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Abismo de Pasión Capítulo 89

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Abismo de Pasión Capítulo 89

Daniela sintió el calor del sol de La Jolla filtrándose por las cortinas de encaje de su habitación en la hacienda familiar. El aroma salino del mar cercano se mezclaba con el dulzor de las gardenias que adornaban el buró, y su piel aún conservaba el rastro pegajoso del sudor de la noche anterior. Hacía semanas que no veía a Alejandro, ese macho terco que la volvía loca con solo una mirada. Habían discutido por celos tontos, de esos que encienden más que apagan, pero ahora, con un mensaje suyo en el celular —Ven a la playa al atardecer, mi reina. No puedo más sin ti—, el deseo la carcomía por dentro.

Se miró en el espejo de cuerpo entero, admirando cómo el vestido blanco vaporoso se pegaba a sus curvas generosas, los pezones endurecidos rozando la tela fina. Órale, Daniela, vas a hacerlo caer de rodillas, pensó, mientras se pasaba crema de coco por las piernas, inhalando su fragancia tropical que le recordaba sus noches en Cancún. El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho, anticipando el roce de sus manos callosas, el sabor salado de su cuello. Bajó las escaleras de madera que crujían bajo sus sandalias, el viento marino agitando su cabello negro como ala de cuervo.

En la playa privada, las olas lamían la arena dorada con un susurro hipnótico. Alejandro estaba allí, de pie junto a una fogata improvisada, su camisa guayabera abierta revelando el pecho moreno y musculoso, marcado por el sol. Sus ojos oscuros la devoraron al instante. ¡Mamacita! Ven acá, gruñó con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ella caminó despacio, sintiendo la arena caliente entre los dedos de los pies, el pulso acelerándose con cada paso. Se detuvieron a unos centímetros, el aire cargado de electricidad, el olor a humo de la fogata mezclándose con su colonia amaderada.

Esto es el abismo de pasión capítulo 89, donde caemos una vez más sin red de salvación, pensó Daniela, mientras él le tomaba la mano y la atraía hacia su cuerpo firme.

Acto primero: la reconciliación ardiente. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, el sabor a tequila reposado en su boca invadiendo sus sentidos. Perdóname, carnalita, no soy pendejo para dejarte ir, murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible hasta arrancarle un gemido. Ella arqueó la espalda, presionando sus senos contra su torso, sintiendo la dureza de su erección crecer contra su vientre. El viento les azotaba el cabello, las olas rugiendo como testigos mudos de su entrega.

La tensión inicial se disipaba como niebla al amanecer. Daniela le desabrochó la camisa con dedos temblorosos, explorando el vello rizado de su pecho con las uñas, inhalando el aroma masculino que la embriagaba. Qué chingón se siente su piel contra la mía, reflexionó, mientras él deslizaba las manos por su espalda, bajando el vestido hasta que quedó en bragas de encaje. La arena se pegaba a sus cuerpos desnudos, un cosquilleo áspero que avivaba el fuego. Se tumbaron sobre una manta tejida que él había preparado, el crepúsculo tiñendo el cielo de rojos y naranjas, como si el mundo conspirara para su placer.

El medio acto escalaba con maestría. Alejandro besó su clavícula, descendiendo lento por el valle de sus senos, lamiendo un pezón hasta endurecerlo como guijarro. Dime que lo quieres, reina, susurró, su aliento caliente provocándole escalofríos. Sí, cabrón, no pares, jadeó ella, enredando los dedos en su cabello revuelto. Sus manos expertas masajearon sus muslos, abriéndolos con gentileza, el olor almizclado de su excitación flotando en el aire salobre. Introdujo un dedo en su humedad resbaladiza, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que la hacía arquearse y clamar ¡ay, Diosito!.

Daniela luchaba internamente con el orgullo herido de la pelea pasada, pero el placer la doblegaba. No voy a dejar que me controle, pero qué rico se siente rendirme a él. Le quitó los shorts con urgencia, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La acarició con la lengua desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de presemen, salada y adictiva. Él gruñó como fiera, ¡Qué buena mamada, mi amor!, sus caderas moviéndose involuntariamente. El sonido de las olas se sincronizaba con sus jadeos, el fuego crepitando cerca, proyectando sombras danzantes sobre sus cuerpos entrelazados.

La intensidad crecía, psicológica y física. Él la volteó boca abajo, besando la curva de su espinazo, mordiendo juguetón su nalga redonda. Estás chingona, Daniela, toda mía, dijo, posicionándose detrás. Ella se empinó, invitándolo, el corazón martilleando. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola hasta el fondo, el estiramiento delicioso provocándole un grito ahogado. Es como caer al abismo de pasión capítulo 89, profundo y sin fin, pensó, mientras él comenzaba a bombear, lento al principio, sus pelotas golpeando rítmicamente contra su clítoris hinchado.

El clímax se aproximaba en oleadas. Sudor perlando sus frentes, el sabor salado en sus besos robados, el tacto resbaladizo de sus sexos unidos. Aceleró, profundo y posesivo, una mano en su cadera, la otra pellizcando su pezón. Vente conmigo, güey, déjame sentirte explotar, rogó ella, el orgasmo construyéndose como tormenta. Las olas rompían furiosas, el viento aullando, todo vibrando en sintonía. Ella llegó primero, un espasmo violento que la dejó temblando, chorros de placer empapando las sábanas. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que la hicieron sentir completa.

En el afterglow, se derrumbaron exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados bajo las estrellas emergentes. El fuego se apagaba a len柴, cenizas humeantes, mientras el mar susurraba paz. Alejandro la acunó, besando su sien húmeda. Te amo, mi vida. No más pleitos, ¿eh?. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. Este abismo de pasión capítulo 89 nos une más que nunca, reflexionó, el corazón lleno de calidez. El aroma de sexo y mar los envolvía, un manto protector. Se durmieron así, en la playa, soñando con capítulos venideros de su eterna entrega.

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