, lista para más capítulos en esta ciudad de amores intensos.

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