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Novela Pasión y Poder Final

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Novela Pasión y Poder Final

Isabella caminaba por el pasillo acristalado del rascacielos en Polanco, con el corazón latiéndole como tambor de mariachi en plena fiesta. El aroma del café recién molido de la máquina del lobby se mezclaba con su perfume de jazmín, ese que siempre usaba para sentirse invencible. Llevaba años construyendo su imperio de moda, Moda Reina, peleando contra los grandes tiburones del negocio. Pero hoy, en esta junta final, todo cambiaría. Frente a ella estaba Diego, el carnal que dirigía Poder Textil, con esa mirada de lobo que la ponía de nervios desde la primera vez que se vieron en una expo en Guadalajara.

Órale, Isabella, dijo él al entrar a la sala de juntas, su voz grave como el rugido de un motor de Mustang viejo. Se acercó demasiado, su colonia de sándalo invadiendo su espacio. Ella sintió el calor de su cuerpo alto y atlético, envuelto en un traje italiano que marcaba cada músculo ganado en el gym de las Lomas.

La tensión entre ellos era como un elote a punto de reventar en el comal. Habían negociado por meses: fusión de empresas, alianzas que prometían dominar el mercado. Pero debajo de los contratos, había algo más. Deseo crudo, poder compartido. Isabella lo miró a los ojos cafés, profundos como pozos de tequila añejo.

¿Por qué carajos me mira así? Neta, este wey me tiene las hormonas alborotadas. Si no fuera por el pinche negocio...

La junta fluyó rápida. Firmaron los papeles, brindaron con champagne Dom Pérignon que burbujeaba como promesas rotas. El sol de la tarde teñía la ciudad de naranja, y el skyline de la Reforma se veía desde la ventana panorámica. Cuando todos se fueron, solo quedaron ellos dos.

—Esto es el final de nuestra novela pasión y poder, ¿no? —murmuró Diego, acercándose por detrás. Sus manos rozaron sus hombros, enviando chispas por su espina dorsal. Isabella se giró, su blusa de seda blanca pegándose un poco por el sudor del día caluroso.

—El final que merecemos, pendejo —respondió ella, juguetona, usando ese apodo cariñoso que solo salía en momentos así. Lo empujó contra la mesa de caoba, sintiendo su erección presionando contra su cadera. El aire se cargó de electricidad, el zumbido del aire acondicionado como fondo a su respiración agitada.

Acto primero: la chispa. Sus labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando como en una salsa ardiente. Diego la levantó sin esfuerzo, sentándola en la mesa. Sus manos expertas desabotonaron su blusa, revelando encaje negro que contrastaba con su piel morena. Él besó su cuello, mordisqueando suave, el sabor salado de su sudor lo volvía loco.

Chingón, susurró ella, arqueando la espalda. El roce de sus dedos en sus pechos era fuego puro, pezones endureciéndose bajo las yemas callosas de sus manos de empresario que no temía ensuciarse.

Pero no era solo físico. Isabella recordaba las noches sola en su penthouse de Las Lomas, pensando en él. ¿Y si esto es más que poder? ¿Y si es pasión de verdad? Diego, por su parte, luchaba con su orgullo macho. Él, que conquistaba salas de juntas, ahora se rendía a esta reina que lo desafiaba.

La bajaron al sofá de piel italiana, el crujido suave bajo sus cuerpos. Diego se arrodilló, besando su vientre plano, bajando la cremallera de su falda pencil. El aroma de su excitación lo golpeó: almizcle dulce, invitador. Ella abrió las piernas, temblando de anticipación. Sus dedos trazaron la tela húmeda de sus panties, presionando justo donde dolía el deseo.

¡Ay, wey! No pares —gimió Isabella, el slang mexicano saliendo crudo, auténtico. Él sonrió, malicioso, y la despojó de todo, exponiendo su concha depilada, reluciente. Su lengua la exploró, lamiendo lento, saboreando cada pliegue. Ella se aferró a su cabello negro, ondulado, tirando suave mientras ondas de placer la recorrían. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con sus jadeos y el tráfico lejano de Periférico.

Escalada en el medio acto. Diego se quitó la camisa, revelando torso tatuado con un águila real, símbolo de su linaje regiomontano. Isabella lo arañó, dejando marcas rojas que él adoraría mañana. Se puso de pie, bajándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que ella lamió con deleite, el sabor salado y masculino llenándole la boca.

Qué rica verga tienes, carnal, dijo ella, chupando profundo, garganta relajada por práctica solitaria pensando en él. Diego gruñó, caderas moviéndose instintivo, pero se contuvo. La quería dentro.

La penetró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la hizo gritar. Es enorme, me llena toda, neta es el poder que necesitaba. Embestidas rítmicas, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. Él la follaba con fuerza controlada, ella clavando uñas en su espalda, piernas enroscadas en su cintura. El sofá gemía con ellos, el aire espeso de sexo y colonia.

Internamente, la lucha: Isabella dudaba un segundo,

¿Esto une nuestras empresas o nos destruye? No mames, sientes su poder en cada empujón, y es tuyo.
Diego pensaba en su padre, el viejo patriarca que le enseñó a no rendirse nunca, pero aquí se rendía feliz a esta diosa mexicana.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona en yegua salvaje. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El clímax se acercaba, pulsos acelerados, venas hinchadas. Isabella aceleró, concha apretando su verga como vicio, gritando ¡Sí, cabrón, así!.

El final explotó. Diego se corrió primero, chorros calientes llenándola, el calor inundándola. Ella lo siguió, orgasmo cegador, cuerpo convulsionando, jugos mezclándose en río pegajoso. Colapsaron, jadeando, piel pegada, corazones martilleando al unísono. El sol se ponía, tiñendo la habitación de púrpura.

Después, en afterglow, yacían enredados. Diego la besó suave, ahora tierno. —Esto no es solo el final de la novela pasión y poder, mi reina. Es el principio.

Isabella sonrió, oliendo su aroma mezclado con el de ellos. Neta, ganamos. Poder y pasión, forever. Se levantaron lento, vistiéndose con risas, planeando cenas en Xochimilco, viajes a la playa de Puerto Vallarta. La ciudad brillaba abajo, testigo de su unión.

En esa sala de juntas convertida en alcoba, sellaron no solo un negocio, sino un amor voraz, mexicano hasta los huesos: apasionado, poderoso, eterno.

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