Pasión de Gavilanes Capítulo 169 Fuego en la Piel
La noche caía sobre mi depa en la Roma, con ese calor pegajoso de julio que se colaba por las ventanas abiertas. El olor a tacos de suadero de la taquería de la esquina flotaba en el aire, mezclado con el perfume de jazmín del jardín vecino. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de piel gastada, con las piernas cruzadas, sintiendo el ventilador zumbando sobre mí como un susurro impaciente. Mi carnal, Javier, acababa de llegar del jale, con la camisa desabotonada y el sudor brillándole en el pecho moreno. Neta, cada vez que lo veo así, se me acelera el pulso, pensé, mientras lo veía tirar las llaves en la mesa.
"¿Qué onda, morra? ¿Ya pusiste la novela?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel, acercándose con una cerveza en la mano. Asentí, sonriendo pícara. Habíamos quedado en ver Pasión de Gavilanes capítulo 169, ese episodio donde los hermanos Reyes se enredan en una pasión que quema. La tele ya estaba prendida, el volumen bajo, y el opening con su música ranchera llenaba la sala. Javier se dejó caer a mi lado, su muslo rozando el mío, y el calor de su cuerpo me invadió como una ola. Sentí su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio por el short de mezclilla que traía puesto.
En la pantalla, los gavilanes declaraban su amor con miradas que prometían todo. "Mira cómo se comen con los ojos", murmuró Javier, su aliento cálido en mi oreja. Yo volteé, y sus labios ya estaban cerca, suaves y exigentes. Nos besamos lento al principio, saboreando el frío de la cerveza en su lengua y el salado de su piel. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, mientras su palma se colaba bajo mi blusa, rozando mi ombligo.
Chingado, este wey sabe cómo encender el fuego, pensé, sintiendo un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna.
La novela seguía, pero ya no la veíamos. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis nalgas. "Vamos a hacer nuestro propio capítulo 169", gruñó, llevándome al cuarto. El colchón crujió cuando me tiró sobre él, y el olor de las sábanas frescas, con ese toque de lavanda que tanto me gusta, nos envolvió. Me quité la blusa de un jalón, dejando mis tetas al aire, y él se lamió los labios, mirándome como si fuera su presa favorita. "Estás cañón, Ana", dijo, bajando la cabeza para morder suave un pezón. El placer me recorrió como electricidad, un jadeo escapando de mi boca mientras arqueaba la espalda.
Sus manos expertas desabrocharon mi short, deslizándolo con mis calzones de encaje. El aire fresco besó mi piel húmeda, y sentí su mirada devorándome ahí abajo. "Mira cómo estás, toda mojada por mí", susurró, pasando un dedo por mi raja, abriéndome despacio. Gemí, agarrando las sábanas, el sonido de mi propia respiración agitada llenando la habitación. Él se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome. Quiero esa madre adentro ya, rugió mi mente, pero me contuve, queriendo alargar el juego.
Me puse de rodillas, el piso alfombrado suave bajo ellas, y la tomé en la mano, sintiendo su calor palpitante. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado de su piel, subiendo hasta la cabeza donde una gota brillaba. Javier maldijo bajito, "Pinche rica", enredando sus dedos en mi pelo. La chupé hondo, moviendo la lengua en círculos, escuchando sus gruñidos roncos que me ponían más caliente. Mi concha latía, pidiendo atención, y metí una mano entre mis piernas, frotando mi clítoris hinchado mientras lo mamaba. El cuarto olía a sexo ya, a sudor y deseo crudo.
No aguantó mucho. Me levantó, volteándome boca abajo, y se colocó atrás. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. "Dime si quieres, mi amor", jadeó, siempre tan cabrón respetuoso. "¡Sí, chingame ya!", grité, empujando contra él. Entró de un solo golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El placer fue un estallido, mis paredes apretándolo mientras él empezaba a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de gozo por mi cuerpo. El slap-slap de su pelvis contra mi culo resonaba, mezclado con mis gemidos y sus respiraciones entrecortadas.
Es como si fuéramos los Reyes en esa novela, pura pasión de gavilanes, pensé fugazmente, recordando el capítulo en la tele. Javier aceleró, una mano en mi cadera, la otra bajando a mi clítoris, frotando en círculos perfectos. Sudábamos, el olor almizclado de nuestros cuerpos invadiendo todo. "Más fuerte, wey, no pares", le rogué, sintiendo el orgasmo construyéndose como una tormenta. Él obedeció, clavándome profundo, su verga hinchándose dentro. Grité cuando exploté, mi concha contrayéndose en espasmos, ordeñándolo. Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente inundándome.
Caímos exhaustos, enredados en las sábanas revueltas. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, su mano acariciando mi vientre suave. El ventilador seguía zumbando, enfriando nuestro sudor, y afuera, el bullicio de la ciudad era un murmullo lejano. "Neta, eso fue mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 169", murmuró Javier, besando mi cuello. Reí bajito, girándome para mirarlo a los ojos, oscuros y llenos de ternura. Este hombre es mi todo, pensé, sintiendo un calor diferente, uno de paz profunda.
Nos quedamos así un rato, hablando pendejadas sobre la novela, planeando ver el siguiente capítulo juntos. Su piel olía a nosotros, a sexo y amor, y cada roce de sus dedos en mi brazo me recordaba lo viva que me hace sentir. Al final, nos dormimos pegados, con el eco de esa pasión resonando en mi alma, lista para más noches como esta.