La Pasión de Cristo en la Biblia Desnuda
Era Semana Santa en la Ciudad de México, y el aire de mi departamento en Polanco olía a incienso y a las flores de cempasúchil que mi vecina había dejado en el pasillo. Yo, Ana, de treinta y dos años, estaba sentada en la sala con la Biblia abierta sobre mis piernas desnudas. Vestía solo una camisola de algodón blanco, ligera como una brisa de abril, porque el calor de la tarde me hacía sudar. Leía la pasión de Cristo en la Biblia, ese pasaje que siempre me erizaba la piel: el sufrimiento, el sudor de sangre, los clavos en la carne. Pero esa vez, algo era diferente. Mis dedos temblaban al pasar las páginas, y un calor traicionero subía desde mi vientre.
¿Por qué este fuego ahora? —pensé—. ¿Es el diablo o solo mi cuerpo pidiendo lo que el alma reprime?
La puerta sonó. Era Diego, mi amante de toda la vida, el pendejo guapo que trabajaba como chef en un restaurante de la colonia Roma. Entró con una botella de mezcal artesanal y una sonrisa que prometía pecados. Llevaba camisa ajustada que marcaba sus pectorales bronceados por el sol de Xochimilco, donde había ido a comprar nopales frescos.
—Órale, Ana, ¿qué onda con esa cara de santa mártir? —dijo, dejando la botella en la mesa y sentándose a mi lado. Su olor a cilantro y limón me envolvió, mezclado con el sudor fresco de su piel.
Le mostré la Biblia. —Estoy leyendo la pasión de Cristo en la Biblia. Me tiene toda... inquieta.
Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho. Sus ojos cafés se clavaron en mis pezones endurecidos bajo la tela fina. —Ah, carnal, la pasión de Cristo... ¿y si te digo que yo veo otra pasión ahí? La del cuerpo entregándose, sudando, gimiendo de placer disfrazado de dolor.
Sentí un cosquilleo en las ingles. Su mano rozó mi muslo, accidental al principio, pero se quedó ahí, cálida y firme. El deseo inicial era como una chispa: yo cerré la Biblia despacio, él abrió la botella con los dientes. Brindamos con vasitos de cristal tallado, el mezcal quemando mi garganta como un beso prohibido. Hablamos de la iglesia cercana, de las procesiones donde la gente azota su espalda, pero en mis ojos, Diego vio el hambre.
La tensión creció sutil. Me recargué en su hombro, inhalando su aroma masculino, a tierra mojada y humo de comal. Sus dedos subieron por mi pierna, trazando círculos lentos. —Cuéntame qué sientes leyendo eso —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.
—Dolor... pero también entrega total. Como si el cuerpo gritara por ser tocado, penetrado por la fe... o por algo más.
Acto uno cerrado: el sol se ponía, tiñendo la sala de rojo sangre, como las llagas de Cristo. Diego me besó el cuello, suave, probando mi sal. Yo no lo detuve. Quería más.
En el medio, la escalada fue un torbellino lento. Nos mudamos al sillón de terciopelo verde, donde el aire se cargó de nuestros jadeos. Diego me quitó la camisola con reverencia, como despojando una túnica sagrada. Mis senos quedaron al aire, pesados y ansiosos, los pezones duros como piedras de río. Él los lamió despacio, su lengua áspera saboreando mi piel, dejando rastros húmedos que se enfriaron al instante.
Neta, pensé, esto es pecado delicioso. Su boca bajó, besando mi ombligo, mi monte de Venus depilado esa mañana con cera de abeja. Olía a mi excitación, almizclada y dulce como miel de maguey. —Estás chorreando, mi reina —gruñó, metiendo un dedo en mis pliegues resbalosos. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes blancas.
Yo lo desvestí, arrancando botones con urgencia contenida. Su pecho velludo, marcado por tatuajes de vírgenes de Guadalupe y calaveras chidas, palpitaba bajo mis uñas. Bajé sus jeans, liberando su verga tiesa, gruesa como un mango maduro, venosa y caliente. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso loco, el calor irradiando a mi palma. —Pinche Diego, estás listo para tu pasión —le dije, juguetona.
Nos lamió mutuamente en un 69 devoto. Su lengua en mi clítoris era un flagelo de placer, chupando, mordisqueando suave hasta que mis caderas se arquearon, rogando. Yo lo tragué profundo, saboreando su pre-semen salado, oliendo su entrepierna a hombre puro. El sudor nos unía, pegajoso y erótico, mientras el mezcal nos aflojaba las inhibiciones. Hablamos entre lamidas: de cómo la pasión de Cristo en la Biblia era como nuestro amor, entrega total, cuerpos rotos en éxtasis.
La intensidad subió. Me puso de rodillas en la alfombra persa, importada de Oaxaca. Entró en mí desde atrás, lento al principio, su glande abriéndome como una herida santa. —¡Ay, cabrón! —grité, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. El roce era fuego, sus bolas golpeando mi clítoris con ritmo de tambor maya. Sudábamos a chorros, el olor a sexo invadiendo la habitación, mezclado con el incienso que aún flotaba.
Esto es mi cruz, mi calvario de gozo —pensaba yo, mientras él me jaloneaba el pelo suave, empoderándome con cada embestida.
Cambié posiciones: lo monté como una diosa azteca, mis tetas rebotando, uñas en su pecho dejando surcos rojos. Él me chupaba los pezones, mordiendo lo justo para doler rico. El clímax se acercaba en oleadas: mis paredes lo ordeñaban, su verga hinchándose más. Gritamos nombres de santos y obscenidades: ¡Virgen santísima, fóllame más!
El final explotó como fuegos artificiales de feria. Me vine primero, un tsunami que me dejó temblando, chorros calientes mojando sus muslos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros espesos y calientes, gruñendo como toro en celo. Colapsamos, piel con piel, pulsos latiendo al unísono. El aire olía a semen, sudor y jazmín de mi perfume.
En la afterglow, nos quedamos abrazados en la cama king size, con sábanas de hilo egipcio revueltas. Diego me acariciaba el cabello, besando mis hombros magullados de placer. —Esa fue nuestra pasión de Cristo, ¿no? Dolor y resurrección.
Yo sonreí, saboreando el regusto salado en sus labios al besarlo.
La Biblia nunca se sintió tan viva, tan carnal, reflexioné. Afuera, las campanas de la iglesia tañían, anunciando la vigilia, pero nosotros habíamos encontrado nuestra propia resurrección. El deseo se aquietó en paz, con promesa de más noches pecaminosas disfrazadas de fe. El mezcal se acabó, pero el fuego en mis venas perduraría.