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Imágenes de Pasión con Frases que Encienden (1)

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Imágenes de Pasión con Frases que Encienden

Ana se recostó en su cama, el ventilador zumbando perezosamente sobre ella en esa noche calurosa de Guadalajara. El aire olía a jazmín del jardín de abajo y a la comida de tacos que su vecina acababa de freír. Su teléfono vibró en la mesita de noche, iluminando la habitación con un resplandor azul. Abrió Instagram y ahí estaba: un carrusel de imágenes de pasión con frases que un wey desconocido había compartido en sus historias. Fotos de parejas entrelazadas, pieles brillando bajo luces tenues, y sobre cada una, palabras que le erizaron la piel: "Tu mirada me quema como tequila en la garganta". Neta, qué chido, pensó, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Él se llamaba Marco, según el perfil. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba problemas deliciosos. Ana, con sus 28 años y un curro estresante en una agencia de diseño, no buscaba nada serio, pero esas imágenes la habían atrapado. Le dio like a la historia y, sin pensarlo mucho, le mandó un DM: "Esas imágenes de pasión con frases me dejaron pensando... ¿y si las hacemos realidad?". El corazón le latía fuerte mientras esperaba. Minutos después, la respuesta: "Órale, mamacita, ¿dónde y cuándo? Mi verga ya está lista para tu fuego". Se mordió el labio, el calor subiendo por su pecho.

¿Estoy loca? Pero neta, se ve rifado. Hace meses que no siento esto.

Quedaron en un bar en la Zona Rosa, ese lugar con luces neón y reggaetón retumbando. Ana llegó con un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas, el perfume de vainilla envolviéndola como una promesa. Marco ya estaba ahí, en una mesa al fondo, con una cerveza en la mano. Sus ojos se clavaron en ella al instante, oscuros y hambrientos. "Ven, preciosa", dijo con voz grave, jalándola para un beso en la mejilla que duró un segundo de más. Su barba raspó su piel suave, y olió a colonia fresca mezclada con sudor masculino. Se sentaron cerca, las rodillas rozándose bajo la mesa.

Hablaron de todo: de la pinche vida en GDL, de cómo el tráfico te hace querer matar a alguien, de esas imágenes de pasión con frases que él creaba para desahogarse. "Me inspiro en lo que quiero vivir", confesó, su mano subiendo por el muslo de ella. Ana sintió el pulso acelerado, el roce de sus dedos callosos enviando chispas directo a su centro. "Eres más caliente que cualquier foto", murmuró él, y ella rio, pero su cuerpo ya estaba traicionándola, húmeda y ansiosa. Pidieron tequilas, el líquido ardiente bajando por su garganta, avivando el fuego.

La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Marco le mostró más imágenes en su teléfono, ahora en privado: una de labios mordidos con la frase "Bésame hasta que duela", otra de manos explorando con "Tu piel es mi mapa". Ana jadeó bajito, imaginándose en ellas.

Chin, este wey sabe lo que hace. Mi chocha palpita nomás de verlo.
Salieron del bar tambaleándose un poco, riendo, sus cuerpos pegados en la calle húmeda por la lluvia reciente. El olor a tierra mojada se mezclaba con su excitación. Tomaron un Uber a su depa, las manos impacientes bajo la falda de ella, él susurrando: "No aguanto más, Ana".

En el elevador, ya no hubo contención. Marco la acorraló contra la pared, sus labios devorando los de ella en un beso salvaje. Sabían a tequila y menta, lenguas danzando furiosas. Sus manos grandes amasaron sus nalgas, apretándola contra su erección dura como piedra. Ana gimió contra su boca, el sonido ahogado por el ding del elevador. Entraron al depa a tropezones, prendas volando: el vestido de ella al suelo, revelando lencería roja; la camisa de él, mostrando un pecho tatuado y musculoso.

La llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Se miraron, jadeantes, el aire cargado de su aroma almizclado. "Quiero comerte entera", gruñó Marco, bajando por su cuello, lamiendo el sudor salado de su clavícula. Sus dientes rozaron un pezón endurecido, succionándolo hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!". El cuarto olía a sexo inminente, a su excitación dulce y pegajosa. Él descendió más, besando su vientre suave, hasta llegar a sus muslos temblorosos. Separó sus piernas con gentileza, inhalando profundo: "Hueles a paraíso, wey". Su lengua trazó su raja húmeda, saboreando su néctar, chupando el clítoris hinchado con maestría.

Ana se retorcía, uñas clavadas en su cabello, el placer construyéndose como una ola.

Puta madre, nunca me habían lamido así. Es como si supiera exactamente dónde tocar.
Gritó su nombre cuando el primer orgasmo la sacudió, piernas convulsionando, jugos empapando su barbilla. Marco subió, besándola para que probara su propio sabor, salado y adictivo. Ella lo volteó, ansiosa por devolverle el favor. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precum. La lamió desde la base, saboreando la piel salada, hasta engullirla profunda, garganta relajada por el deseo. Él gruñó, caderas empujando: "¡Qué chingona mamada, Ana!".

Pero querían más. Ana se montó sobre él, guiando su polla a su entrada resbaladiza. Se hundió lento, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. "Estás tan apretada, tan caliente", jadeó él, manos en sus caderas. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, el slap de piel contra piel mezclándose con sus gemidos. Sudor perlando sus cuerpos, el olor intenso de pasión llenando el cuarto. Marco se incorporó, succionando un pezón mientras embestía arriba, profundo y rítmico. Ella clavó uñas en su espalda, sintiendo cada vena pulsar dentro de ella.

La intensidad subió: él la puso a cuatro patas, penetrándola desde atrás con fuerza controlada. El espejo al frente reflejaba la escena obscena: sus caras de éxtasis, culos chocando. "Míranos, como en esas imágenes", susurró él, y ella vio imágenes de pasión con frases vivas en sus cuerpos. Una mano bajó a su clítoris, frotando en círculos, mientras la otra tiraba de su cabello. Ana explotó de nuevo, gritando "¡Me vengo, Marco, no pares!", paredes contrayéndose alrededor de él. Él la siguió segundos después, rugiendo, llenándola con chorros calientes que desbordaron, goteando por sus muslos.

Colapsaron exhaustos, enredados en sábanas revueltas, el corazón latiendo al unísono. Marco la besó suave, trazando patrones en su espalda sudorosa. "Eso fue mejor que cualquier foto", murmuró. Ana sonrió, oliendo su piel mezclada con la suya, el afterglow envolviéndolos como niebla tibia.

Neta, esto es lo que necesitaba. No sé si será una sola noche, pero valió cada imagen, cada frase.
Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habían creado su propia pasión eterna.

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