Cañaveral de Pasiones Capitulo 92 Fuego en las Hojas
El sol del mediodía caía como una caricia ardiente sobre el cañaveral, ese mar verde e infinito que se mecía con el viento caliente de Veracruz. Sofía caminaba entre las altas varas de caña, el corazón latiéndole con fuerza, como si cada paso la llevara más profundo a un secreto que solo ella y Mateo conocían. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a esa promesa de pasión que flotaba invisible. Sus sandalias se hundían en el suelo blando, y el roce de las hojas anchas contra su piel morena le erizaba la nuca. Hacía semanas que no se veían, desde que el capataz del ingenio la había regañado por distraerse, pero hoy, neta, nada la detendría.
¿Y si alguien nos ve? pensó, mientras el sudor le perlaba el escote de su blusa ajustada, esa de algodón blanco que se pegaba a sus curvas como una segunda piel. Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Mateo la esperaba allá adelante, donde el cañaveral se cerraba en un rincón escondido, perfecto para su Ca ñaveral de Pasiones, capítulo 92, como le gustaba llamarlo en sus mensajes de WhatsApp, con ese toque juguetón que la hacía reír y mojarse al mismo tiempo.
Lo vio de repente, recostado contra un tronco grueso, su camisa abierta dejando ver el pecho velludo y bronceado, los músculos tensos por el trabajo del día. Sus ojos negros la devoraron desde lejos, y una sonrisa pícara se dibujó en su boca carnosa. Chula, murmuró cuando ella llegó, extendiendo una mano callosa para jalarla hacia él. Sofía se dejó caer en sus brazos, el olor de su sudor mezclado con el de la caña la invadió como un afrodisíaco. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, saboreando el salado de la piel y el dulzor de la anticipación.
—Wey, te extrañé tanto —susurró ella contra su cuello, mordisqueando la piel caliente—. Este lugar nos queda perfecto pa' desquitarnos.
Mateo rio bajito, una risa ronca que vibró en el pecho de Sofía, enviando ondas de calor directo a su entrepierna. Sus manos grandes bajaron por su espalda, amasando sus nalgas firmes bajo la falda ligera. El roce de sus dedos ásperos contra la tela delgada la hizo gemir suavemente. El viento susurraba entre las cañas, un sonido hipnótico que ahogaba cualquier ruido del mundo exterior. Estaban solos, envueltos en su propio universo de deseo.
La tensión inicial era palpable, como el aire cargado antes de la lluvia. Sofía sentía el bulto duro de la excitación de Mateo presionando contra su vientre, y eso la encendía más. Quiero sentirte ya, pensó, mientras sus dedos temblorosos desabotonaban la camisa de él por completo. La tela cayó al suelo con un susurro, revelando el torso esculpido por años de cortar caña. Ella pasó las yemas de los dedos por sus pezones oscuros, viendo cómo se endurecían bajo su toque. Mateo contuvo el aliento, sus ojos entrecerrados fijos en los de ella, pidiendo permiso sin palabras.
—Sí, carnal, tócame —dijo Sofía, guiando su mano bajo su blusa. Los dedos de él encontraron sus senos plenos, libres bajo el sostén de encaje que ella había elegido esa mañana pensando en él. Pellizcó suavemente un pezón, y un rayo de placer la atravesó, haciendo que sus rodillas flaquearan. El olor de su arousal empezaba a mezclarse con el de la tierra, un aroma almizclado y embriagador que la mareaba.
Se recostaron sobre una cama improvisada de hojas secas y cañas caídas, el suelo cálido y mullido bajo sus cuerpos. Mateo besó su cuello, bajando lentamente por el valle entre sus pechos, saboreando cada centímetro con la lengua húmeda. Sofía arqueó la espalda, el sonido de su respiración agitada uniéndose al crujir de las hojas. Esto es lo que necesitaba, se dijo, mientras él levantaba su falda, exponiendo sus muslos suaves y la humedad que ya empapaba sus bragas. El sol filtrándose entre las varas pintaba rayas doradas en su piel, como si el cañaveral mismo los bendijera.
La escalada fue gradual, un baile de toques y susurros que construía la intensidad como una tormenta. Mateo deslizó las bragas a un lado, sus dedos explorando los pliegues calientes y resbaladizos de su panocha. Sofía jadeó, clavando las uñas en sus hombros anchos. Qué rico se siente, pensó, mientras él frotaba su clítoris hinchado con círculos lentos, expertas caricias que conocía de memoria. Ella respondió bajando la mano a su pantalón, liberando su verga gruesa y palpitante. La piel sedosa sobre el acero la fascinó; la envolvió con la mano, bombeando despacio, sintiendo cómo latía en su palma.
—Estás chingón de duro, amor —murmuró ella, lamiéndose los labios. Mateo gruñó, un sonido animal que la excitó aún más. Se posicionó entre sus piernas, rozando la punta contra su entrada húmeda, teasing sin entrar todavía. El calor de sus cuerpos se fundía, el sudor goteando y mezclándose, salado en sus lenguas cuando se besaban de nuevo. Sofía envolvió las piernas alrededor de su cintura, urgiéndolo con las caderas. Entra ya, no aguanto.
Pero él jugaba, prolongando el tormento delicioso. Besó su interior de los muslos, inhalando su esencia femenina, antes de hundir la lengua en ella. Sofía gritó bajito, el placer explotando como fuegos artificiales. La lengua de Mateo lamía y succionaba, saboreando su néctar dulce y salado, mientras sus dedos se hundían en la tierra a ambos lados. El mundo se reducía a esa sensación: el roce áspero de su barba en sus pliegues sensibles, el viento fresco contrastando con el fuego interno.
El conflicto interno de Sofía bullía: el miedo a ser descubiertos chocaba con la necesidad primitiva de él dentro de ella. Esto es nuestro, nadie nos lo quita, se repetía, mientras lo jalaba hacia arriba. Finalmente, Mateo se hundió en ella con un movimiento fluido, llenándola por completo. Ambos gimieron al unísono, el sonido ahogado por las cañas. Su verga la estiraba deliciosamente, golpeando ese punto profundo que la volvía loca. Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción.
El pace aumentó, caderas chocando con palmadas húmedas, el olor del sexo impregnando el aire. Sofía clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él llevaría con orgullo. Más fuerte, pendejito, lo provocaba, y él obedecía, embistiéndola con fuerza controlada, sus bolas golpeando contra su piel. El sudor volaba, sus pechos rebotando con cada thrust. El cañaveral parecía vibrar con ellos, las hojas susurrando en aprobación.
La tensión psicológica se rompía en oleadas: recuerdos de noches pasadas, promesas de futuro, el amor crudo que los unía más allá de las clases sociales del ingenio. Mateo la miró a los ojos, sus rostros a centímetros, respiraciones entrecortadas. Te amo, Sofía, jadeó, y eso la llevó al borde. Ella sintió la oleada subir, sus músculos contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Gritó su nombre, el orgasmo rompiéndola en mil pedazos de placer puro, estrellas explotando detrás de sus párpados cerrados.
Mateo la siguió segundos después, gruñendo como un toro, su semilla caliente inundándola en pulsos potentes. Se derrumbaron juntos, exhaustos, envueltos en el afterglow. El sol bajaba, tiñendo el cañaveral de tonos anaranjados. Sofía acariciaba su cabello húmedo, sintiendo su corazón latir contra el suyo. El olor de sus cuerpos unidos, tierra y pasión, la envolvía como una manta.
—Este Cañaveral de Pasiones, capítulo 92, fue el mejor —dijo ella riendo suavemente, besando su frente—. Pero ya quiero el 93.
Mateo sonrió, abrazándola más fuerte. En ese rincón del mundo, nada más importaba. El viento se calmó, dejando solo el eco de sus suspiros y la promesa de más capítulos por venir.