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Leyendas de Pasion Novela

7350 palabras

Leyendas de Pasion Novela

En las calientes noches de Puerto Vallarta, donde el mar besa la arena con sus olas susurrantes, siempre he creído en las leyendas de pasion novela que los abuelos cuentan junto al fuego. Historias de amantes que se encuentran bajo la luna llena, donde el deseo arde como el tequila puro y el cuerpo se rinde al ritmo del corazón acelerado. Yo, Ana, una chilanga que llegó huyendo del ruido de la ciudad, me instalé en una casita frente a la playa, buscando inspiración para mi propia novela. Pero nunca imaginé que una de esas leyendas cobraría vida en mi piel.

Era viernes por la noche. El aire olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas vecinas, y el sonido de las guitarras mariachis lejanas flotaba como un hechizo. Salí a caminar por la playa, descalza, sintiendo la arena tibia aún del sol del día, que se colaba entre mis dedos como caricias prohibidas. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, que se pegaba a mi cuerpo con la brisa húmeda, marcando mis curvas sin pudor. De repente, lo vi: Diego, el pintor del pueblo, sentado en una roca, con su cuaderno en las manos, garabateando bajo la luz plateada de la luna.

Qué chido tipo, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Lo había visto antes en el mercado, con esa sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían aventuras. Se levantó al verme, alto, moreno, con la camisa desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho. Órale, Ana, no seas pendeja, me dije, pero mis pies ya se dirigían hacia él.

—Buenas noches, güerita —dijo con voz ronca, como el rugido del mar en tormenta–. ¿Buscando inspiración para tus cuentos?

Me reí, nerviosa, el corazón latiéndome en la garganta. —Neta, sí. Estoy escribiendo una novela sobre leyendas de pasión. ¿Tú qué pintas ahí?

Se acercó, y olí su aroma: jabón fresco con un toque de sudor masculino, que me erizó la piel. —Una sirena que enamora a un pescador. Como esas leyendas de pasion novela que tanto te gustan.

Nos sentamos en la arena, hablando de mitos locales: la mujer que seducía a los marineros con su canto, el fantasma de un hacendado que aún buscaba a su amante en las dunas. Sus palabras me envolvían, y cada roce accidental de su brazo contra el mío enviaba chispas por mi espina. Sentía el calor de su cuerpo próximo, el pulso en mis venas acelerándose, y un cosquilleo húmedo entre mis piernas que me hacía apretar los muslos.

La tensión crecía como la marea.

¿Y si esta noche se convierte en mi propia leyenda?
me pregunté, mientras su mano rozaba la mía deliberadamente. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de promesas. —Ven —me dijo–, te muestro mi taller. Tengo algo que verás.

Acto uno: la chispa. Caminamos hasta su cabaña al borde de la playa, iluminada por velas que parpadeaban como estrellas caídas. El interior olía a óleo y madera, con lienzos a medio terminar por todas partes. Me sirvió un trago de mezcal ahumado, que quemó mi garganta y avivó el fuego en mi vientre. Bebimos, riendo, compartiendo historias. Su rodilla tocó la mía, y no la quité. Al contrario, la presioné más.

—Ana, desde que te vi en el mercado, no dejo de pensar en ti —confesó, su aliento cálido en mi oreja–. Eres como esas heroínas de las leyendas, pura pasión contenida.

Mi cuerpo respondió antes que mi mente. Me incliné, mis labios rozando los suyos en un beso tentativo. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho, y me atrajo hacia él. Sus manos grandes exploraron mi espalda, bajando hasta mis caderas, apretándome contra su dureza evidente. Sentí su verga tiesa presionando mi muslo, gruesa y caliente a través de la tela. Chin güey, qué rica se siente, pensé, mientras mi lengua danzaba con la suya, saboreando el mezcal y su esencia salada.

Acto dos: la escalada. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a su cama deshecha, con sábanas que olían a él, a hombre deseoso. Me quitó el vestido con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas húmedas que ardían deliciosamente. Bajó a mis pechos, lamiendo mis pezones oscuros hasta endurecerlos como piedras preciosas. Gemí alto, arqueándome, el sonido de mi voz mezclándose con el romper de las olas afuera.

Esto es real, no una novela, me repetía, mientras sus dedos se colaban entre mis piernas, encontrándome empapada. —Estás chingón mojada, mi amor —murmuró, con esa voz mexicana ronca que me volvía loca–. Quiero probarte.

Se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente en mi panocha. Lamidas lentas al principio, saboreando mis labios hinchados, luego el clítoris con círculos precisos que me hicieron gritar. Sentía su lengua áspera, el roce de su barba incipiente en mis muslos sensibles, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. Mis manos enredadas en su cabello negro, tirando suave, guiándolo más profundo. ¡Qué chido, Diego, no pares! Mi primer orgasmo llegó como una ola gigante, convulsionando mi cuerpo, jugos calientes en su boca.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas redondas. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hacía jadear. El sonido húmedo de mi excitación, chapoteos obscenos, me ponía más caliente. —Te voy a coger rico, Ana —dijo, quitándose la ropa. Su verga saltó libre, venosa, cabezona, brillando de pre-semen. La frotó contra mi entrada, teasing, hasta que supliqué:

—¡Métemela ya, pendejo! —Reí entre gemidos, y él empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, el grosor llenándome, el choque de sus bolas contra mi clítoris. Empezó a bombear, primero suave, luego fuerte, el catre crujiendo al ritmo. Sudor resbalando por su pecho al mío, piel contra piel resbaladiza, olores de sexo crudo: sudor, semen, mi esencia dulce.

Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como una diosa de las leyendas. Mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Miradas fijas, almas conectadas en el vaivén.

Esta es mi leyenda de pasion novela
, pensé, mientras el clímax se acercaba de nuevo, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Él gruñó, —¡Me vengo, güerita!– y explotó dentro, chorros calientes bañándome, mientras yo colapsaba en olas de placer infinito.

Acto tres: el resplandor. Quedamos jadeantes, enredados, el corazón latiendo al unísono. Su semen goteaba lento de mí, cálido en mis muslos, mezclándose con mi sudor. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El mar cantaba afuera, testigo de nuestra unión. —Eres mi musa —dijo, acariciando mi cabello–. Sigamos escribiendo esta novela juntos.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse, oliendo nuestra pasión en las sábanas. Neta, esto supera cualquier leyenda. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, supe que esto era solo el principio. Puerto Vallarta guardaba más secretos, más noches de fuego, y yo, Ana, las viviría todas con él.

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