Pa Que Son Pasiones Ramon Ayala
La noche en el rancho ardía con el calor del verano norteño, el aire cargado de olor a tierra húmeda y humo de barbacoa. Tú llegas con tus carnales, el sonido del acordeón de Ramón Ayala retumba desde los bocinas, esa rola que siempre te pone la piel chinita: pa que son pasiones. El ritmo te envuelve como un abrazo caliente, las luces tenues bailan sobre las mesas llenas de chelas frías y botellas de tequila. Tus ojos recorren el lugar, buscando algo que acelere tu pulso, y ahí lo ves: un moreno alto, con sombrero ladeado y camisa ajustada que marca sus hombros anchos. Se llama Javier, te enteras después, y su mirada te quema desde el otro lado del patio.
¿Pa que son pasiones Ramón Ayala si no pa' dejarse llevar?
Te acercas a la mesa donde él está con sus cuates, fingiendo pedir una chela. Él te sonríe, esa sonrisa pícara que promete problemas buenos. "Órale, güeyita, ¿vienes a bailar o nomás a ver cómo nos divertimos?" Su voz grave te eriza la nuca, huele a colonia barata mezclada con sudor fresco. Bailan un norteño pegadito, sus manos en tu cintura, el roce de su pecho contra el tuyo. Sientes el calor de su piel a través de la tela, el latido de su corazón sincronizándose con el tuyo al ritmo de la música. Tus caderas se mueven juntas, rozando justo lo suficiente pa' encender la chispa. Pa que son pasiones, piensas, mientras su aliento cálido te roza la oreja.
La fiesta avanza, pero la tensión entre ustedes crece como el fuego de la fogata. Se escapan un rato a caminar por el corral, el crujido de la grava bajo sus botas, el relincho lejano de los caballos. Hablan de la vida, de cómo el norte te hace fuerte, de amores que vienen y van como las tormentas. Él te cuenta de sus viajes con el grupo musical, tocando rolas de Ramón Ayala en cantinas lejanas. Tú sientes su mano rozar la tuya, un toque eléctrico que te hace mordirte el labio. "Tú me gustas, ¿sabes? Tienes esa mirada que dice que no te achicas." Su confesión te derrite por dentro, el olor a heno y cuero de su chamarra te invade los sentidos.
Regresan a la fiesta, pero ya no aguantan. La rola suena de nuevo, pa que son pasiones Ramón Ayala, y él te jala hacia una habitación al fondo del rancho, un cuartito sencillo con cama de madera y sábanas frescas. Cierran la puerta, el mundo afuera se apaga, solo queda el eco de la música filtrándose por las paredes. Sus labios encuentran los tuyos en un beso hambriento, sabor a tequila y menta, lenguas danzando con urgencia. Tus manos recorren su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo tus uñas, mientras él te empuja suave contra la pared, su cuerpo presionando el tuyo con deseo puro.
Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir viva, que no pida permiso pa' tomar lo que ambos queremos.
Él te quita la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que descubre, el roce de su barba incipiente erizando tus pechos. Tú desabrochas su camisa, oliendo su sudor limpio, ese aroma masculino que te hace jadear. Sus manos grandes exploran tus curvas, apretando tus nalgas con fuerza juguetona, "Qué chingona estás, mija." Caes en la cama, él encima, besos bajando por tu cuello, lamiendo el valle entre tus senos. Sientes su verga dura contra tu muslo, palpitante, lista. Le bajas el pantalón, liberándola, pesada y caliente en tu mano, el tacto sedoso de la piel sobre el acero debajo.
La tensión sube como el volumen de un corrido, tus gemidos se mezclan con el acordeón lejano. Él te come con los ojos, "Dime si quieres que pare, pero no lo haré si no me lo pides." Tú respondes arqueándote, guiando su boca a tu entrepierna. Su lengua experta te lame despacio al principio, saboreando tu humedad salada, luego más rápido, chupando tu clítoris con maestría. El placer te sacude, olas de calor subiendo por tu vientre, tus uñas en su pelo, tirando suave. Olor a sexo y deseo, el sonido húmedo de su boca devorándote.
Lo volteas, montándolo como una amazona, su verga deslizándose dentro de ti centímetro a centímetro, llenándote hasta el fondo. El estiramiento delicioso te hace gritar bajito, "¡Sí, cabrón, así!" Cabalgas con ritmo propio, sintiendo cada vena, cada pulso contra tus paredes internas. Él te agarra las caderas, embistiendo desde abajo, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando entre sus pechos. El cuarto huele a pasión cruda, a fluidos mezclados, el aire espeso. Tus pezones rozan su pecho, enviando chispas directas a tu centro.
Pa que son pasiones si no pa' esto, pa' perderse en el otro, pa' explotar juntos.
Cambian posiciones, él te pone a cuatro patas, entrando de nuevo con un golpe profundo que te hace ver estrellas. Sus manos en tu cintura, jalándote contra él, el sonido de carne chocando como tambores de guerra. Tú te tocas el clítoris, acelerando el fuego, mientras él gruñe en tu oído, "Me vengo, güeyita, contigo." El orgasmo te arrasa primero, contrayéndote alrededor de él, un grito ahogado que libera todo el estrés acumulado. Él se corre segundos después, caliente dentro de ti, pulsos interminables que te llenan de calidez.
Caen exhaustos en la cama, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor. Él te abraza por detrás, besando tu hombro, el olor a sexo impregnando las sábanas. Afuera, la fiesta sigue, pero aquí hay paz, un afterglow que sabe a victoria compartida. "Fue chido, ¿verdad? Como dice Ramón Ayala, pa' que son pasiones." Tú sonríes en la oscuridad, sintiendo su mano acariciando tu vientre, el latido calmado de su corazón contra tu espalda.
Al amanecer, se despiden con un beso largo, promesas de verse de nuevo en otra cantina, otra noche de música y fuego. Sales al sol naciente, el cuerpo satisfecho, la mente clara. Pa que son pasiones Ramón Ayala, piensas, caminando con paso ligero, lista pa' lo que venga.