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Videos de Pasión Desnuda

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Videos de Pasión Desnuda

Yo era Ana, una morra de veintiocho tacos que trabajaba en una oficina chida en el centro de la CDMX. La vida me tenía hasta la madre con el estrés del jale diario, las juntas eternas y el tráfico infernal de Insurgentes. Pero neta, lo que me prendía era meterme a la red a buscar videos de pasión, esos que te hacen sudar solo de verlos. No era algo que le contaba a nadie, pero en las noches solitarias de mi depa en la Roma, me echaba un tequila y dejaba que las imágenes me llevaran volando.

Una noche de viernes, después de un día de mierda, llegué a mi casa con el cuerpo pesado. Me quité los tacones, sintiendo cómo el piso fresco de losa me masajeaba las plantas de los pies. El aire olía a las tortillas que mi vecina freía abajo, mezclado con el jazmín del balcón. Me serví un caballito de José Cuervo, el sabor áspero y ahumado me bajó por la garganta como un fuego lento. Abrí la laptop en la cama, las sábanas suaves rozando mis muslos desnudos bajo el shortcito. Busqué "videos de pasión" y ahí estaban, thumbnails con cuerpos entrelazados, miradas que prometían todo.

Me metí en uno: una pareja mexicana, él moreno y musculoso, ella con curvas que gritaban pecado. Sus gemidos suaves al principio, como susurros en la penumbra, me erizaron la piel.

¿Por qué carajos no tengo algo así en mi vida?
pensé, mientras mi mano bajaba sola, tocando la humedad que ya se acumulaba entre mis piernas. El calor subía, mi respiración se aceleraba con cada embestida en la pantalla. Pero algo faltaba. Quería lo real, el olor a piel sudada, el roce áspero de una barba.

Ahí fue cuando vi el perfil de Javier en los comentarios. "Qué chido video, neta prende", escribió. Su foto: ojos cafés intensos, sonrisa pícara, camisa ajustada que marcaba pectorales. Le mandé un mensaje impulsiva: "Órale, ¿tú también andas viendo videos de pasión? ¿O prefieres lo real?". Respondió en minutos: "Lo real siempre gana, mamacita. ¿Quieres checar?". Mi pulso se disparó. ¿Y si es un pendejo? me dije, pero el deseo ya me nublaba el juicio.

Quedamos en un bar en la Condesa al rato. El lugar vibraba con salsa, el humo de cigarrillos y el aroma dulce de mezcal flotando. Llegó puntual, alto, con jeans que le quedaban perfectos y un olor a colonia fresca con toque de madera. "Ana, ¿verdad? Neta, tus ojos en la foto no mienten", dijo con voz grave, ronca como un ronroneo. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. Hablamos de todo: del pinche tráfico, de tacos al pastor, y claro, de videos de pasión. "Esos videos me dan ideas locas", confesó, su mano rozando la mía accidentalmente. El toque fue eléctrico, como chispas en mi piel.

Acto de introducción al deseo, pensé. Caminamos a mi depa, el viento nocturno fresco contra mi blusa ligera, sus dedos entrelazados con los míos. Entramos, el pasillo angosto oliendo a mi perfume de vainilla. "Pon uno de esos videos de pasión", sugirió con picardía. Mi corazón latía como tambor en quinceañera. Encendí la tele, elegí uno sensual: luces tenues, cuerpos aceitados deslizándose.

Nos sentamos en el sofá, tan cerca que sentía su calor corporal, el aroma masculino de su sudor mezclado con colonia invadiéndome. El video empezó: besos húmedos, lenguas explorando. Javier giró mi rostro hacia él. "¿Vemos o hacemos?", murmuró. Mi respuesta fue un beso. Sus labios carnosos, suaves al principio, luego hambrientos, saboreando a tequila y menta. Su lengua danzó con la mía, un duelo delicioso que me dejó jadeante.

La tensión crecía como tormenta. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el bra lentamente, el sonido del cierre como un susurro prohibido.

Neta, esto es mejor que cualquier video
, pensé mientras su boca bajaba a mi cuello, mordisqueando suave, enviando ondas de placer directo al centro de mí. Gemí bajito, el sonido ahogado por su beso. El video seguía de fondo, gemidos ajenos amplificando los nuestros.

Me quitó la blusa, sus ojos devorándome. "Eres una chulada, Ana", gruñó, voz ronca de deseo. Sus dedos trazaron mis pechos, pezones endureciéndose bajo su toque áspero, calloso de quien trabaja con las manos. Lamí su cuello, salado, adictivo. Bajé su camisa, besando pectorales firmes, el vello rizado rozando mi lengua. Se levantó, quitándose todo, su verga erecta saltando libre, gruesa, venosa, palpitante. Qué tentación.

Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, el olor almizclado de su excitación golpeándome. Lamí la punta, sabor salado y dulce, su gemido gutural me empapó más. Chupé despacio, lengua girando, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca. "¡Órale, qué rica!", jadeó, dedos enredados en mi pelo sin forzar, solo guiando.

Me levantó, nos fuimos a la cama. El colchón nos recibió suave, sábanas revueltas. Me tendí, piernas abiertas invitando. Besó mi vientre, bajando lento, tortura exquisita. Su aliento caliente en mi monte, luego lengua en mi clítoris, círculos precisos que me arquearon. El mundo se redujo a eso: succión suave, dedos curvándose dentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Olía a mi propia excitación, almizcle dulce, sudada. Gemí alto, "¡Javier, no pares, cabrón!", riendo entre jadeos.

La intensidad subía. Volteó, yo encima, montándolo. Su verga entró despacio, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. El roce interno, fricción ardiente, me hizo gritar. Cabalgué, pechos rebotando, sus manos en mis caderas guiando el ritmo. Sudor nos unía, piel resbaladiza, sonidos húmedos de carne contra carne. El video olvidado, pero su eco en nuestras mentes: pasión cruda, real.

Cambié de posición, él atrás, perrito. Sus embestidas profundas, bolas golpeando mi culo, palmadas suaves que ardían placenteras.

Soy suya, pero yo lo controlo
, pensé empoderada. Alcancé mi clímax primero, olas rompiendo, contrayéndome alrededor de él, grito ahogado en la almohada. Él siguió, gruñendo, "¡Me vengo, Ana!", caliente dentro, llenándome.

Colapsamos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El aire olía a sexo, a nosotros. Besos suaves postorgasmo, risas cansadas. "Mejor que cualquier video de pasión", susurró, acariciando mi espalda. Asentí, corazón lleno. Esto era el verdadero fuego.

Nos quedamos así, hablando bajito hasta el amanecer. El sol filtrándose por las cortinas, tiñendo todo dorado. Javier se fue prometiendo más, pero supe que esto cambiaría todo. Ya no solo videos; ahora tenía mi propia historia de pasión, mexicana, ardiente, inolvidable.

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