Pasión de Gavilanes Capítulo 8 Fuego en la Carne
La noche en la hacienda de los Gavilanes envolvía todo con un calor pegajoso, como si el aire mismo estuviera cargado de promesas. Gabriela caminaba descalza por el porche de madera, sintiendo la aspereza de las tablas bajo sus pies, mientras el aroma dulce del jazmín trepador se mezclaba con el olor terroso de la tierra recién regada. Era capítulo 8 de su propia pasión de gavilanes, esa historia que solo ellos dos conocían, tejida entre miradas robadas y roces accidentales en los últimos días. Javier había partido al amanecer por un asunto del rancho, dejando un vacío que ardía en su pecho como brasas.
Desde la cocina, el eco lejano de la radio tocaba un corrido ranchero, pero Gabriela no lo oía. Su mente bullía con recuerdos: la forma en que sus manos callosas rozaban su cintura el día anterior, el sabor salado de su cuello cuando se inclinó para susurrarle al oído.
¿Por qué me dejas así, cabrón? Me tienes con las tripas revueltas de puro deseo, pensaba, mordiéndose el labio inferior. El viento caliente le erizaba la piel bajo el vestido ligero de algodón, que se pegaba a sus curvas como una segunda piel húmeda por el bochorno.
De pronto, el relincho de un caballo cortó la quietud. Javier desmontaba en el corral, su silueta recortada contra la luna llena, alto y fornido, con la camisa blanca abierta hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Gabriela anhelaba acariciar. Sus botas resonaron sobre la grava mientras se acercaba, oliendo a cuero, sudor fresco y ese toque ahumado del tabaco que mascaba de vez en cuando. Sus ojos negros la encontraron de inmediato, brillando con esa intensidad que la hacía temblar.
—Gabriela, mi reina —dijo con voz grave, ronca como el trueno lejano—. No pude sacarte de la cabeza todo el día.
Ella se acercó, el corazón latiéndole a mil, sintiendo el pulso en las sienes. Sus dedos se entrelazaron, ásperos los de él contra la suavidad de los suyos. Acto uno completo, pensó ella, pero esto apenas comenzaba.
Entraron a la casa sin mediar más palabras, el aire dentro más fresco pero igual de cargado. Javier la acorraló contra la pared de adobe, su cuerpo presionando el de ella con una urgencia contenida. Gabriela inhaló su aroma masculino, ese que la volvía loca, mezcla de hombre de campo y deseo puro. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con hambre, saboreando el tequila que él había bebido antes de llegar. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su garganta, mientras sus manos subían por la espalda musculosa de Javier, clavando las uñas en la tela húmeda.
—Te extrañé tanto, amor —murmuró él contra su boca, mordisqueando su labio inferior hasta que dolió delicioso—. Eres mi vicio, mi pendejada favorita.
Rieron entre besos, pero la risa se convirtió en jadeos cuando él deslizó una mano bajo el vestido, rozando el interior de sus muslos. Gabriela sintió el calor de su palma subir despacio, torturándola, hasta encontrar el encaje de su ropa interior ya empapada.
¡Virgen de Guadalupe, este hombre sabe cómo encenderme!Su mente gritaba mientras arqueaba la cadera, pidiendo más sin palabras. El roce de sus dedos era eléctrico, círculos lentos que la hacían apretar los dientes para no gritar.
Javier la cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándola, y la llevó al cuarto principal. La cama king size, con sábanas de lino crudo, los esperaba bajo la luz tenue de una lámpara de aceite que parpadeaba sombras danzantes en las paredes. La depositó con gentileza, pero sus ojos prometían tormenta. Se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso esculpido por años de trabajo en el rancho: pectorales firmes, abdomen marcado, una cicatriz vieja en el costado que Gabriela trazó con la yema de los dedos, sintiendo la textura irregular bajo su tacto.
—Quítate eso, Gabriela. Quiero verte toda —ordenó con voz baja, pero ella sabía que era una súplica disfrazada.
Deslizó el vestido por encima de la cabeza, quedando solo en bragas negras. El aire fresco besó su piel arrebolada, pezones endurecidos por la anticipación. Javier gruñó de aprobación, arrodillándose frente a ella para besar su vientre, bajando despacio, lamiendo el ombligo con la lengua caliente. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclándose con el perfume floral que ella usaba. Sus labios llegaron al borde de la tela, y con dientes la bajó, exponiéndola por completo.
Gabriela se recostó, piernas abiertas, sintiendo el colchón hundirse bajo su peso. Javier la devoró con la mirada primero, luego con la boca. Su lengua experta trazó caminos de fuego, saboreándola con gemidos que vibraban contra su clítoris hinchado. Ella enredó los dedos en su cabello negro, tirando suave, mientras oleadas de placer la recorrían. Sonidos: el lamido húmedo, sus jadeos ahogados, el crujir de la cama. Olores: sexo inminente, sudor fresco. Tacto: barba incipiente raspando muslos sensibles.
—¡Ay, Javier, no pares, cabrón! Me vas a matar así —suplicó, voz entrecortada, caderas moviéndose al ritmo de su boca.
Él levantó la vista, labios brillantes. Middle act rising: la tensión crecía, su cuerpo temblaba al borde. Pero Javier se detuvo, subiendo para besarla de nuevo, compartiendo su propio sabor en la lengua. Se desvistió rápido, pantalón y botas volando al piso, revelando su erección dura, venosa, palpitante. Gabriela la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo su palma. Lo masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos, gruñendo como animal.
—Eres tan rica, Gabriela. Mi mujer perfecta —dijo, posicionándose entre sus piernas.
Entró en ella de una embestida suave pero profunda, llenándola por completo. Ambos jadearon, piel contra piel resbaladiza por sudor. El ritmo empezó lento, caderas chocando con palmadas húmedas, sus pechos rebotando contra el pecho velludo de él. Gabriela clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él mordía su hombro, no para lastimar, sino para marcar territorio con placer.
Esto es el cielo, neta. Cada embestida me acerca más a explotar.
La intensidad subió: Javier la volteó a cuatro patas, manos en sus caderas, penetrándola más hondo. El sonido de carne contra carne llenaba el cuarto, mezclado con sus gritos. —¡Más fuerte, amor! ¡Dame todo! —exigía ella, empoderada, moviéndose contra él. Él obedecía, un dedo rozando su trasero para añadir chispas extra, pero siempre atento a sus gemidos de aprobación.
El clímax la golpeó primero, un tsunami de contracciones que la hizo gritar su nombre, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Javier la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, cuerpo colapsando sobre el de ella, pesados y saciados.
En el afterglow, yacían enredados, pieles pegajosas enfriándose al viento de la ventana abierta. Javier besaba su frente, suave ahora, mientras el aroma de sexo persistía como perfume íntimo. Ending sweet: Gabriela sonrió, trazando círculos en su pecho.
—Esto fue mejor que cualquier pasión de gavilanes capítulo 8 que hayamos visto en la tele —bromeó ella, riendo bajito.
—Y apenas es el principio, mi vida. Mañana, capítulo 9 —prometió él, sellando con un beso lento.
La luna los velaba, testigo de su unión, mientras el rancho dormía en paz, cargado de promesas ardientes.