Pasión Bajo el Cielo
La noche en la playa de Puerto Vallarta se extendía como un manto negro salpicado de estrellas, el cielo infinito sobre nosotros dos. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el estrés acumulado como una nube pesada. Pero ahí estaba él, Marco, mi carnal de tantos años, esperándome con una cerveza fría en la mano y esa sonrisa pícara que siempre me desarma. Órale, qué chulo se ve bajo la luna, pensé mientras me quitaba los zapatos y sentía la arena tibia entre los dedos de los pies.
Nos conocimos en la uni, en Guadalajara, cuando éramos unos morros llenos de sueños. Ahora, con treinta y tantos, la vida nos había puesto pruebas, pero esa pasión que ardía entre nosotros nunca se apagaba. Caminamos tomados de la mano, el sonido de las olas rompiendo suave contra la orilla, como un susurro que invitaba a olvidar todo. El aire olía a sal y a jazmín silvestre, mezclado con ese aroma varonil de Marco, sudor fresco y loción de coco que me volvía loca.
—Ven pa'cá, mamacita —me dijo con esa voz ronca, jalándome hacia él. Sus labios rozaron los míos, un beso ligero al principio, como probar el agua antes de zambullirse. Sentí el calor de su aliento, el sabor salado de la cerveza en su lengua. Mi corazón empezó a latir más rápido, un tambor en el pecho que ahogaba el rumor del mar.
Neta, este wey me enciende con solo mirarme. Quiero sentirlo todo, aquí mismo, bajo este cielo que nos cubre como un secreto.
Nos sentamos en una manta que él había extendido cerca del agua, las estrellas testigos mudas de nuestra pasión bajo el cielo. Hablamos de tonterías al principio, de cómo el tráfico en Vallarta era un desmadre, de planes para un viaje a las playas de Nayarit. Pero sus manos no paraban quietas; una subía por mi muslo, suave, explorando la piel bajo la falda ligera que traía. Yo respondí acariciando su pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa desabotonada.
El deseo crecía como la marea, lento pero imparable. Me recosté sobre la manta, el cielo girando sobre mí como un carrusel de luces. Marco se inclinó, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. Qué rico, gemí bajito, arqueando la espalda. Sus dedos desabrocharon mi blusa, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. El pezón se endureció al instante con la brisa marina, y él lo tomó en su boca, chupando con esa hambre que me hace temblar.
Yo no me quedaba atrás. Mis uñas rasguñaron su espalda, bajando hasta el botón de sus jeans. Lo abrí con prisa, liberando su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel estirada sobre la rigidez. Estás como piedra, pendejo, le susurré al oído, riendo con malicia. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.
La tensión subía, el mundo se reducía a nosotros. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el mar, ese almizcle dulce de la excitación. Me quité la falda, quedando en tanga, y él se desnudó por completo, su cuerpo moreno brillando bajo la luna. Nos frotamos piel con piel, el roce eléctrico, sudor comenzando a perlar nuestras frentes. Sus caderas presionaban contra las mías, su erección rozando mi entrepierna húmeda a través de la tela delgada.
Lo quiero dentro ya, pero no, hay que saborear esto. Esta pasión bajo el cielo es nuestra, nadie nos apura.
Marco deslizó mi tanga a un lado, sus dedos encontrando mi clítoris hinchado. Lo masajeó en círculos lentos, haciendo que mis caderas se movieran solas, buscando más. ¡Ay, cabrón!, qué bien lo haces, jadeé, mordiéndome el labio. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas —mejor que las del cielo. El jugo corría por mis muslos, resbaloso, caliente. Yo lo masturbé con firmeza, sintiendo cómo latía en mi palma, pre-semen salado untándose en mis dedos.
Nos volteamos, yo encima ahora, empoderada, controlando el ritmo. Besé su torso, lamiendo el sudor salado, bajando hasta su ombligo. Tomé su verga en la boca, saboreándola entera, la lengua girando alrededor del glande. Él gimió fuerte, las manos enredadas en mi pelo. ¡Sigue, Ana, no pares! El sonido de mi succión, húmeda y obscena, se mezclaba con las olas.
Pero quería más. Me subí a horcajadas, guiándolo dentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, lo sentí llenarme, estirándome deliciosamente. ¡Qué rico estás! grité, comenzando a cabalgar. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo marcaba el paso, subiendo y bajando, el clítoris rozando su pubis con cada embestida. El cielo nos miraba, las estrellas parpadeando como si aplaudieran.
La intensidad crecía. Sudor goteaba de mi frente al pecho de él, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Olía a nosotros, a sexo puro, a mar y arena. Mi vientre se contraía, el orgasmo acercándose como una ola gigante. Él se tensó debajo de mí, gruñendo mi nombre. ¡Ven conmigo, Marco!
Explotamos juntos. Yo me vine primero, un espasmo que me recorrió entera, chillando al cielo, el placer tan intenso que vi blanco por un segundo. Él me siguió, llenándome con chorros calientes, su verga pulsando dentro. Nos quedamos así, unidos, temblando, el mundo quieto salvo por nuestras respiraciones agitadas.
Después, nos recostamos lado a lado, mirando las estrellas. Su brazo alrededor de mi cintura, mi cabeza en su hombro. El aire fresco secaba nuestro sudor, el mar cantando su nana eterna. Esta es nuestra pasión bajo el cielo, murmuré, besando su piel.
Nada como esto. Mañana volverá el desmadre, pero esta noche es eterna. Te amo, wey.
Nos vestimos despacio, riendo de lo despeinados que íbamos. Caminamos de regreso, tomados de la mano, el cielo aún testigo de nuestro secreto. En ese momento, supe que no importaba el estrés o las rutinas; mientras tuviéramos estas noches, todo valía la pena. La pasión bajo el cielo nos unía, más fuerte que nunca.