Livia Brito Abismo de Pasion
La vi por primera vez en esa fiesta en Polanco, con las luces neón bailando sobre su piel morena como si el mismísimo sol de Veracruz la hubiera besado. Livia Brito, la reina de las telenovelas, con ese vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo como un pecado hecho carne. Yo era solo un tipo común, un productor chiquito de comerciales, pero esa noche el tequila me dio alas. Neta, carnal, pensé, si no me acerco, me voy a arrepentir toda la vida.
El aire olía a mezcal ahumado y a jazmín de los jardines del rooftop. La música ranchera fusionada con reggaetón retumbaba en el pecho, haciendo que mi pulso se acelerara como motor de vocho tuneado. Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo que no sudaba frío. “Órale, Livia, ¿qué onda? Soy fan de Abismo de Pasión, esa novela te dejó en lo más alto, ¿no?”, le solté, con la voz temblando un poquito.
Ella giró, sus ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido, y sonrió con esa dentadura perfecta que tanto he visto en la tele. “¡Ay, güey! ¿De verdad? Esa novela fue puro fuego, ¿verdad? Me tuvo en un abismo de pasión todo el tiempo grabando.” Su voz era ronca, juguetona, con ese acento veracruzano que suena a caricias calientes. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como mar y sudor fresco. Mi verga dio un salto traicionero en los pantalones.
Pinche Livia Brito, abismo de pasión en persona, me dije, mientras charlábamos de la novela, de escenas locas y de cómo el set era un desmadre de hormonas.
La tensión crecía como tormenta en el Golfo. Sus risas eran chispas, sus roces accidentales cuando brindábamos con shots de reposado, fuego en mi piel. “Ven, baila conmigo”, me dijo, jalándome a la pista. Sus caderas se movían como olas, rozando mi entrepierna, y yo sentía el calor de su culo prieto contra mí. Chingado, pensé, esto no es real, pero si lo es, no pares. Sudábamos juntos, el olor de su perfume mezclado con mi colonia barata, un afrodisíaco brutal. Sus manos en mi cuello, mi aliento en su oreja: “Eres más caliente que en la tele, Livia”.
Media hora después, en el elevador del hotel vecino, ya no había vuelta atrás. Sus labios carnosos aplastaron los míos, sabor a tequila y menta, lengua danzando como serpiente en éxtasis. “Quiero que me cojas como en un abismo de pasión”, murmuró contra mi boca, sus uñas clavándose en mi espalda. Bajamos en su piso, tropezando, riendo como pendejos enamorados del momento. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación.
Acto dos, el desmadre empezó de verdad. La habitación era lujo puro: sábanas de hilo egipcio, vista a la ciudad brillando como diamantes. La desvestí lento, saboreando cada centímetro. Su piel suave como pétalo de bugambilia, cálida bajo mis dedos temblorosos. Besé su cuello, inhalando ese aroma a mujer en celo, salado y dulce. “¡Más, cabrón!”, jadeó, arqueando la espalda. Le quité el bra de encaje negro, y ahí estaban sus chichis firmes, pezones duros como balas de chocolate. Los chupé, mordí suave, oyendo sus gemidos roncos que rebotaban en las paredes.
Esto es el abismo, Livia Brito llevándome al fondo.
Mis manos bajaron, desabroché su falda, y su coñito depilado brillaba húmedo, olor a miel y deseo puro. La metí a la cama, ella gateando juguetona, meneando el culo como invitación. “Ven, pendejito afortunado, fóllame ya”. Me desnudé rápido, mi verga tiesa palpitando, venas hinchadas de pura necesidad. La penetré despacio primero, sintiendo su calor apretado envolviéndome como guante de terciopelo mojado. “¡Ay, sí! Así, profundo”, gritó, uñas en mi culo empujándome más adentro.
El ritmo subió, cuerpos chocando con palmadas húmedas, sudor resbalando entre nosotros. Su aliento caliente en mi cara, “Más fuerte, güey, rómpeme”. Yo la volteé a cuatro patas, admirando su espalda curva, el tatuaje chiquito en la nuca que no sabía que tenía. Empujaba como animal, bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose frenética. Olores intensos: sexo crudo, piel sudada, su corrida cercana oliendo a almizcle. Mis pensamientos eran puro caos: pinche sueño, Livia Brito abismo de pasión, cogiendo como diosa. Gemía mi nombre, “¡Alejandro, chingame!”, aunque mi nombre es Marco, pero qué pedo, en el calor todo vale.
La tensión psicológica era un torbellino. Yo luchaba por no acabar pronto, recordando viejos ligues mediocres, pero ella era nivel pro. “Te sientes tan chingón dentro”, susurraba, contrayendo sus paredes, ordeñándome. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgando como jinete en rodeo, chichis rebotando hipnóticos. Yo pellizcaba sus pezones, lamía su sudor salado del cuello. El sonido de su coño chorreando sobre mí, resbaloso, obsceno, delicioso. Mi pulso tronaba en oídos, corazón latiendo como tamborazo zacatecano.
El clímax se acercaba como avalancha. “Me vengo, cabrón”, chilló, cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando mis huevos. Eso me llevó al borde. La volteé misionero, piernas en hombros, embistiéndola profundo, ojos en ojos. “Córrete conmigo, Livia”, gruñí. Exploteé dentro, chorros calientes llenándola, ella arañándome mientras otra ola la sacudía. Gemidos fundidos en grito primal, el mundo blanco por segundos eternos.
Afterglow, tumbados enredados, piel pegajosa enfriándose. Su cabeza en mi pecho, dedo trazando círculos en mi abdomen. Olor a sexo persistente, sábanas revueltas testigos del desmadre. “Neta, eso fue un abismo de pasión”, rio suave, besando mi hombro. Yo acariciaba su pelo negro sedoso, pensando en lo jodidamente real que era. No hubo promesas, solo esa conexión cruda, empoderadora. Ella se levantó, desnuda gloriosa, sirviendo agua fresca que sabía a victoria. “Gracias por la noche, chulo”, dijo, y yo supe que este recuerdo me perseguiría como adicción dulce.
Al amanecer, Reforma despertando abajo, nos despedimos con un beso largo, sabor a promesas rotas pero satisfechas. Livia Brito, abismo de pasión andante, se fue meneando caderas, dejando mi alma en llamas. Pinche vida loca, pensé, sonriendo como idiota. El deseo inicial resuelto en éxtasis, pero el anhelo lingüístico eterno.