Nos Amamos Pero No Hay Pasión
Me llamo Ana, y con Javier llevamos diez años casados. Nos amamos pero no hay pasión, me repito cada noche mientras nos acostamos lado a lado, como dos compañeros de cuarto que comparten cama. Él es mi carnal, mi todo: el que me trae el café por las mañanas con una sonrisa chida, el que me abraza fuerte cuando el mundo se pone pesado. Pero en la cama, todo es rutina. Un besito rápido, un meneo mecánico y a dormir. Neta, extraño esa hambre que nos devoraba al principio, cuando nos veíamos en el DF y terminábamos enredados hasta el amanecer.
Esta noche, en nuestra casa en Coyoacán, con el aroma a mole de olla flotando desde la cocina porque cenamos lo que sobró de la comida de mi suegra, Javier entra al cuarto. Lleva su playera vieja de los Pumas, sudada del gimnasio. Lo miro de reojo mientras me quito el brasier bajo la blusa. Su pecho ancho, esas manos callosas que me vuelven loca cuando me tocan con ganas. "¿Todo bien, mi reina?" pregunta, quitándose los tenis con un plaf en el piso de losa.
"Sí, wey, solo cansada", miento. Me acuesto y él se mete a la regadera. Oigo el chorro de agua golpeando las baldosas, imagino el jabón resbalando por su espalda, bajando hasta su verga gruesa que ya no me pone como antes. Salgo del cuarto y voy a la cocina por un vaso de agua. El viento de la noche entra por la ventana, trayendo olor a jazmín del jardín. Pienso en lo que leí en un blog erótico: "La pasión se reaviva con sorpresa". ¿Y si lo sorprendo?
Cuando sale, envuelto en la toalla, lo espero sentada en la cama con una camisola roja que compré en el tianguis y nunca usé. Sus ojos se abren como platos. "Órale, ¿qué onda, nena?" dice, con esa voz ronca que me eriza la piel.
"Ven pa'cá, pendejo", le digo juguetona, jalándolo por la toalla. Se ríe y cae sobre mí, su peso cálido presionándome el colchón. Nos besamos, pero como siempre, es tierno, predecible. Lo empujo. "No, hoy va a ser diferente. Nos amamos, pero necesitamos pasión, ¿no?"
Él asiente, confundido pero intrigado. Lo ato las manos con la toalla a la cabecera, riéndonos como chamacos. Su piel huele a jabón de lavanda y hombre sudado, delicioso. Le quito la toalla despacio, rozando mis uñas por sus muslos. Su verga salta libre, ya medio parada, venosa y palpitante. La miro fijo, lamiéndome los labios. "Te voy a hacer suplicar, cabrón".
Empiezo por sus pezones, chupándolos suave, mordisqueando hasta que gime bajito, un sonido gutural que me moja entre las piernas. Bajo la boca por su abdomen, sintiendo los músculos tensarse bajo mi lengua. El sabor salado de su piel me enciende. Llego a su verga, la beso en la punta, saboreando la gota perlada que sale. "Qué rico sabe mi amor", pienso, mientras la engullo despacio, sintiendo cómo se endurece en mi boca, llenándome la garganta. Él jadea, tira de las ataduras. "Ana, neta, me vas a matar".
Me detengo justo cuando está al borde, riéndome malvada. Me quito la camisola, quedando en tanga. Mis tetas grandes rebotan libres, pezones duros como piedras. Me subo encima, frotando mi concha húmeda contra su verga sin meterla. El calor de su piel contra la mía es eléctrico, nuestros jugos mezclándose, olor a sexo puro invadiendo el cuarto. "Súbete, por favor", suplica.
Pero no. Lo desato y lo volteo boca abajo. "Ahora tú me das". Le pongo lubricante en el culo –sí, lo compramos hace tiempo pero nunca usamos– y meto un dedo, suave. Él gruñe de placer, arqueando la espalda. Le masajeo las nalgas firmes, besándolas, lamiendo hasta su ano. El sabor almizclado me excita más. Luego, lo monto de reversa, guiando su verga a mi concha chorreante. Entro despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, me llena hasta el fondo. "¡Ay, qué chido!" gimo, empezando a cabalgar lento.
El slap-slap de mi culo contra sus huevos llena el aire, mezclado con nuestros jadeos. Sudamos, el olor a sexo y sudor nos envuelve como niebla caliente. Agarro sus bolas, masajeándolas mientras subo y bajo, mi clítoris rozando su pubis. Él empuja desde abajo, fuerte, animal. "¡Más duro, Javier! ¡Dame pasión!" grito, y él obedece, volteándome sin salir, poniéndome en cuatro.
Aquí viene el medio: la tensión sube como lava. Me penetra profundo, sus manos en mis caderas magullándome delicioso. Siento cada vena de su verga frotando mis paredes, el glande besando mi cervix. Grito su nombre, arañando las sábanas. Él me jala el pelo suave, mordiendo mi cuello, dejando marca. "Eres mía, Ana, toda mía", ronronea al oído, su aliento caliente.
"Nos amamos pero ya hay pasión, carajo", pienso, mientras un orgasmo se arma en mi vientre, como tormenta.
Cambio de posición: me acuesta de lado, levanta mi pierna y entra de nuevo, lento al principio, luego bestial. Nuestros cuerpos chocan con sonidos húmedos, piel resbalosa. Chupo sus dedos, él lame mis tetas, succionando fuerte. El cuarto huele a nosotros: semen pre, jugos femeninos, sudor picante. Mi corazón late desbocado, oigo mi pulso en los oídos.
La intensidad crece. Me corro primero, un tsunami que me sacude, concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando sus bolas. "¡Sí, sí, wey!" aullo, temblando. Él no para, embiste más, gruñendo como león. Siento sus bolas apretarse contra mí, su verga hincharse. "Me vengo, nena", avisa, y explota dentro, chorros calientes pintando mis paredes, desbordando.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose. Su semen gotea de mí, cálido en mis muslos. Lo beso, saboreando sal en sus labios. "Te amo, Javier. Pero ahora con pasión", susurro.
Él ríe, acariciándome el pelo. "Neta, mi reina, esto era lo que faltaba. Mañana repetimos, ¿va?"
Nos quedamos así, piel pegada a piel, el viento trayendo olor a tierra mojada de la lluvia lejana. Nos amamos y ahora la pasión arde. Duermo con su brazo sobre mí, soñando con más noches así, en nuestra vida chida de Coyoacán.