Mónica Naranjo Fuego de Pasión
La noche en Polanco ardía como un volcán a punto de estallar. El rooftop del hotel bullía de luces neón y risas coquetas, con el skyline de la Ciudad de México parpadeando allá abajo como un mar de estrellas caídas. Yo, Mónica, vestida con un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, me movía entre la gente con la seguridad de quien sabe que esta noche va a ser legendaria. El aire olía a tequila reposado y jazmín, mezclado con el perfume caro de las chavas guapas y los vatos bien plantados.
Estaba bebiendo un margarita helado, el borde salado rozando mis labios, cuando lo vi. Alto, moreno, con ojos que prometían travesuras y una sonrisa pícara que me erizó la piel. Se llamaba Alejandro, carnal, y desde el primer vistazo supe que Mónica Naranjo fuego de pasión iba a encenderse esta noche. Me acerqué, contoneándome al ritmo de la música que retumbaba: un remix de cumbia rebajada con toques electrónicos que hacía vibrar el piso bajo mis tacones.
Órale, Mónica, no seas pendeja, ve por él. Esa mirada suya te está comiendo viva.Pensé, mientras mi pulso se aceleraba como tambores de una fiesta en la colonia Roma.
—Qué chida fiesta, ¿no? ¿Vienes seguido por acá? le dije, inclinándome lo justo para que oliera mi perfume, un aroma dulce y picante como el chile en nogada.
Él se rio, esa risa grave que me recorrió la espina dorsal. —Neta, pero no tan chida como tú. ¿Bailamos?
Sus manos en mi cintura fueron el primer chispazo. Calientes, firmes, guiándome en la pista. El sudor empezaba a perlar su cuello, y yo lo olía, ese olor masculino a colonia y deseo crudo. Nuestros cuerpos se pegaron, mis tetas rozando su pecho duro, mi cadera chocando contra la suya. Sentí su verga endureciéndose contra mi muslo, y ¡ay, wey!, qué rico se sentía ese bulto prometedor.
La canción cambió a algo más lento, sensual, y él me susurró al oído: —Eres fuego puro, Mónica. Me vas a quemar. Su aliento cálido me hizo cerrar los ojos, imaginando ya sus labios en mi piel.
Acto primero: la chispa. Hablamos de todo y nada, de la pinche vida en la CDMX, de antojos de tacos al pastor a medianoche, de cómo el deseo te agarra desprevenido como un microbús en Insurgentes. Cada roce era eléctrico, cada mirada un pacto silencioso. Mi coño ya palpitaba, húmedo, ansioso por más.
Subimos a su suite en el piso 20. El elevador era un horno de tensión, sus dedos trazando mi brazo desnudo, mi mano rozando su paquete por "accidente". —¿Estás segura? me preguntó, su voz ronca, respetuosa.
—Neta que sí, Alejandro. Quiero sentirte todo. Le contesté, empoderada, dueña de mi fuego.
La puerta se cerró y nos devoramos. Sus labios en los míos, urgentes, con sabor a ron y sal. Gemí cuando su lengua invadió mi boca, explorando, dominando sin agredir. Manos por todos lados: las suyas amasando mis nalgas, las mías desabotonando su camisa para sentir su pecho peludo, caliente, latiendo contra mis palmas.
Esto es lo que necesitaba, carajo. Ese fuego de pasión que Mónica Naranjo canta en mis venas.
Me quitó el vestido de un tirón suave, exponiendo mi lencería negra de encaje. —Eres una diosa, wey. Murmuró, besando mi cuello, bajando por mi clavícula. Sus dientes rozaron mi piel, un mordisco juguetón que me hizo arquear la espalda. Olía a su excitación, ese almizcle primitivo que me volvía loca.
Lo empujé a la cama king size, con vistas al Ángel de la Independencia iluminado. Me subí encima, cabalgando su cadera mientras le chupaba los pezones, saboreando el sudor salado. Su verga, ya libre de los pantalones, era gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo cómo se hinchaba más, caliente como hierro forjado.
—Mámamela, Mónica. Porfa. Suplicó, y yo, sonriendo maliciosa, bajé la cabeza. Mi lengua lamió la punta, probando el pre-semen salado, luego lo engullí entero, chupando con hambre, mi saliva resbalando por el tronco. Él gemía, ¡chingao, qué rico!, sus caderas embistiéndome la boca. El sonido de su placer, gutural, me empapaba más la panocha.
Acto segundo: la hoguera. Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos expertos mientras lamía mi concha desde atrás. —Estás chorreando, preciosa. Dijo, y su lengua entró en mí, lamiendo mis labios hinchados, succionando mi jugo dulce y ácido. Grité, el placer como rayos en mi vientre. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva.
Me penetró despacio, centímetro a centímetro, su verga abriéndome, llenándome hasta el fondo. —¡Ay, cabrón, qué grande! Jadeé, mis paredes contrayéndose alrededor de él. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un choque de pieles húmedas, plaf, plaf, eco en la habitación. Mis tetas rebotaban, sus manos las apretaban, pellizcando pezones duros como piedras.
Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como una amazona. Mis caderas giraban, moliendo su verga dentro de mí, sintiendo cada vena rozar mi punto G. Sudor goteaba de mi frente al suyo, nuestros alientos mezclados en besos salvajes. —¡Más fuerte, Alejandro! ¡Chíngame como se debe! Le ordené, y él obedeció, clavándose desde abajo con furia contenida.
La tensión crecía, mis muslos temblando, mi clítoris frotándose contra su pubis. Pensaba en Mónica Naranjo fuego de pasión, en cómo esa letra parecía escrita para este momento: llamas devorando todo a su paso. Su dedo en mi ano, presionando suave, me llevó al borde. —Voy a venirme, wey...
Acto tercero: la explosión. Él aceleró, sus bolas golpeando mi culo, el sonido obsceno y delicioso. Mi orgasmo llegó como un tsunami, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mi concha ordeñando su verga en espasmos. Grité su nombre, ¡Alejandro!, mientras él rugía, llenándome de semen caliente, chorro tras chorro, desbordándose por mis muslos.
Colapsamos, enredados, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Su corazón latía contra mi oreja, un tambor triunfante. Besos suaves ahora, caricias perezosas. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero aquí, en esta cama, todo era paz ardiente.
Esto fue más que un polvo, carnal. Fue fuego de pasión puro, como las canciones que me hacen vibrar.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando susurros, planeando más noches así. Empoderada, saciada, lista para encender el mundo de nuevo.