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En los Brazos del Actor de la Pasion de Cristo

7189 palabras

En los Brazos del Actor de la Pasion de Cristo

El sol caía a plomo sobre Iztapalapa esa Semana Santa, y el aire estaba cargado de incienso, sudor y esa emoción colectiva que solo se siente en las calles empedradas durante La Pasión de Cristo. Yo, Ana, una morra de veintiocho tacos que trabaja en una tiendita de abarrotes cerca de la explanada, había estado ayudando como voluntaria desde chiquita. Este año, el actor que interpretaba a Jesús era el mero mero, un tipo alto, moreno, con ojos verdes que te clavaban como espinas. Todos lo llamaban el actor de La Pasión de Cristo, pero su nombre era Raúl, un carnal de Taxco que había llegado para la representación grande.

Lo vi por primera vez ensayando en el atrio de la iglesia, con esa corona de espinas falsa que le rozaba la frente sudorosa. Su cuerpo, marcado por el sol y el trabajo duro en las minas de plata, brillaba bajo la luz del mediodía. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo me hubiera dado un toque chueco. Neta, ¿qué no debería sentir culpa por babearme al Jesús de la pasion? pensé, pero mi cuerpo no obedecía. Sus músculos se tensaban con cada latigazo simulado, y yo imaginaba el olor a sal de su piel, ese aroma terroso mezclado con el polvo de las calles.

Después de la función principal, cuando la multitud se dispersó entre vivas y aplausos, me tocó ayudar a desmontar el escenario. Ahí estaba él, quitándose la túnica ensangrentada, quedando solo en unos calzoncillos ajustados que dejaban poco a la imaginación. Nuestras miradas se cruzaron, y me sonrió con esa dentadura blanca contra su piel bronceada.

—Órale, morra, ¿vienes todos los años? —me dijo con voz ronca, como si hubiera gritado los últimos alaridos de la cruz.

—Sí, wey, desde morrilla. Tú estás chingón este año, el actor de La Pasión de Cristo más guapo que he visto —le contesté, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Charlamos un rato, recogiendo props y riéndonos de los pendejos que se pasaban de dramáticos en la obra. Me contó que era su tercera vez cargando la cruz, que el peso le recordaba lo jodido que era sufrir por los demás. Yo le platicaba de mi vida simple, de cómo el barrio me tenía harta pero me ataba con sus tradiciones. El deseo crecía lento, como la procesión: su mano rozó la mía al pasar una caja, y sentí la electricidad subir por mi brazo. Olía a hombre de verdad, a tierra mojada después de la lluvia y a algo más primitivo, como almizcle.

La noche cayó rápida, con luces de puestos de elotes y buñuelos iluminando las esquinas. Raúl me invitó unas chelas en un bar chiquito cerca de la Alameda. ¿Y si esto es pecado? Nah, el carnal ya resucitó, ¿no? me dije, riendo para adentro. Nos sentamos en una mesa de plástico, las botellas frías sudando como nosotros. Hablaba con las manos grandes, callosas, y cada gesto hacía que mi mirada bajara a su pecho, aún marcado con pintura roja que no se había quitado del todo.

—Sabes, Ana, cargar esa cruz me pone a pensar en lo que uno carga adentro. Tú pareces cargar algo pesado también —me dijo, sus ojos verdes perforándome.

Le conté de mi ex, un pendejo que me dejó por una flaca de Polanco, y de cómo me sentía sola en medio del desmadre de la colonia. Él escuchaba, asintiendo, y de pronto su rodilla tocó la mía bajo la mesa. No la quité. El toque era fuego lento, enviando ondas de calor a mi entrepierna. Pedimos más chelas, y el bar se llenó de corridos y risas. Su risa era grave, vibraba en mi pecho como un tambor.

Salimos tambaleantes, no tanto por el alcohol sino por la tensión que nos envolvía como niebla. Caminamos por callejones oscuros, el aroma a jazmín de algún patio filtrándose en el aire. Si me besa ahora, me derrito como cera de vela, pensé. Y pasó: en una esquina solitaria, me acorraló contra una pared de adobe fresco, sus labios capturando los míos con hambre santa. Su boca sabía a cerveza tibia y a algo dulce, como tamarindo. Sus manos, ásperas, subieron por mi blusa, rozando mis pechos que ya estaban duros como piedras.

—Ven conmigo —susurró, mordiéndome el lóbulo de la oreja.

Asentí, sin palabras, el pulso latiéndome en las sienes.

Llegamos a su cuarto rentado en una vecindad cercana, un espacio humilde pero limpio, con un colchón king en el piso cubierto de sábanas blancas como sudarios. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Nos desnudamos con urgencia, pero pausada, como si quisiéramos saborear cada capa. Su cuerpo desnudo era una escultura viva: pectorales firmes, abdomen surcado de venas, y abajo, su verga erecta, gruesa, palpitante, con venas que invitaban a ser trazadas con la lengua.

Me tumbó suave sobre las sábanas, su peso encima mío como la cruz sobre sus hombros. Besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a mis tetas. Chupó un pezón con succión experta, haciendo que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes delgadas. ¡Ay, cabrón, esto es mejor que cualquier misa! Su mano grande se coló entre mis muslos, dedos gruesos explorando mi concha ya empapada. Olía a sexo inminente, a jugos míos mezclados con su aroma masculino.

—Estás chorreando, morra. ¿Tanto te prende el actor de La Pasión de Cristo? —bromeó, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos adentro para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.

—Neta, Raúl, me tienes loca desde que te vi clavado —jadeé, clavando uñas en su espalda musculosa.

Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, lamiendo la curva de mis nalgas. Su lengua llegó a mi ano, un toque juguetón que me hizo temblar entera. Luego, se posicionó atrás, frotando su pija contra mis labios vaginales, untándose de mis mieles. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Gemí con cada embestida, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. Sudábamos como en el vía crucis, el olor almizclado llenando la habitación.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, mis tetas botando con cada bajada. Lo miré a los ojos, esos ojos de Jesús pecador, y aceleré, sintiendo el orgasmo subir como marea. Él gruñó, tensándose, y explotamos juntos: yo convulsionando, chorros calientes mojando sus bolas; él llenándome con leche espesa, pulsando adentro.

Quedamos jadeantes, enredados en las sábanas húmedas. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, el corazón latiéndole como tambores de fiesta. Olía a nosotros, a clímax compartido, a paz después de la tormenta. Me acarició el pelo, besándome la frente.

—Esto fue la resurrección que necesitaba, Ana. Tú eres mi María Magdalena.

Reí bajito, sintiendo un calor nuevo en el alma. No era solo sexo; era catarsis, dos almas cargando cruces que se aligeraban mutuamente. Afuera, el barrio dormía bajo las estrellas, pero en ese cuarto, la pasión de Cristo había renacido en carne viva. Me dormí en sus brazos, sabiendo que al amanecer, volvería a mi vida, pero con un secreto ardiente tatuado en la piel.

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