Laberinto de Pasiones Novela
La noche en la hacienda de San Miguel de Allende olía a jazmines en flor y a tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Ana, acababa de llegar a esa fiesta exclusiva de artistas y escritores, con un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como la protagonista de mi propia laberinto de pasiones novela. Llevaba meses escribiendo esa historia erótica, llena de deseos enredados como las enredaderas del jardín laberíntico que se extendía detrás de la casa principal. Neta, cada palabra que tecleaba en mi laptop me ponía la piel chinita, imaginando cuerpos entrelazados en la oscuridad.
Me serví un tequila reposado en un vaso de cristal tallado, el líquido ámbar quemándome la garganta con ese calor que sube lento. El sonido de la mariachi flotaba en el aire, mezclado con risas y copas chocando. Ahí lo vi: Diego, alto, con piel morena y ojos negros como obsidiana. Llevaba una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, mostrando un tatuaje de un jaguar que me hizo tragar saliva. Era el tipo de hombre que inspira capítulos enteros, wey.
¿Y si él es el laberinto donde me pierdo?pensé, mientras él se acercaba con una sonrisa pícara.
—Órale, güerita, ¿vienes a conquistar o a que te conquisten? —me dijo, su voz ronca como el viento entre las hojas.
Le contesté con una risa coqueta, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago. Hablamos de arte, de pasiones ocultas. Le conté de mi novela, Laberinto de Pasiones, sin entrar en detalles sucios aún. Él era pintor, decía que sus lienzos eran mapas de deseos prohibidos. El aire entre nosotros se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en el desierto.
La fiesta avanzaba, pero el laberinto del jardín me llamaba. Altos setos de laurel formaban pasillos interminables bajo la luna llena. Diego me tomó de la mano, su palma cálida y áspera contra mi piel suave.
—Vamos a explorarlo, Ana. A ver si encontramos la salida... o nos quedamos perdidos.
Acto primero de mi noche: entramos al laberinto. El olor a hierba fresca y flores nocturnas nos envolvía. Mis tacones crujían sobre la grava, y cada giro nos alejaba de las luces de la hacienda. Su mano en la mía era firme, pero juguetona, rozándome los dedos con la yema del pulgar. Sentía mi corazón latiendo fuerte, el pulso acelerado en las sienes.
Nos detuvimos en un claro rodeado de setos. La luna iluminaba su rostro, haciendo brillar el sudor en su cuello. Se acercó, su aliento con sabor a tequila rozándome los labios.
—Eres como esa novela tuya, Ana. Un laberinto donde quiero perderme.
Su beso fue suave al principio, labios carnosos probando los míos, lengua tímida explorando. Pero pronto se volvió hambriento. Gemí bajito cuando sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, ese bulto prometedor que me hizo mojarme al instante. El vestido se arrugaba bajo sus dedos, y yo arqueé la espalda, deseando más.
No, no tan rápido, me dije. Quería saborear la tensión, como en mi libro.
Acto segundo: el escalamiento. Caminamos más profundo, riendo cuando nos topamos con muros verdes. Cada roce era fuego. Él me besaba el cuello, chupando la piel hasta dejarme marcas rosadas. Olía a su colonia masculina, mezclada con el sudor fresco. Mis pezones se endurecían contra el encaje del brasier, rogando atención.
—Me traes loco, pendeja —murmuró, su mano colándose bajo mi falda. Tocó mi muslo interno, subiendo lento hasta rozar mis bragas húmedas.
—Qué chido, Diego... no pares —jadeé, mordiéndome el labio.
Encontramos un banco de piedra escondido, cubierto de musgo suave. Me sentó ahí, arrodillándose entre mis piernas. El aire fresco de la noche me erizaba la piel mientras él bajaba mi vestido, exponiendo mis senos. Sus labios capturaron un pezón, succionando con fuerza, lengua girando en círculos. Gemí fuerte, el sonido rebotando en los setos. Sentía mi clítoris palpitando, hinchado de necesidad.
Mi mente era un torbellino:
Esto es mejor que cualquier laberinto de pasiones novela. Es real, carnal, mío.
Le desabroché la camisa, arañando su pecho con las uñas. Su piel era caliente, músculos tensos bajo mis palmas. Bajé la cremallera de sus pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo cómo latía en mi puño. Él gruñó, un sonido animal que me empapó más.
—Te quiero dentro, ya —le supliqué, pero él sonrió malicioso.
Me quitó las bragas con dientes, el roce de su barba raspándome deliciosamente. Su lengua se hundió en mi coño, lamiendo de abajo arriba, chupando mi clítoris como si fuera un dulce. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco; lo oía tragar, gemir contra mi carne. Metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Me corrí fuerte, temblando, piernas apretándole la cabeza, jugos chorreando por su barbilla.
Pero no paró. Me volteó, poniéndome de rodillas en el banco. Su verga rozó mi entrada, untándose en mis fluidos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. ¡Qué rico! Llenándome por completo, su pelvis chocando contra mi culo con palmadas húmedas. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con jazmines.
Follamos como posesos. Él embestía profundo, yo empujaba hacia atrás, clavándome sus dedos en las caderas. Sudor corría por nuestras espaldas, pieles resbalosas uniéndose. Gritos ahogados, jadeos entrecortados. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, senos rebotando mientras giraba las caderas. Sus manos amasaban mi culo, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.
La tensión crecía, coitos apretándome alrededor de su polla.
Es el clímax perfecto de mi novela, pensé, perdida en el placer.
Acto tercero: la liberación. Aceleró, follándome duro contra el banco. Sentí el orgasmo venir como una ola, contrayéndome en espasmos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, gruñendo mi nombre. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.
El laberinto nos escupió de vuelta a la fiesta al amanecer, pero ya nada era igual. Diego me besó la frente, prometiendo más noches. Yo sonreí, sabiendo que Laberinto de Pasiones Novela acababa de volverse autobiográfica.
En mi cama esa noche, con el cuerpo adolorido y satisfecho, escribí el final. El olor a él aún en mi piel, el sabor de sus besos en los labios. Qué chingón laberinto de pasiones, neta. Y solo era el principio.