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Abismo de Pasión Capítulo 148

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Abismo de Pasión Capítulo 148

El sol del atardecer teñía de naranja la playa de La Bonita, ese rincón paradisiaco en la costa de Veracruz donde el mar susurraba promesas de placer eterno. Ana se recargaba en la barandilla de su terraza privada, con el viento salado revolviéndole el cabello negro y largo. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas generosas por la brisa húmeda, marcando el contorno de sus senos plenos y sus caderas anchas. Hacía semanas que no veía a Diego, su amante prohibido, el hombre que la hacía caer en un abismo de pasión del que no quería salir. ¿Y si hoy regresa? ¿Podré resistirme a él, o me lanzaré de nuevo al vacío?

Pienso en sus manos ásperas de pescador, cómo me recorren la piel como si fuera un mapa al tesoro. Ay, Diego, pendejo, ¿por qué me dejas así de caliente y sola?

El sonido de las olas rompiendo contra la arena era como un latido constante, sincronizado con el pulso acelerado en su entrepierna. Olía a sal, a yodo, a esa esencia marina que siempre la ponía cachonda. De repente, oyó el motor de una camioneta acercándose por el camino empedrado. Su corazón dio un brinco. Era él. Diego bajó del vehículo con esa camiseta ajustada que delineaba sus músculos bronceados, pantalón de mezclilla desgastado y una sonrisa lobuna que prometía travesuras.

Mamacita, ¿me extrañaste? —dijo con voz grave, mientras subía las escaleras de dos en dos.

Ana se giró, fingiendo indiferencia, pero sus pezones ya se endurecían bajo la tela fina.

—No seas menso, wey. Te tardaste un chingo. Pensé que ya no volverías a este abismo de pasión capítulo 148 de nuestras vidas.

Él se acercó, invadiendo su espacio personal con su aroma a hombre: sudor limpio mezclado con colonia barata y sal del mar. Sus ojos cafés la devoraban, bajando por su escote hasta sus muslos morenos.

—No podía dejarte ir, reina. Eres mi adicción, mi vicio más chido.

La tensión inicial era palpable, como una corriente eléctrica entre ellos. Habían peleado por celos tontos —él coqueteando con una turista en el bar del pueblo, ella bailando demasiado cerca de un vecino en la fiesta de la Virgen de la Candelaria—. Pero ahora, con el crepúsculo envolviéndolos, el deseo borraba todo rencor.

Acto primero de su reencuentro: Diego la tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Ana sintió la erección presionando su vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Inhaló profundo su olor, ese que la mareaba como tequila añejo.

—Perdóname, corazón. No soy pendejo para perderte —murmuró él contra su cuello, besando la piel sensible justo debajo de la oreja.

Ella gimió bajito, un sonido gutural que se mezcló con el rumor de las palmeras. Sus manos subieron por la espalda de él, arañando ligeramente, marcando territorio.

Entraron a la casa, una villa luminosa con techos altos y muebles de mimbre. La puerta se cerró con un clic suave, aislando el mundo exterior. Se sentaron en el sofá amplio frente al ventanal con vista al mar, pero no para platicar mucho. Diego le sirvió un vaso de agua de coco fresco del refri, y mientras bebía, sus dedos jugaban con el dobladillo de su vestido, subiéndolo despacio por sus muslos suaves.

Qué rico se siente su toque, como fuego lento que me quema por dentro, pensó Ana, mientras el líquido dulce le refrescaba la garganta seca de anticipación.

La conversación fluyó entre risas y confesiones. Él admitió que la extrañaba cada noche, masturbándose pensando en su panocha jugosa. Ella confesó que se tocaba en la regadera, imaginando su verga dura entrando en ella. La tensión crecía, el aire se cargaba de feromonas, olor a excitación femenina y masculina mezclándose con el jazmín del jardín.

Pasaron al acto segundo: la escalada. Diego la besó con hambre, lengua invadiendo su boca, saboreando el coco y su saliva dulce. Ana respondió con igual ferocidad, mordisqueando su labio inferior, tirando de su cabello corto y revuelto. Sus manos expertas desabrocharon la blusa de él, exponiendo el torso velludo y tatuado —un águila real sobre su pectoral derecho, símbolo de su orgullo mexicano.

Quítate eso, cabrón, jadeó ella, mientras él levantaba su vestido por la cabeza, dejando al descubierto sus senos libres, pezones oscuros y erectos como chocolate amargo.

Diego gruñó de aprobación, chupando uno con avidez, succionando fuerte hasta que Ana arqueó la espalda, un gemido ronco escapando de su garganta. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, junto con el slap slap de sus lenguas entrelazadas. Sus dedos bajaron a la entrepierna de ella, encontrando las bragas empapadas. Las corrió a un lado, frotando el clítoris hinchado con el pulgar, mientras dos dedos gruesos se hundían en su calor resbaladizo.

¡No mames, qué chingón se siente! Me va a hacer venir ya, pero quiero más, lo quiero todo dentro de mí.

Ana no se quedó atrás. Desabrochó su cinturón, liberando la verga venosa y palpitante, goteando precum transparente. La tomó en su mano suave, masturbándolo lento, sintiendo cada vena, el calor irradiando como sol de mediodía. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, oliendo su almizcle masculino, y lo lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su excitación. Diego echó la cabeza atrás, rugiendo como león:

¡Ay, pinche diosa, trágatela toda!

Ella obedeció, engulléndolo hasta la garganta, bobbing la cabeza con ritmo experto, saliva chorreando por su barbilla. El glug glug de su garganta y los gemidos ahogados de él creaban una sinfonía erótica, mientras el mar rugía afuera como testigo.

La intensidad subía. Diego la levantó, la llevó a la cama king size con sábanas de hilo egipcio suaves como caricia. La puso a cuatro patas, admirando su culazo redondo y firme. Le dio una nalgada juguetona, el slap resonando, dejando una marca rosada que ella adoraba.

—Estás chingona, mi amor. Prepárate pa'l desmadre.

Se colocó detrás, restregando la punta de su polla contra sus labios vaginales empapados, lubricándolos más. Ana empujó hacia atrás, impaciente, sintiendo el estiramiento delicioso cuando él la penetró de un solo golpe profundo. El olor a sexo crudo llenaba el aire, sudor perlando sus cuerpos, piel contra piel slap slap slap con cada embestida.

Él la cogía con fuerza controlada, una mano en su cadera, la otra tirando de su cabello como riendas, mientras ella gritaba placer:

¡Más duro, wey! ¡Dame todo tu chorro!

Acto tercero: el clímax y la liberación. Cambiaron posiciones —ella encima, cabalgándolo como amazona salvaje, senos rebotando hipnóticos. Diego pellizcaba sus pezones, chupándolos mientras ella giraba las caderas, moliendo su clítoris contra su pubis peludo. El roce era eléctrico, building la tensión hasta el borde.

Internamente, Ana luchaba con el éxtasis inminente: No quiero que acabe, pero ya vengo, ¡chingado, sí!

Sus paredes internas se contrajeron alrededor de su verga, ordeñándola, mientras oleadas de placer la sacudían. Gritó su nombre, uñas clavadas en su pecho, cuerpo temblando. Diego la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes y espesos que se desbordaban por sus muslos.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El afterglow era puro: él acariciándole la espalda, besos suaves en la frente, el mar cantando su lullaby. Ana se acurrucó en su brazo musculoso, oliendo su esencia post-sexo, saboreando la paz.

—Esto es nuestro abismo de pasión, Diego. Capítulo 148 y contando, ¿verdad?

Él rio bajito, apretándola más.

—Sí, mi vida. Y el mejor pinche capítulo hasta ahora. Te amo, cabrona.

En la quietud, con el corazón latiendo al unísono y el aroma de su unión flotando, supieron que nada los separaría. El abismo los había reclamado de nuevo, y era glorioso.

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